Un boyacense para mostrar #CrónicasYSemblanzas

“El coronel Rafael Valdés, el famosísimo ‘Conejo’ as de la aviación colombiana, sufrió, como es de todos sabido, terrible accidente en que perdió una pierna. Pasó largos meses en hospitales de Nueva York. Salió como nuevo. ¿Y se dedicó al descanso como lo hubieran hecho todos los mortales? No señor. Parece como si le hubieran inyectado dinamita. En California le hicieron una pierna casi tan buena como la original”, escribió el 31 de julio de 1968 en su columna “Danza de las horas” del diario el Tiempo de Bogotá Enrique Santos Montejo, Calibán.  

Que tan influyente periodista le dedicara un espacio en su columna, revela la notoriedad de este aviador boyacense.  

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Coronel Rafael Valdés Tavera. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

Con el nombre de Rafael Valdés Tavera comencé a familiarizarme por allá en 1963 cuando en un periódico, no recuerdo si El Tiempo o El Siglo, a los que esporádicamente tenía acceso, me enteré de sus desplazamientos a distintos países de la esfera terrestre. 

A mediados de 1974 el periodista José Riveros, director del Radio-periódico Avance Boyacense que se emitía por Radio Tunja, ante una pregunta que le formulé sobre este personaje, me comentó que en ejercicio de su actividad reporteril lo había entrevistado en varias ocasiones; recordaba en detalle muchas de las aventuras que le había contado como haber estado en los polos norte y sur, proeza que no ha logrado realizar ningún otro colombiano; lo mismo que sus visitas a Corea, Vietnam y Biafra durante el tiempo en que se libraban guerras en esos lugares y sus famosas cuatro vueltas alrededor del mundo. 

A finales de noviembre de 1977, el abogado y periodista Humberto Misael Plazas Olarte, durante un viaje en bus entre Chiquinquirá y Bogotá, que casualmente compartimos, me habló casi tres horas, con mucho entusiasmo, de Rafael Valdés Tavera.  

Este tema de conversación surgió espontáneamente y nos ocupó todo el viaje.  

—El Conejo es mi amigo entrañable. Los dos somos de Sogamoso. Él nació en 1911 y yo al año siguiente. Le conozco todas sus andanzas. En mi periódico publiqué su vida en 10 entregas. 

Portada de la biografía de Valdés Tavera.

Algunas de las anécdotas y vivencias de Rafael Valdés Tavera que rememoró Plazas Olarte en aquella oportunidad me causaron admiración, otras, perplejidad y muchas, gracia y deleite. 

Me habló de la recuperación milagrosa de Valdés Tavera, a comienzos de 1948, de una neumonía que le produjo el haber quedado atrapado dentro de su carro en una borrasca de hielo en las calles de Nueva York. Fue atendido en el Centro Médico Bethesda de la Fuerza Aérea, cuyos médicos, dada la gravedad de su estado de salud, lo incluyeron en la lista de moribundos (very critical condition). Tal circunstancia llevó a los funcionarios de la Embajada de Colombia en Estados Unidos a iniciar las diligencias para su funeral; sin embargo, de un momento para otro, se recuperó, lo que atribuyó a la respuesta de las súplicas que le había hecho desde lo más profundo de su corazón a la Virgen de Lourdes, cuyo santuario visitó dos años más tarde, en cumplimiento de la promesa que le había hecho en ese momento aciago. 

En aquella remembranza me contó del curioso episodio en el cual, a pesar de los estrictos protocolos, Valdés Tavera resultó abrazado con Pio XII durante una audiencia que este le concedió en el Vaticano. Le habían dicho que el Papa estaba enterado de la prótesis de su pierna izquierda y, por tanto, le advirtieron que no se fuera a arrodillar. No obstante, al ver que se le aproximaba el Sumo Pontífice, dominado por la emoción, se hincó ante él. Pio XII, al ver este gesto, se acercó rápido y se inclinó para ayudarlo a incorporarse; en ese esfuerzo mutuo, de pronto, quedaron abrazados. 

Dedicatoria del libro “Aventuras alrededor del mundo”.

