El Año Viejo de Nacha – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

A esa hora María Ignacia dormía plácida, «sueño sereno, conciencia tranquila», decía la sabiduría de la Nona, en tanto las manecillas del reloj en la mesita de noche, se acercaban a las doce, y Nacha seguía perdida en ese sueño que se había vuelto recurrente, al punto que ya formaba parte de su subconsciente; en él, ella flotaba en el aire, como una pluma llevada al antojo del viento, sin destino ni tiempo, en un espacio infinito que no conocía distancias ni proporciones, porque todo estaba a medida de todo.

En su sueño, la ley y la justicia habían logrado imponerse, además, los odios, injusticia, guerras y conflictos habían sido arrojados por el orificio negro de otra dimensión, nadie quería saber de ellos.

En medio del absurdo sueño, se dio cuenta que no existía izquierda ni derecha, por eso, desaparecieron los vientos de barlovento y sotavento, los alisios y los monzones ya no soplaban con furia, y solo jugaban con los cabellos de toda la gente, o con las hojas y las plumas como se sentía ella, así todos iguales, en un mundo ideal sin diferencias, en el que el común denominador era cumplir la norma, y vio como la sonrisa del amor florecía en los rostros, por todos los rincones del planeta.

De pronto, la suave brisa, se tornó en viento huracanado, que en pocos segundos la fue llevando por un túnel, en el que el repiqueteo de un timbre sonaba insistente, hasta que ya entre dormida y despierta, volvió a la realidad en este mundo de las diferencias, y recordó que el último día del año apenas comenzaba, y a ella le gustaba vivirlo intensamente.

Con premura salió de la cama y parada junto al ventanal del cuarto, corrió cortinas y abrió de par en par los pestillos, el viento fresco de la madrugada, entró a raudales por ellos, inundando de aire nuevo sus pulmones y acariciando sus mejillas de bella durmiente, entonces dejó que su mirada se perdiera en el infinito, y admiro la inmensidad del firmamento, la belleza del planeta rojo, colgado en la cúpula del cielo, acompañado en esta época del año, por una luna de color indefinible, la veía entre anaranjada y amarillo oro, arropada por un manto de estrellas, como anunciando la cercanía del año nuevo.

María Ignacia se imaginaba que el último día, era la agonía de cada año, y ella, se suponía la maestra en la escuela del tiempo, por eso dedicaba ese último día a evaluar lo hecho durante ese año calendario, además estaba segura, que estaba en su justo derecho de hacerlo, cuando recordó que, en el viejo latín, calendario quería decir, libro de cuentas.

Así, parada frente a la ventana la encontró la noche, con la mirada perdida en la inmensidad del cosmos, se sentía tan infinitamente pequeña, que alcanzó a dudar de su existencia, incluso presintió ser un volátil fantasma, en medio de tanta grandeza, sin embargo, decidida abrió su libro de cuentas, haciendo el balance cuidadoso de lo hecho y lo pendiente, llegando hasta el momento sublime de la verdad, donde no se le puede mentir ni engañar a la propia conciencia, así, hasta alcanzar el filo de la media noche, cuando desde su ventana, vio como empezaban a prenderle fuego a los míticos año viejos, para a continuación desplegar el nuevo calendario y  comprometerse con lo inconcluso y los nuevos proyectos.

Después de apurar una copa y brindar en la soledad de su cuarto, nuevamente se paró frente a la ventana, su lugar preferido en la cabaña, que había construido entre la montaña, en lo más alto de la cordillera, allí siempre procuraba despedir el año viejo y saludar el año nuevo, desde su mirador veía, como la ciudad se extendía al pie de los cerros, a esa hora de la noche las luces de la ciudad titilaban, como si esta fuera un gigantesco pesebre.

Desde la media noche la pólvora se apoderó del firmamento, de barrios ricos y de los marginales, las explosiones coloridas se repetían incesantes, mientras la humanidad se abrazaba en un solo sentimiento de felicidad y alegría, mezcladas con buenos deseos, abrazos y promesas, fue cuando pensó en los que corrían en torno a la cuadra, cargando maletas y soñando en viajes al viejo continente, mientras los abrazados por la miseria, corrían alrededor de una choza, soñando pasar el Darién por la trocha para alcanzar un día el hueco, entonces una lágrima amarga rodó por su mejilla, cayendo en su copa, cuando recordó el derroche de uvas Isabela, verdes y negras en algunas fiestas, en tanto en otras, la mano milagrosa de una madre, multiplicaba las pocas uvas, para que alcanzaran en su mesa, levantando luego el pocillo de peltre y brindando por lejanos sueños.

Así, Nacha seguía viendo el derroche de pólvora, que se elevaba rasgando el manto de la oscuridad, después de la media noche, realidad y fantasía en una explosión efímera de colores, destellos que para unos sólo eran supuestas ilusiones, y al final en el cuaderno de cuentas, del calendario que se iba y el que llegaba, solo dejaba al marginado el humo que asfixiaba su pobreza, mientras en el calendario de la sociedad de todos los tiempos, las cuentas seguían con saldo en rojo.

Fabio José Saavedra Corredor

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