Mamá julita – #CrónicasYSemblanzas

A Julia Angulo de Mejía la vi por primera vez a mediados de la década de los años 60, cuando yo tenía unos 11 años.  No se me ha borrado de la memoria que ella estaba saliendo de una casa del barrio Popular de Tunja y cerraba con delicadeza la puerta. Lucía un abrigo de paño oscuro y un velo de seda sobre su cabeza. Me impactaron su aire imponente y su elegancia.

Esta escena sucedió en unas vacaciones de final de año que yo pasaba en Tunja donde unos tíos paternos que vivían detrás de la Zona de Carreteras. Mi residencia permanente, por ese entonces, era Úmbita.

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Aquel día acudí, en las horas de la tarde, a una presentación artística en el teatro al aire libre de la Media Torta del parque Santander. Cuando terminó el espectáculo e inicié mi regreso a casa por la calle 22 en dirección oriente-occidente, recorridos apenas unos cien metros, observé, a la derecha, a lado y lado de una vía ciega, unas casas, que, por lo pintorescas y homogéneas, me atrajeron.

En lugar de continuar mi destino inicial, decidí avanzar al norte por esa callejuela. Con curiosidad observé los antejardines, las rejas y faroles de hierro forjado, los portones y ventanas de madera. Estando absorto mirando esos detalles, se abrió, de pronto, una puerta y salió la señora cuyo nombre solo supe unos 10 años después.

Eran cerca de las cinco de la tarde. Corría una brisa fría y se escuchaba el tañer vigoroso de las campanas de una iglesia cercana. Asumí que la dama iba con afán a una misa, quizá a la iglesia de San Francisco o, tal vez, a la de las Nieves.

En cuanto al sector residencial, también 10 años después, me enteré de que se llamaba barrio Popular y había sido la primera urbanización con casas de diseño arquitectónico similar en la capital boyacense.

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A partir de 1969, año en el cual llegué a vivir definitivamente en Tunja, comencé a ver con frecuencia, en distintas partes de la ciudad, más que todo en los templos, a la señora elegante de abrigo de paño y velo de seda.

Después, luego de ingresar a trabajar como reportero en el Radioperiódico Avance Boyacense en 1974, los encuentros fueron más frecuentes. La veía en la Cruz Roja, en el Hospital San Rafael, en el Amparo de Niños, en el Palacio Arzobispal, en el Convento de El Topo. Por lo general iba acompañada de otras damas, luciendo un uniforme rosado.

Pero fue en septiembre de 1978 cuando hablé por primera vez con ella. En ese momento se desempeñaba como directora de la Oficina de Turismo y Artesanías de Boyacá. La había designado para tal cargo el gobernador Jorge Perico Cárdenas en representación del grupo de Julio Barón Ortega.

Paso a lo vivo de Jesús de Ramos durante la Procesión Infantil del Jueves Santo en 2015. Foto Gustavo Núñez Valero.

Yo era corresponsal de El Espectador en Tunja. En tal condición le solicité una cita. Quería conocer las acciones que en materia de turismo estaba desarrollando para difundirlas a través de ese periódico. Me recibió en su oficina, situada en el primer piso de la Casa del Fundador, en la plaza de Bolívar de Tunja. La sentí amable. Me saludó con un gesto de seriedad en su rostro y una voz sostenida y enfática.

Mientras me respondía las preguntas que le formulé, detallé su figura. Estaba sentada con el tronco erguido y la cabeza levantada. Tenía cabello negro y largo, tez canela, frente amplia, cejas arqueadas, nariz recta y afilada, labios delgados, mentón equilibrado con la armonía de su rostro ovalado.

Al retirarse de la Oficina de Turismo la seguí viendo en eventos de solidaridad social y en lugares de beneficencia, al igual que en la Casa Conservadora; ella fue, durante muchos años, presidenta del Comité femenino del Directorio Departamental Conservador.

En 1979, al cubrir como periodista de El Espectador los actos de la Semana Santa en Tunja, supe que era la organizadora de la Procesión Infantil de Jueves Santo, evento que había creado 21 años antes.