Un apunte en el cual Plazas Olarte hizo énfasis fue sobre la audiencia que en octubre de 1950 le concedió el sabio Albert Einstein.  Lo hizo como respuesta a una carta que le envió diciéndole que era un aviador con  una pierna artificial, la cual deseaba mostrársela; también le decía que estaría acompañado por un profesor colombiano de Geofísica de la Universidad Nacional, quien le llevaría 15 libras de café. El científico le respondió, a través de su secretaria, que lo recibiría en su casa de Princeton por cinco minutos, sin periodistas y que no trataría temas políticos.  Valdés llegó acompañado de cuatro personas más: su esposa, el profesor Mario Galán Gómez, su pariente Uriel Tavera y, pese a las advertencias de no llevar periodistas, Enrique Santos Castillo, editor de El Tiempo de Bogotá y William Friedman, redactor de Aeronáutica del New York Times. La cita finalmente duró una hora y, según lo corroboraron después los participantes, el ambiente fue ameno y agradable, tanto que el científico terminó aceptando posar para una foto con sus visitantes. 

Rememoró que Valdés Tavera se sentía orgulloso de haber saludado y hablado con personajes de la talla de los expresidentes de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, Dwight D. Eisenhower, Harry Truman, John F. Kennedy, al igual que con reconocidas figuras como el ex Primer Ministro del Reino Unido Winston Churchill,  el expresidente de Francia Charles de Gaulle, el Rey Hussein de Jordania y los multimillonarias Aristóteles Onassis y William Randolph Hearst. 

Con detalle se refirió a la designación como alcalde de Sogamoso que le hizo el entonces Gobernador de Boyacá Gustavo Romero Hernández a finales de 1963 y a la existencia de un barrio con su nombre en esa ciudad. 

Aviadores colombianos enviados a capacitarse a los Estados Unidos. Rafael Valdés es el primero de izquierda a derecha. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

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Fue Carlos Eduardo Vargas Rubiano quien, una tarde fría y lluviosa de mediados de 1979 me presentó, en el Club Boyacá de Tunja, a Rafael Valdés Tavera. Yo le había expresado mi deseo de conocerlo.  

Desde el mismo momento de estrecharle la mano quedé impactado por su simpatía, buen humor e incomparable capacidad repentista.  

Leonor Calero, primera esposa de Valdés Tavera. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

Después, me encontré con él varias veces, no solo en Tunja sino en Bogotá y Paipa. La última vez que lo vi fue a mediados de diciembre de 1991 en el entonces Salón Rojo de la Gobernación de Boyacá, ahora denominado  Salón de la Constitución, durante la ceremonia de imposición de la condecoración Orden de los Lanceros Collar de Oro que le confirió el gobernador encargado Juan Carlos Posada García Peña.  

Al terminar los actos protocolarios lo saludé y lo felicité por el homenaje que se le estaba tributando.  

—Mira Gustavo, te quiero entregar mi biografía —me dijo mientras sacaba de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta un lapicero y procedía a escribir una dedicatoria en el libro “Aventuras alrededor del mundo. Hazañas del aviador Valdés Tavera (El Conejo Valdés)”.  Me lo entregó.  

En la firma de la dedicatoria, separando el nombre de los apellidos, dibujó un pequeño conejo. 

Este libro lo guardé en mi casa de Tunja. Lo veía cuando aseaba o reorganizaba la biblioteca. Siempre aplazaba su lectura. Pasaron 30 años y en diciembre de 2021 decidí ojearlo. 

La carátula está sobrecargada de dibujos. Siempre tuve la impresión de que era una autobiografía. No obstante, al leer con esfuerzo un nombre que está perdido en  la parte inferior izquierda de la portada, descubrí que el autor era el abogado, escritor, periodista y crítico literario Félix Raffán Gómez. Me alegró saberlo porque conocía de tiempo atrás algunos de sus escritos y sabía de su buen manejo del idioma. Sin demora comencé a leerlo y quedé atrapado entre sus páginas. 

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Valdés Tavera, tercero de izquierda a derecho en los Estados Unidos. Foto libro Aventuras alrededor del mundo.

Rafael Valdés Tavera, hijo de Hilaria Tavera Mariño y Rafael Valdés Charry.  Ella, oriunda de Sogamoso, pianista, perteneciente a una familia sobresaliente y económicamente acomodada. Él, nacido en el Tolima, de familia huilense, general de la guerra de los Mil días, llegó a Sogamoso a finales de la primera década de 1900 como gerente de la firma comercial “Singer”.  

