La careta del payaso – María Teresa Gómez #Columnista7días

“Payaso, soy un triste payaso, que oculto mi fracaso con risas y alegrías que me llenan de espanto… no puedo soportar mi careta, ante el mundo estoy riendo y dentro de mi pecho, mi corazón sufriendo”. Inicio esta columna con un aparte de la canción ‘Payaso’, interpretada por el legendario cantante Javier Solís, que nos invita a reflexionar acerca de las máscaras sociales que muchas veces debemos llevar para camuflar nuestras emociones o situaciones difíciles para encajar y ser aceptados. Estas actitudes pueden ser motivadas por diversas razones, como el miedo al rechazo, la presión social o cultural, entre otros factores.

Cuando refiero el término de payaso, es en el sentido de llevar una vida de hipocresía que se esconde detrás de una máscara de alegría y cordialidad. Para ilustrar un poco más esta situación, contaré lo que en una oportunidad me expresó un payaso cuando finalizó su espectáculo en una fiesta de cumpleaños a la que asistí:

“Cuando me decidí a ser payaso, lo hice por necesidad. La verdad cuando era pequeño, no me gustaban los payasos, les tenía mucho miedo, sentía que algo ocultaban, que eran malos; eso también fue por las películas de miedo que uno veía… pero vea, después me tocó serlo. La vida de un payaso es muy complicada porque puede uno estar muy cansado o le pasa algo duro ese día y pues ni modos, póngase el disfraz, píntese la cara y hágale a entretener a la gente”.

En este sentido, la vida de un payaso no difiere mucho de la de una persona del común, con obligaciones y responsabilidades diarias, que debe llevar una serie de caretas para encajar en un mundo de hipocresías. Nos acostumbramos a ponernos las máscaras porque parece ser la vía más fácil para esconder nuestros sufrimientos y desencantos, pero la consecuencia de ello es muy grande, el uso permanente de las caretas puede tener implicaciones negativas para nuestro bienestar emocional y psicológico, nos puede generar una sensación de alienación, desconexión con uno mismo, estrés, ansiedad e incluso depresión al sentir que no se puede ser auténtico o genuino en las interacciones sociales. Además, el mantenimiento de estas máscaras puede ser agotador a nivel emocional, ya que implica una constante vigilancia sobre cómo se presenta uno mismo ante los demás y la necesidad de mantener una imagen que no necesariamente refleja la realidad interior.

Un gran aporte en este tipo de conducta lo dio el filósofo suizo Rousseau, quien debatió la hipocresía en su obra ‘El contrato social’, señalando: “cómo la sociedad, a través de sus instituciones y normas, a menudo fomenta la hipocresía al exigir que las personas muestren una conducta que no refleja sus verdaderos sentimientos o creencias”. Es por ello que, el resultado de llevar una vida de hipocresía implica tener introspecciones que nos lleven a cuestionar las imposiciones a las que somos sometidos social y culturalmente para lograr convivir en ambientes más sanos manteniendo relaciones auténticas y significativas, ya que estas se basan en la honestidad y el respeto. Por lo tanto, es importante fomentar un ambiente en el que nos sintamos seguros para ser nosotros mismos sin temor al juicio o la exclusión social.

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