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Julia Angulo de Mejía nació en febrero de 1922 en Popayán, en el hogar formado por un abogado y una dama oriunda de esa ciudad. Tuvo tres hermanos. Estudió hasta cuarto año de bachillerato.

En plena juventud conoció al médico veterinario y zootecnista Carlos José Mejía Rodríguez, oriundo de Vélez Santander, con quien contrajo matrimonio. Él llegó al departamento del Cauca en su calidad de funcionario del Ministerio de Agricultura, integrando una comisión técnica y científica encargada de hacer seguimiento a la fiebre aftosa.

Paso a lo vivo en la Procesión Infantil del Jueves Santo de 2015. Foto Gustavo Núñez Valero.

Una vez casados, viajaron inicialmente a Bogotá y luego, debido a las misiones laborales encomendadas a Mejía Rodríguez, se instalaron temporalmente en varias ciudades del país, hasta que llegaron a Tunja, en donde se radicaron definitivamente.

Carlos José y Julia tuvieron cuatro hijos, todos varones: Carlos Gabriel, ingeniero civil; José Pastor, oficial de las Fuerzas Armadas; Gustavo Adolfo, médico cardiólogo e internista, y Danilo, abogado y dirigente político.

Cuando los esposos Mejía Angulo llegaron a Tunja ya habían nacido sus tres primeros hijos. Al comienzo vivieron en una casa situada en el sector de la Pila del Mono, a una cuadra de la Plaza de Bolívar. Luego se trasladaron a inmediaciones de la iglesia de Santa Bárbara y, finalmente, se pasaron al barrio Popular, justo donde la vi por primera vez.

Entre el nacimiento del tercer hijo, Gustavo Adolfo, y el del cuarto, Danilo Augusto, hubo una diferencia de 10 años.

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Familiares y allegados suyos con quienes hablé la recuerdan como una mujer activa, emprendedora, humanitaria, muy piadosa y auténtica lideresa.

El abogado Mauricio García Morales, hijo de una de las amigas más cercanas de Julia, Pepita Morales, la califica como una mujer sencilla, sincera, entregada a las causas sociales y de una devoción religiosa muy marcada. Estuvo cerca de ella desde muy pequeño, primero como participante en la Procesión Infantil del Jueves Santo y luego como integrante de los comités de apoyo de la organización de ese evento. Además, dada la estrecha amistad de su madre con ella, fue un asiduo visitante de la casa de los Mejía Angulo. Está seguro de que ella le profesaba entrañable cariño.

Orlando García Moreno, periodista tunjano, tuvo la oportunidad de conocerla muy de cerca. Él nació en 1955 en una casa situada a pocos metros de la que fuera la residencia de los Mejía Angulo en el barrio Popular. Desde pequeño se hizo amigo de Danilo, el menor de esa familia.

—La verdad es que cuando niño y joven yo no salía de la casa de doña Julita. Era muy querida con todos los amigos de su hijo Danilo, especialmente conmigo. Muchos 24 de diciembre los pasé allá. Danilo era su consentido. Siempre le decía Danilito.

Según él, pasar la navidad en la casa de los Mejía Angulo era muy agradable y placentero porque realizaban actividades lúdicas y servían deliciosas y abundantes viandas.

—Los tamales que nos daban eran enormes y los platos fríos, exquisitos.

A ella le profesa gratitud y la recuerda con admiración.

Banda Marcial en Procesión Infantil del Jueves Santo en 2015. Foto Gustavo Núñez Valero.

—Era dinámica, entusiasta, cercana de los políticos, amiga de todo el mundo. Lo que se proponía lo lograba. Muy religiosa. Iba a misa todos los días. Tenía un enorme poder de convicción. Siempre vestía de negro o de gris.

Con cierta gracia recuerda que:

—Los gamines de Tunja le decían: “Mamá Julita” porque estaba muy pendiente de ellos, los ayudaba, les daba comida y protección a través de algunas instituciones como el Amparo de Niños y la Casa de Menores Marco Fidel Suárez, por ejemplo. En este último establecimiento se la pasaba dictando cursos de manualidades y desarrollando actividades educativas y de resocialización. 