Su infancia la pasó en Sogamoso. Cuando cumplió cinco años fue llevado a Bogotá en donde lo matricularon en el Gimnasio Moderno. Allí comenzó a relacionarse con niños pertenecientes a la sociedad bogotana y a mostrar un espíritu alegre y atrayente, pero también díscolo e inquisidor.  

Rafael Valdés Tavera y su esposa con el entonces presidente Alberto Lleras Camargo. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

Antes de terminar la primaria su madre enfermó de gravedad y fue llevada a Nueva York para ser atendida. Su esposo y sus hijos Rafael e Isabel la acompañaron a esa ciudad. Allí los dos chicos fueron matriculados en un internado de Manhattan, en donde aprendieron inglés y adquirieron elementos básicos de las diversas áreas del conocimiento. 

A pesar de un largo tratamiento en Nueva York doña Hilaria no logró recuperarse. Después de dos años de su estadía allí, la familia regresó a Bogotá; a los pocos meses falleció. 

“La orfandad materna trajo como consecuencia en la vida de Valdés Tavera, que fuera la recia personalidad de su padre la que tutelara las proyecciones de su destino. Y fue así como bajo el amparo paternal principió el niño una especie de peregrinaje por diversos lugares de la República”, señala Félix Raffán en su biografía.  

El bachillerato lo cursó en varias instituciones educativas: Colegio Sugamuxi, Instituto moderno en Sogamoso, Colegio de Boyacá en Tunja, Gimnasio Moderno en Bogotá, donde había hecho la primaria, Colegio San Simón en Ibagué.  

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Bajo el título “Yo vi escribir la Vorágine” apareció publicada en el diario El Tiempo de Bogotá, el 4 de mayo de 1975, una crónica escrita por Rafael Valdés Tavera. En esta relata la que considera una experiencia inolvidable.  

Coronel Rafael Valdés Tavera después de haber sufrido el accidente aéreo en Cali, donde perdió una pierna. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

Recuerda que José Eustasio Rivera, autor de la mencionada obra literaria, publicada en 1924, hace exactamente 100 años, llegó a Sogamoso en 1922. “Rivera fue invitado por mis tíos Lisandro Durán e Isabel Tavera de Durán a su preciosa mansión en Sogamoso legendariamente llamada “La Quinta”, y luego a su bellísima Hacienda “Las Monjas”, donde había caballos de pura raza, 100 finos perros de cacería, carabinas y escopetas importadas de Europa. En aquella casona idílica, cuyas 200 columnas estaban adornadas con majestuosas cabezas de ciervos enormes, conocí a Rivera. Tenía él, entonces, 33 años y yo me acercaba a los 11. El insigne narrador y poeta quedó encantado con la familia: Mis tíos, mis primos Lolita y Julio, y mi hermana Isabel, quien desde la muerte de mi madre vivió con ellos y con una matrona divina de cara y alma: Virginia Isaza de Durán, madre del gran señor de capa y gracia, el tío Lisandro”. 

Evoca también en esa crónica que: “Mi papá, el general Rafael Valdés Charry era tolimense y Rivera, del Huila. Los unía el paisanaje de la comarca y el sabor típico de su comida opita. Pero la gran amistad en la vida de José Eustasio fue con Lisandro Durán. ‘Mi mejor amigo’ le decía el poeta en las fotografías y en las cartas que le envió hasta morir y que conserva como un tesoro mi prima Lola Durán Castro, quien fue el único y grande amor de Rivera, como ya lo dijo el escritor Gabriel Camargo Pérez”. 

Cuenta que asistió, no con asiduidad, a clases de ortografía y ortología que dictaba el escritor a los hijos y familiares de su anfitrión Lisandro Durán. En lo que si fue constante —revela— fue en llevarle el almuerzo a la finca “El Durazno” a donde este le gustaba ir a escribir. Allí mismo, después del almuerzo, el pequeño Valdés Tavera le daba clases de inglés al preclaro intelectual huilense. 

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El deseo del general Valdés Charry era que su hijo se convirtiera en un notable político y por eso le anunció que lo enviaría a estudiar a Italia, pero este le manifestó su anhelo de cursar una carrera relacionada con la matemática. Concretamente le planteó su deseo de ser ingeniero. 

