¿Y para qué estudiar? – María Teresa Gómez #ColumnistaInvitada

Ya comenzaron las actividades académicas en el país para el calendario A, las matrículas para el ingreso a los colegios y universidades, y el personal administrativo y docente de las instituciones educativas se prepara para recibir a los estudiantes para dar un nuevo inicio a una carrera que traerá muchos desafíos, aprendizajes, experiencias, expectativas y retos, toda una serie de proyecciones para que los jóvenes y niños se desarrollen en un ambiente de enseñanza aprendizaje propicio y agradable para comenzar un nuevo año de estudios.

Como profesora, me he acostumbrado a este tipo de dinámicas, pero en una conversación con mi esposo, surgió la pregunta de ¿qué ha significado estudiar en nuestras vidas? Se lo pregunté porque muchas veces normalizamos el estudio como un decreto social que hay que cumplir sobre todo para la clase media de la sociedad, además, estudiar en este país es un privilegio, como se los digo reiteradas veces a mis estudiantes. Según un estudio realizado por la Universidad del Rosario, el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), en el año 2021, solo el 53,94 % de los estudiantes entre los 17 y los 21 años de edad lograron ingresar a una institución de educación superior. Lo anterior corrobora la premisa de que estudiar en universidad es un privilegio, sin embargo, no se cuestiona para qué estudiamos en realidad. En mi caso, desde muy pequeña sentí la necesidad profunda de salir adelante y sabía que por la vía del estudio lo iba a lograr, no tanto por la cuestión económica que, por supuesto es de suma importancia –además de ser un valor agregado al esfuerzo por estudiar– sino a las ganas de saber más e interesarme de manera profunda en un área del conocimiento. Pero no voy a mentir, también fui sometida al decreto que utilizan la mayoría de padres: “Debe estudiar para ser alguien en la vida”.

Precisamente, esta frase cliché de nuestra cultura sigue anclada en el imaginario colectivo de muchas familias; cuando comienzan las inducciones en las universidades se les oye decir a los estudiantes otra frase que es muy común: “es una carrera que da plata y tiene campo”, el mandamiento que no cambia y en este sentido, se refuerza el poco valor al conocimiento enfocándolo solo a lo lucrativo. En contraste, con la percepción de estudiar en algunos estudiantes, el libro ‘El color púrpura’, de la escritora Alice Walker, relata la historia de dos hermanas afroamericanas que viven al sur de Estado Unidos y son separadas por circunstancias de violencia, pero una de ellas logra expandir sus alas y en una epístola enviada a su hermana le expresa lo siguiente: “Yo no sabía que fuera tan ignorante, Celie. Con mis conocimientos no se hubiera llenado un dedal. Pero una cosa le agradezco a Miss Beasley, y es el haberme enseñado a aprender por mí misma, leyendo y estudiando, y a escribir con letra clara. Y el haber mantenido vivo el deseo de saber… y ahora estudio noche y día.

Este relato me conecta profundamente con esa mujer que logra salir de la adversidad en su vida, a través del estudio. El caso de esta hermana, le abrió la posibilidad de salir de la violencia, el sometimiento y la injusticia, además, la oportunidad de conocer el mundo a través de su trabajo como misionera en África. En este sentido, a lo largo del tiempo y en el desarrollo de los estudios que he emprendido, he encontrado el valioso tesoro del estudio, ver lo trascendente en el crecimiento de tu ser; lo dignificante que es poder estudiar y abrirte a un sinfín de posibilidades. Ojalá, este amor y convicción por el estudio contagie a muchas generaciones de jóvenes que siguen pasando por mis clases.    

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