Su hijo Danilo, en el libro “La procesión infantil de Jueves Santo en Tunja Hidalga Ciudad” asegura que “se distinguió por su espíritu de servicio y bondad con los menos favorecidos; siempre estuvo ayudando a los pobres, ancianos, mujeres desprotegidas. Su apostolado lo desarrolló a través de instituciones de beneficencia como el Amparo de Niños, el Asilo San José, Damas Rosadas, Legión de María, Acción Católica, Casa del Gamín, Casa del pobre, entre otros”. Afirma también en esa obra que: “Siempre se mantuvo rodeada de muchas personas que oían su consejo y recomendaciones”.

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En octubre de 2023 Danilo y su esposa, Margarita Barón Flórez, hija del excongresista y ex contralor de Boyacá, Julio Barón Ortega, me recibieron en su residencia situada en la parte alta del barrio Los Rosales en Tunja. Allí me contaron anécdotas y me mostraron documentos y fotografías que testifican la actividad desplegada por Julia Angulo de Mejía durante sus 75 años de vida.

— Mi mamá se sentía tunjana. Fue una señora fuera de serie. Tenía carisma, era muy querida —comenta Danilo.

Me insistió en que tenía un corazón bondadoso y era desprendida y generosa.

—Algunos días de la semana, cuando yo regresaba del Colegio, al entrar a la casa encontraba una cola de gente esperando que ella les diera algún alimento. Los viernes en la noche llegaban muchas personas, las hacía seguir a la sala y a sus hijos nos ordenaba que entráramos a nuestros cuartos. Intrigado averigüé el por qué actuaba así. Supe que mientras estábamos en las habitaciones ella repartía mercados a sus visitantes, quienes eran gentes necesitadas.

Una de las virtudes que Danilo le atribuye a su madre es que ella se desenvolvía con la misma facilidad en las distintas clases sociales.

—Iba a los barrios pobres, hablaba con sus habitantes y les ayudaba en muchas cosas, al tiempo que entraba al Club Boyacá y se reunía con las gentes de holgada condición económica y destacada posición social. Todos la escuchaban y estimaban. Trabajaba en diversos frentes, inclusive en 1970 hizo parte de una lista al Senado de la República

Pero lo que más resalta Danilo de su madre es su transparencia moral y su apego a la religión católica. Tuvo unas relaciones inmejorables con los obispos, los sacerdotes, las monjas. Acepta, eso sí, que tenía preferencia hacia las Clarisas.

Es reiterativo en que les inculcó a sus hijos que fueran gente de bien y le ayudaran a los demás.

Por último, aborda un tema personal de ella: su afición por la música colombiana.

—A mi madre le gustaban los pasillos, los torbellinos. Tocaba guitarra y tenía una voz de soprano muy bonita.

Margarita Barón Flórez fue quien asumió la presidencia de la Asociación Procesión Infantil del Jueves Santo en Tunja a la muerte de la fundadora. Ella lleva ya 26 años al frente de la organización de este evento religioso, convertido en insignia de la capital boyacense.

Lo que Margarita más recuerda de Julia de Mejía es el servicio a los demás y la bondad que prodigaba a quienes se acercaban a ella.

—Era muy caritativa, sentía el dolor de los demás. Estaba pendiente de ayudar. Cuando funcionaba la Clínica de la Caja Nacional de Previsión, para citar solo un caso, fundó un grupo de damas pensionadas que estaban pendientes de ayudar a los pacientes de ese centro asistencial. Claro que toda su vida estuvo realizando obras sociales.

Confiesa su admiración por la constancia y dedicación de su suegra al servicio de los demás. Rememora que:

—Julita aprendió distintas actividades como modistería, macramé, repujado en cuero, repostería, culinaria y muchas más, con el propósito de replicar ese conocimiento a los demás, sobre todo a mujeres, a través de cursos gratuitos que dictaba en las instalaciones de instituciones de beneficencia o en los salones comunales de los barrios de la ciudad.

Paso de bulto en la Procesión Infantil del Jueves Santo en 2015. Foto Gustavo Núñez Valero.