El coro el Tavera en el periódico EL TIEMPO de Bogotá. Aparecen , entre otros , los entonces director y editor Roberto García-Peña y Enrique Santos Castillo. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

“Con este propósito viajó a los Estados Unidos, en donde debía matricularse en la célebre Universidad de Columbia, bajo la tutela de su tío el doctor Uriel Tavera, quien residía en Nueva York. El 18 de marzo de 1929, a los 18 años, el muchacho, con las consabidas recomendaciones para el entonces ministro plenipotenciario de Colombia en Washington (…) se embarcó en Buenaventura en el vapor ‘Santa Inés’ de la conocida línea Grace Line” señala en su libro Félix Raffán Gómez, quien a renglón seguido agrega: “Sin embargo, el viajero, sin decirlo a nadie había planeado convertirse en experto aviador en los dominios del Tío Sam en un afán de aventuras entre el cielo y las nubes, para regresar al país a servirle en el progreso de las rutas del aire. Rara profesión entonces, que se iniciaba llena de peligros y misterio, la que solo anhelaban los ilusos o los predestinados”. 

El 30 de marzo de ese 1929 llegó a Nueva York. Simuló hacer trámites para ingresar a la Universidad de Columbia, pero lo que en realidad hizo, con la disculpa de visitar la fábrica Wurlitzer, productora de los famosos pianos y de los radios Liric, casa de la cual su padre era representante en Colombia, fue irse para North Tonawanda, ciudad ubicada en el condado de Niágara perteneciente al Estado de Nueva York. 

Esta foto muestra el momento en el cual el avión donde viajaba Valdés Tavera en 1947 era consumido por las llamas. Tomada del libro “Aventuras alrededor del mundo”.

 “Allí inició el estudio de la técnica de radio, ciencia que en 1930 estaba en pañales y que despertó en Valdés curiosidad. Estudió entonces tan intensamente que a los cuatro meses el ingeniero director de la Escuela Técnica informaba a su padre: ‘Su hijo ha realizado un gran progreso tan excepcional en los conocimientos de la técnica de radio,  que nos ha sorprendido. Por su gran facilidad de aprendizaje de las materias teóricas, más la práctica, llegará a ser un técnico de gran eficiencia. Su perfecto conocimiento del inglés nos hace augurarle un completo éxito. Firmado, H. F. Holzvietherv”, anota Félix Raffán, quien añade que: “Como el estudio de las ciencias de las comunicaciones inalámbricas estaba muy ligado a la aeronáutica, Valdés por conducto del mismo ingeniero se vinculó a la incipiente escuela de la aviación Miller Flying Service School, en la vecina población de Lockport, que contaba con dos biplanos de madera forrados en tela, uno marca Bird y el otro, Jenny, con motor OX 5. En estos aparatos, que son hoy curiosas piezas de museo, aprendió a volar”. 

El hecho de iniciar las clases de pilotaje no implicó que se retirara del curso de radio, el cual continuó hasta conseguir un empleo en Wurlitzer. Con los recursos provenientes de esta remuneración, sumados a los que cada mes le giraba su padre, quien estaba convencido de que su hijo se encontraba estudiando radio además de ingeniería, pagaba sus horas de vuelo y clases de teoría sobre aeronáutica. 

Su primer vuelo lo realizó cuando apenas llevaba nueve horas de instrucción. Eso ocurrió a mediados de 1930. 

Rafael le comentó a sus amigos que tan pronto tuvo en sus manos el timón de un avión se sintió a gusto y luego, al graduarse como piloto privado se convenció de que esa era su verdadera vocación. A finales de 1931 regresó a Colombia. 

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Imposición de la condecoración orden de la Libertad en el grado de Gran Oficial a Valdés Tavera en 1987. Foto libro “Aventuras alrededor del mundo”.

A las pocas semanas de haber regresado al país, utilizando los contactos de sus familiares logró una audiencia con el entonces presidente de la República, Enrique Olaya Herrera, oriundo de la población boyacense de Guateque. 

El propósito de la audiencia, según Valdés Tavera, quien estaba a punto de cumplir 20 años, era el de hacer una demostración de los avances de radio que se estaban logrando en Estados Unidos.  

Mediante un adaptador de onda corta que colocaría al radio de la presidencia, que como todos los demás en ese momento eran solo de onda larga para las estaciones locales, el mandatario nacional podría escuchar en su despacho, con nitidez, emisoras de Washington y Nueva York. 

