Tradición y cambio – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

A esa hora del amanecer, el canto de los gallos y las mirlas, acompañaban los gritos de las ordeñadoras, que presurosas arreaban las vacas al establo para el ordeño, ellas hacían a diario el rutinario despertar de las faenas en la finca.

En tanto entre la penumbra del amanecer, todas las cosas se veían difusas y los perros ladraban en la orilla del camino, a los labriegos que presurosos se dirigían, a las labores del día en sus parcelas.

La naturaleza jamás se ha equivocado, por eso los mugidos de las vacas orientaban el berrido de sus terneros, que entre cabriolas llegaban al encuentro con su   desayuno, y sin equivocarse cada uno iba a su propia ubre, ‘sabiduría sin escuela’, pensó la abuela Clelia, mientras se sentaba a la orilla de la cama, y al mismo tiempo se daba la primera bendición de la mañana. 

Mientras tanto concluyó, que los tiempos podrían cambiar en el camino de la vida, pero, para ella las buenas costumbres, heredadas de sus padres y abuelos, seguirían siendo el faro que la guiaría, hasta su ultimo día, “que la bondad acompañe el sendero de nuestras vidas”, le decía cuando niña su difunta abuela, mientras le tejía las trenzas todas las mañanas, y le revisaba el uniforme hasta el último prense, igual que el largo de la falda tapando la rodilla,  ¡ah! épocas aquellas, cuando se mostraba poco y la imaginación de los adolescentes florecía.

Ese día, la dueña de la hacienda, debía viajar a la capital, para realizarse los chequeos médicos anuales de rutina, pensó que la esperaban dos semanas tormentosas, y todo para oír siempre lo mismo, de un médico que no quitaba el ojo del computador, mientras atendía su consulta,  pero era un compromiso ineludible con su única hija, desde el día que su difunto marido, muriera de repente, como lo había confirmado el experimentado médico legista del pueblo, en el certificado de defunción, quien además comentó, con algunos lugareños en el funeral, que la muerte de don Zacarías, se hubiera evitado, de haber seguido las recomendaciones médicas, ya decía la sabiduría popular “pueblo pequeño, infierno grande”, y allí parecía que la voces del viento, se llevaran por los aires, hasta los más profundos secretos de los paisanos. 

Esa mañana,  la abuela se enjabonaba bajo la ducha, en tanto pensaba que si por ella fuera, no viajaría a la ciudad a peregrinar de consultorio en consultorio, igual que siempre, a contar lo mismo y oír lo mismo, además ella se había dado cuenta, que partía  exuberante de salud desde la hacienda, para regresar a los pocos días enferma, con más píldoras, jarabes y medicinas, peor aún, con más preocupaciones y menos pesos en el bolsillo, y siempre cargando en su conciencia, el dolor de haber visto a su nieta cada vez más extraña, desde que su madre viajara a trabajar al extranjero.

En este viaje, desde que había llegado a la ciudad, la había encontrado llena de ideas estrafalarias, estaba luciendo una argolla en la nariz, que le hizo erizar la piel, en el momento que le contó, que era la argolla de compromiso, símbolo de amor y fidelidad con su pareja.  La nona no lograba entender, cómo se asearía la nariz su nieta querida, pero lo peor estaba por venir, cuando le contó que tenía un hijo, y sin esperar respuesta se perdió por el corredor a traerlo, para que se conocieran con la abuela,  ¡Oh¡ sorpresa, cuando regresó empujando un coche de niño, en el que dormía un pequeño perro, y acercándose a su oído le pidió hablar suave, para no despertar al bebé, la abuela no acababa de cerrar la boca, por la sorpresa, cuando rauda la madre y su retoño canino, se perdieron al final del corredor, por la puerta del cuarto materno.

En tanto, doña Clelia estaba segura, que su nieta se había enloquecido y ella no sabía, debía ser otra de sus tantas chifladuras, que se agregaba a la vida de locos en la ciudad, en las calles todos corrían, igual a hormigas en el camino de la finca, los ladrones y los atracos estaban a la orden del día, incluso, vio sorprendida a un vecino en el parque, recoger el estiércol de su perro y guardarlo en una bolsa, ya no le cabía duda, que había caído en la ciudad una epidemia de demencia.

Entonces empezó de nuevo a arreglar su maleta y sin terminar los chequeos médicos, decidió regresar a la paz de la finca y a ponerse en manos de la sabiduría ancestral del curandero de la vereda, así, sus días terminaran con muerte repentina.

Doña Clelia, abrió la puerta del cuarto con precaución, y con cuidado asomó la cabeza, para otear a lado y lado del corredor, como si temiera salir a la locura citadina, donde solo encontraría inseguridad, y un aire difícil de respirar, además nunca paraba la actividad, por eso el día y la noche se confundían, así era la modernidad, comodidad de la mano con la incomodidad, en ese momento, añoró las mañanas con el canto de las mirlas y el tañido de las campanas en la torre de la iglesia, despertando el día.

Lentamente avanzó descalza por el pasillo entapetado y extrañó el frío del rocío mañanero en la hierba del potrero, acariciando la piel de sus pies, ansiosa iba buscando la salida, en estos tiempos la humanidad corría tanto, que los espacios se reducían, las actividades se confundían, los tiempos se revolvían, al punto que ella ya no sabía qué hacía, si estaba soñado despierta o era una muerta en vida, igual a los zombies que había visto caminando noche y día en los interminables andenes de esta selva de cemento. 

Todo confundía a doña Clelia, y la hacía extrañar cada vez más la extensa finca, donde los espacios abiertos, eran abundantes como el agua de la quebrada, todo la incomodaba en la ciudad, hasta ese pequeño perro consentido, que ni ladraba, ni veía caminar, porque el mechero de pelos le tapaba los ojos, haciéndolo estrellarse con los muebles o las paredes. 

Ya infinidad de veces, había querido llevarse a la nieta con ella, sabía que la situación en la ciudad era de manicomio, pero el psiquiatra la encontró completamente lúcida, y además su recomendación fue, que no era legal inmiscuirse en las libertades ajenas, lo que la llevó a viajar de regreso esa mañana, como alcaraván que le huye a la tormenta, iba feliz, por la certeza de saber, que al siguiente día iba a tener la sencilla alegría de ayudar a ordeñar las vacas.   

*Por: Fabio José Saavedra Corredor

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