En estas fechas decembrinas es muy común escuchar la canción: “El vivo vive del bobo” de Los Corraleros De Majagual en cada casa, calle, parque, almacén y bus de la ciudad, viviéndose un ambiente de festejo, sin embargo, mientras iba en una buseta del transporte público de la ciudad me puse a prestarle atención a la popular canción y descubrí, desafortunadamente que esas letras hacen parte de nuestra cultura colombiana. El refrán al que hace alusión la canción, es una expresión excluyente y violenta que se ha interiorizado tanto en imaginario colectivo de la sociedad que hemos asumido que el “avivato” es premiado por su audacia y viveza, admirado por su ventaja del poco poder que consigue para pasar por encima de los demás vulnerando la integridad de las personas violentadas. Es un robo normalizado padre de la corrupción y que en varios contextos es tomado como una broma.
Todos, de alguna manera hemos sido víctimas de estas prácticas antiéticas y antimorales en varios ámbitos de la vida cotidiana que son dolorosas, hirientes y humillantes para quienes son las víctimas, por nombrar algunos casos: cuando nos roban alguna propiedad u objeto valioso que se ha conseguido con mucho esfuerzo; en lo laboral o de negocios cuando se pactan acuerdos y luego al final de la negociación alguna de las dos partes incumple lo pactado para sacar provecho particular de ello, de igual forma en las relaciones afectivas se padece cuando se escucha decir: “El que se enamora pierde”. Estas acciones se convierten en manipulaciones de engaño que afectan y destruyen las buenas intenciones de personas que han depositado su confianza, honestidad y en muchos casos su humildad, jugando un rol de vulnerabilidad que “el avivato” aprovecha para sacar provecho en un acto de corrupto.
Como lo mencioné anteriormente, hay varios refranes anclados en el imaginario colectivo de la sociedad como: “pero quién lo manda ser tan confiado”, “eso le pasa por bobo”, “para que da papaya”, quién lo mandó” y es ahí donde estamos cayendo en la normalización de conductas antimorales, connotándose la viveza del deshonesto que hace trampa sin ningún pudor, además creyéndose dueño de la justicia según su escala de valores. Como en la frase célebre que se le atribuye al filósofo Nicolas Maquiavelo, “El fin justifica los medios”.
De otra parte, en esta cultura del avivato se castiga socialmente al que ha recibido el agravio, el honesto es sometido al ridículo por la tergiversación de los valores que predominan en una sociedad materialista, egoísta, indolente y consumista, que muchas veces son difundidos por los medios de comunicación que no poseen un criterio de análisis crítico en el tipo de discursos que difunden constantemente a la opinión pública.
Por ello, es importante no caer en este tipo de prácticas que son funestas para el desarrollo humano de la sociedad. Las motivaciones de un tramposo nunca serán decorosas, honorables y mucho menos justas. Este es un problema ético y moral que requiere de unas posturas reflexivas y contundentes que puedan reconstruir una mejor identidad como colombianos frente al fraude, con sanciones no solo penales sino sociales que permitan dar ejemplo a las nuevas generaciones de actuar honestamente.