En esta cita el joven Valdés Tavera mostró su carisma personal, buen humor, condición de relacionista y espíritu recursivo. 

Olaya Herrera lo recibió con demostraciones de aprecio, pues conocía a su padre y a los tíos Tavera de Sogamoso. Al preguntarle a qué actividad estaba dedicado su padre en los últimos tiempos, Rafael le respondió:  

—Él tiene un almacén de magníficos pianos y radios, excelencia.  

—¿Y el general sabe tocar piano?  

—Mi papá si toca bien el piano y los sabe vender mucho mejor.  

Este apunte le produjo una carcajada al Presidente, quien al darse cuenta de que el experimento del adaptador de radio, que tanto le había elogiado, no estaba dando resultado, le dijo en tono de broma:  

—Los pianos si deben sonar muy bien… ¿No? Su adaptador tan moderno tendrá que adaptarse al medio…   

—Sí su excelencia, los pianos de mi papá son maravillosos. No hay, sino que saberlos tocar. 

—¿Y los radios?  

 —Espere su excelencia y oirá como captamos sin ruidos a Nueva York, la ciudad más ruidosa del mundo. 

Ante el ambiente de confianza que se había logrado en la conversación, Valdés consideró que ya podía expresarle al Presidente sus deseos y entonces le reveló que él era aviador, graduado en los Estados Unidos y se puso a sus órdenes para servirle al país desde ese campo de acción. 

El Presidente lo felicitó por estar bien orientado en la vida al haberse inclinado por la aviación. Consideró acertada tal decisión, pues el transporte aéreo era factor importante para el desarrollo de cualquier país y la aviación militar era garantía para la seguridad nacional. Le ofreció su apoyo y le aconsejó ingresar a la Escuela Militar de Cadetes y pasar como oficial a la aviación, de acuerdo con la Ley. 

“Valdés salió feliz y agradecido llevando su adaptador con intención de perfeccionarlo, lo cual logró, y pocos días después el presidente pudo oír, con relativa claridad, las estaciones de ultramar”, asegura Félix Raffán Gómez en su biografía. 

La sugerencia de Olaya Herrera en el sentido de entrar a la Escuela Militar de Cadetes y luego hacer el tránsito a la Escuela de Aviación, la recibió con entusiasmo y decidió acogerla. No obstante, cuando inició el proceso para lograr tal propósito, dos circunstancias casuales generaron en la mente inquieta de Valdés la idea de construir un avión en Colombia.  

La primera se produjo ante un accidente en el cual resultó totalmente destruido un pequeño avión francés, “Caudron G-3”, que era utilizado por su propietario, el piloto Camilo Daza como distracción para realizar los domingos vuelos en Bojacá a intrépidos pasajeros que asumían esa aventura y que, además, debían pagar cinco pesos si el sobrevuelo era en el sector rural y diez si era alrededor del perímetro urbano.  Ese servicio aéreo llegó a tener tanta acogida que Daza debió contratar a un piloto auxiliar, quien, precisamente, sufrió el siniestro debido a que en el momento que iba aterrizar en la “pista”, que era un potrero, se le atravesó una vaca la cual arrolló. El aparato, que pertenecía a un raro y para el momento ya obsoleto tipo de aeroplanos, elaborado de madera y tela, quedó prácticamente destruido. El piloto y el pasajero se salvaron milagrosamente. 

La segunda, consistió en el casual encuentro con un joven mecánico, muy aficionado a la aviación, Gabriel Becerra, quien le aseguró tener en Villavicencio, ya hechas, unas partes para fabricar un avión y lo invitó para que las observara. Valdés Tavera le creyó y de inmediato le propuso al piloto Camilo Daza cambiarle unas partes del accidentado avión en Bojacá por un radio receptor, lo cual le aceptó. 

Con un convencimiento pleno de que lograría construir un avión en Villavicencio, emprendió esta colosal y, para muchos, quijotesca empresa.  

Lo primero que hizo fue transportar el motor desarmado y la gigantesca hélice de madera. Para eso contrató a seis arrieros con sus respectivas mulas. La difícil jornada entre Bojacá y Villavicencio duró 12 días. 

Cuando Becerra le mostró lo que consideraba eran partes de un avión, Valdés quedó desconcertado porque, de acuerdo con sus conocimientos, lo que estaba viendo no se parecía en nada con las partes de un avión. No obstante, no se desilusionó y le dijo en forma jocosa: 

—Oiga Mono Becerra, olvídese de todo esto y ahora sí vamos a fabricar un avión y con materiales criollos.   

El lugar que comenzaron a utilizar para construir el avión fue la plaza principal de Villavicencio. A los pocos días, Valdés logró conquistar el apoyo del padre francés Mauricio Dieres Monplaisir, quien era el superior de la orden de Montfort en todo el territorio de los llanos orientales de Colombia. 

Este religioso creyó en el proyecto y lo consideró “no solo interesante, sino un ejemplo extraordinario para la juventud”.  

El padre Mauricio acogió a Valdés y a su compañero en el taller de mecánica y carpintería de los padres misioneros montfortianos, que era el mejor de Villavicencio. 

Valdés, basado en libros de aerodinámica, elaboró los planos, hizo los cálculos de resistencia y con su socio emprendió la construcción del aparato. Los materiales que utilizaron fueron madera de los llanos y telas de diagonal fabricadas en Samacá, Boyacá.  

“A los seis meses, lo que parecía una colección de bastidores, tomó la figura de un aeroplano con todos los detalles”, apunta Félix Raffán Gómez en su libro sobre Valdés Tavera.  

Lo que siguió fue un trabajo descomunal. Debieron desmontar el aparato y trasladarlo a la Sabana de Apiay, distante 12 kilómetros de Villavicencio.  Para el efecto contaron con la colaboración de personas de la región que cargaron en sus hombros todas las partes del avión.  

Al llegar al sitio escogido para hacer el montaje de la aeronave y construir la pista de despegue y aterrizaje se encontraron con una naturaleza adversa: tempestades, recios vientos, alimañas y fieras. Como si fuera poco, por esos días se inició el temido invierno de los llanos. Ante el sinnúmero de contratiempos, Gabriel Becerra claudicó y dejó solo a Valdés. 

Cuando el clima fue benigno, se reinició el montaje de la aeronave y el acondicionamiento para volar. Debieron ser cambiadas muchas piezas que el invierno había dañado y oxidado. Luego, mediante una minga en la que participaron habitantes de la zona fue abierta una amplia trocha que serviría de “pista”. A punta de machete fue arrancado el pajonal y acondicionado un terreno de 400 metros de largo por 8 de ancho.  

Valdés comenzó a probar el motor y a realizar cortos carreteos.  

El 24 de julio de 1932 fue el día escogido para realizar el primer vuelo de “El Llanero”, nombre dado por las gentes de la región a este avión.  

Los habitantes de Villavicencio y sus alrededores se prepararon para la ocasión. De acuerdo con el relato de un cronista del periódico El Eco de Oriente:“Como a unas cinco cuadras logró levantar el aeroplano ante los vivas y aplausos emocionados de los espectadores, pero cuando iba a una altura aproximada de 300 metros y unos 1000 de distancia, el aviador trató de enrumbar hacia Villavicencio, en donde era esperado para aterrizar en un potrero vecino llamado El Barzal. Tal vez por la fuerte presión del viento sobre la deteriorada construcción por la lluvia e intemperie, al iniciar el viraje infortunadamente se partió el ala izquierda y el avión se vino de cabeza y cayó estrepitosamente sobre la sabana ante el estupor, gritos y rezos de los concurrentes”. 

Al caer el avión se incendió y Valdés quedó atrapado dentro de este. Muy rápido los espectadores acudieron a salvarlo. En un comienzo lo creyeron muerto, pero al descubrirse que tenían señales de vida fue llevado a Villavicencio en donde, antes de ser ingresado al Hospital de los padres Montfortianos, los centenares de personas que se encontraban expectantes del vuelo, le dieron una vuelta por la plaza, cubierto por la bandera nacional y en medio de notas del himno patrio interpretadas por la banda de un colegio que estaba allí conmemorando el natalicio del libertador Simón Bolívar. 

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Tras lo ocurrido en Villavicencio, regresó a Bogotá decidido a ingresar a la Escuela Militar de Cadetes. Inició los trámites y poco tiempo después Colombia debió enfrentar la guerra con Perú. Se alistó en un curso de estudiantes universitarios como oficial de la reserva. Luego de adquirir tal condición tramitó su entrada a la Escuela Militar y el 19 de diciembre de 1933, a los 22 años, obtuvo su grado de subteniente efectivo del Ejército Nacional. 

En enero de 1934 realizó un curso de artillería antiaérea. De inmediato fue enviado al Amazonas a participar en la guerra contra Perú. El 20 de abril de ese año fue trasladado a la Base Aérea de Cali. Allí ingresó a un curso de pilotaje.  En ese momento inició su fulgurante carrera de aviador militar, en desarrollo de la cual realizó operaciones temerarias y grandes hazañas.  Fue el comandante de la “Escuadrilla de la aurora”, integrada por jóvenes y osados pilotos que hicieron historia en la aviación militar colombiana. Por sus grandes calidades de aviador el gobierno colombiano en 1939 le asignó, mediante decreto, una comisión especial de estudios militares en la Base Aérea Randolph Field, situada cerca de San Antonio de Texas; allí conoció al entonces teniente Ronald Reagan, quien después sería presidente de los Estados Unidos. Se le recuerda también por haber sido piloto de los presidentes Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y Alberto Lleras Camargo. 

Estando en los Estados Unidos y ya con el grado de capitán, decidió contraer matrimonio con una hermosa caleña, Leonor Calero Orejuela, quien había sido Reina de belleza del Valle del  Cauca. La ceremonia nupcial se llevó a cabo por poder el 10 de marzo de 1940. Ella asistió a la catedral de Cali y él a la capilla de la Base Aérea Randolph Field. 

El mismo día, la novia viajó en un barco desde Buenaventura hasta Nueva York.  

Con Leonor, quien murió en 1962, tuvieron cuatro hijos: María Cristina, Rafael, Rodolfo y Leonor. 

El 26 de junio de 1971 se casó por segunda vez con la dama tunjana María Teresa Azula Luque. 

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“La peculiar condición de mover graciosamente las orejas, de tener en los jardines de su casa una de las mejores razas de la cunicultura y de haber aparecido en fiestas de carnaval disfrazado de conejo, hizo que entre sus amigos se le diera cariñosamente el apodo de El Conejo Valdés”, explica Félix Raffán Gómez. 

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Desde el mismo momento en que ingresó a la Base Aérea de Cali estableció su sello de piloto intrépido, pero atinado y seguro en sus operaciones.   

En noviembre de 1935 se apareció sorpresivamente en el cielo de Sogamoso. Meses después, y con permiso de las autoridades, aterrizó en medio de dos potreros de esa, su ciudad natal.  Ese mismo año, en desarrollo de una revista aérea de la Base de Cali, junto con su compañero Héctor Arango Uribe, protagonizaron el simulacro de un combate aéreo que por momentos, debido a la temeridad de los movimientos en el aire, paralizó de susto a los espectadores. 

Se recuerda el récord en la Base “Germán Olano” en pruebas para aviones Falcon, de cabina abierta, sin oxígeno. La mayor altura fue obtenida por el entonces teniente Rafael Valdés Tavera, quien alcanzó a subir a 7.875 metros. 

Sin duda, el día en que se catapultó como piloto audaz, arrojado y demostró su pericia fue el 21 de junio de 1943. En aquella fecha, el presidente de la República, Alfonso López Pumarejo, cuando ya iban a ser las seis de la tarde, llamó al comandante de la Fuerza Aérea para plantearle un dilema. En Popayán se encontraba en estado crítico de salud el maestro Guillermo Valencia, intelectual destacado y político prominente, quien había sido candidato a la Presidencia de la República en dos ocasiones. Era necesario que un cirujano especializado lo interviniera de manera urgente para salvarle la vida.  

El presidente López le dijo al Comandante de la Fuerza Aérea que en ese momento se encontraba en su despacho el médico y profesor de medicina Miguel Antonio Rocha Galvis, quien estaba dispuesto a viajar a Popayán a operar a Valencia, pero su desplazamiento debía ser por aire hasta Cali ya que en Popayán no había aeropuerto. Le preguntó si era posible que ese mismo día un piloto pudiera realizar el viaje. El comandante le respondió que como el vuelo tenía que ser de noche, quien podría prestar ese servicio sería el aviador Rafael Valdés Tavera, quien era instructor de vuelos nocturnos.  

De inmediato el Presidente llamó a Valdés a su casa, le consultó sobre la posibilidad de hacer ese viaje y si era posible aterrizar de noche en Cali. Este le respondió:  

—Sí su excelencia, no hay problema. 

Un vehículo de la Presidencia llevó hasta el aeródromo de Madrid, Cundinamarca, al médico Rocha, y otro de las fuerzas militares transportó hasta el mismo sitio a Valdés Tavera. 

A las siete y media de la noche despegó la aeronave y hora y media después estaba sobrevolando Cali. El piloto se comunicó con la torre de control y desde allí le dieron la bienvenida, le impartieron las instrucciones para aterrizar y le informaron que en el aeropuerto se encontraban los gobernadores del Valle y del Cauca, el alcalde de Cali y  el Comandante de la Base Aérea de Cali, listos para acompañarlos por carro a Popayán. También le comentaron que había periodistas y se encontraban sus cuñados Calero. 

A Valdés en ese momento se le ocurrió seguir el vuelo a Popayán y le dijo al médico:  

—Profesor, estamos en Cali. De aquí a Popayán gastaremos más de ocho horas por tierra y solamente 20 minutos si continuamos volando. Allá puedo aterrizar. ¿Cómo le parece?.  

—Muy bien, tengo absoluta confianza en su pericia. Yo también soy militar. Sigamos a Popayán. 

El operador de la torre de control al darse cuenta de que el avión seguía de largo le insistió que aterrizara y le advirtió que estaba desobedeciendo una orden. 

A las nueve y media de la noche, en el cielo de Popayán apareció un avión a poca altura. Todos se sobresaltaron. El aparato dio vueltas alrededor de la ciudad. Algunas personas entendieron lo que sucedía. Rápido montaron en sus vehículos y con sus faroles iluminaron el potrero donde aterrizaban pequeños aviones. Luego de tres intentos aterrizó el avión piloteado por Valdés Tavera. 

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Pero, ¿cómo ocurrió el accidente en el cual perdió una pierna? Curiosamente ese fatídico día no iba al mando de la aeronave siniestrada. Viajaba en la cabina sí, pero invitado por el piloto y el copiloto del “Douglas 661”, capitán Enrique Cabrera y teniente Alberto Gutiérrez, respectivamente, en el puesto del navegante. 

El 30 de mayo de 1947, Rafael llegó temprano a la base aérea de Madrid, Cundinamarca, porque debía viajar solo en una aeronave pequeña a Cali para recoger otra  y traerla a Bogotá al día siguiente. 

Valdés, quien acababa de llegar a Colombia luego de una comisión de estudios de dos años en Estados Unidos, se encontró ese día en el Casino de oficiales con viejos compañeros y dos de ellos, los señalados capitán Cabrera y teniente Gutiérrez lo convencieron para que los acompañara. 

El Douglas 661 cuando ya estaba a punto de aterrizar  en el aeropuerto de la Base Aérea “Ernesto Samper Mendoza” de Cali, de repente, al salir de una nube se estrelló contra una bandada de gallinazos que rompió los vidrios  del parabrisas, lo desestabilizó y a pesar de las maniobras realizadas por la tripulación y por el mismo Valdés, al aterrizar de emergencia y de barriga, en un campo contiguo a la pista,  chocó contra los muros de un canal de irrigación que estaba escondido debajo del pastizal. La cabina quedó destruida y los tanques del combustible se rompieron. La gasolina, al regarse sobre los pedazos calientes del motor, produjo un incendio pavoroso.  

Todos, excepto Valdés, lograron, por sus propios medios, abandonar la nave. Él  quedó tirado en el piso, con la pierna izquierda totalmente destrozada.  

En valerosa acción, el teniente Enrique González Farías y el alférez Francisco Gómez Carrillo lo rescataron de las llamas. Toda la tripulación y los 10 pasajeros se salvaron. 

En el Hospital For Special Surgery” de Nueva York a donde fue trasladado por orden del entonces presidente de la República, Mariano Ospina Pérez, luego de 17 operaciones los médicos decidieron amputarle la pierna.  

Después de esa milagrosa salvación vivió 52 años. Murió en Bogotá el 8 de enero de 1999, a los 88 años.