Asegura que ella fue una líderesa que valoraba a la mujer. Gracias a su acción muchas damas de Tunja la siguieron.

—Ellas hacían su trabajo en silencio. Eran las formadoras de la sociedad. Hoy en día ese enfoque se ha perdido. La mujer sale a buscar trabajo. Por haber cambiado el rol de la mujer, la de hoy es otra Tunja —afirma.

Considera que el trabajo de Julia de Mejía por la comunidad no ha pasado inadvertido porque cuando va por la calle o participa en actividades de beneficencia en distintos sectores de la ciudad se acercan personas, por lo general mujeres, y le dicen: “Nos ha hecho falta mamá Julita, porque ella nos ayudaba mucho. Por siempre la vamos a recordar”.

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Julia de Mejía canalizó sus iniciativas y concentró su energía vital a construir una sociedad mejor y a procurar el bienestar de las gentes.  Sus logros en esos sentidos fueron numerosos y categóricos. Sin duda, el más trascendente ha sido el de la creación de la Procesión Infantil del Jueves Santo en Tunja. Este evento se levanta como un monumento que revela la persistencia, dedicación y entrega de esta dama. Desde luego, fueron muchas las personas que contribuyeron a la consolidación de dicha realización. No obstante, sorteando múltiples dificultades logró mantenerla vigente a lo largo de los años. Solo en 1989, debido a las obras de remodelación del centro histórico de Tunja, realizadas con ocasión de la celebración de los 450 años de la ciudad, no pudo efectuarse la procesión, cuya primera versión se llevó a cabo en 1958.

—La Procesión Infantil del Jueves Santo fue su gran motivación. Le dedicaba más de medio año a prepararla. El constante patrocinador fue la Cámara de Comercio. Lo único que debía hacer era ir a recordarles cada año. Daba la fecha de la procesión y automáticamente le autorizaban los afiches —dice el periodista Orlando García Moreno.

Este rito infantil, expresión del amor de su fundadora por los niños y que en su primera versión contó con un solo paso a lo vivo y en la segunda ya comenzó a tener pasos de bulto, hoy, según su coordinador general, Danilo Mejía Angulo, cuenta con la participación de 27 pasos de bulto, 18 a lo vivo y12 bandas marciales. En total acoge 1300 niños y reúne a por lo menos 20 mil personas entre familiares, espectadores y turistas.

Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga en la presentación del libro “La procesión infantil del Jueves Santo en Tunja hidalga ciudad”, escrito por Danilo Mejía Angulo,  dice que cuando se participa en ella resuenan en los oídos varios llamados, entre estos a la ternura y a la belleza. Sobre el primero afirma: “La ternura se traduce en cariño, amor, amabilidad y afecto. Los niños, con su mirada y con sus gestos, son capaces de desarmar cualquier corazón” y en cuanto a la segunda indica: “Todos, pero especialmente los visitantes cuando contemplan la procesión infantil exclaman: ¡Qué belleza!”.

Jerónimo Gil Otálora, presidente de la Academia Eclesiástica de Boyacá en el prólogo del mismo libro afirma que al pensar en este evento “viene a mi mente de inmediato la fina y elegante figura de una dama, tunjana por adopción, Julita Angulo de Mejía, con gran poder de convocatoria para llevar a cabo una devoción que se hizo tradición (…) ¿A qué se debe este importante logro de una mujer que llega a Tunja, se incorpora en la ciudad y aparece como líder? La respuesta es sencilla: a sus grandes cualidades humanas, sociales y espirituales. Este es un logro de fe y de piedad”.

Señala en su escrito que “al contemplar la solemnidad de la Semana Santa en Tunja, que por largos años los tunjanos veníamos celebrando con gran fervor y lujo, Julita veía que algo hacía falta en esa esplendorosa conmemoración de la Semana Mayor; entonces, brotó de su mente y corazón, la feliz idea de crear, a imitación de su tierra natal, Popayán, la procesión infantil que debía incluirse como parte importante de los eventos sagrados de la Semana Santa. Propuso que los niños debían ser partícipes de la fe y del culto católico”.

Asistentes a la Procesión Infantil de Jueves Santo en 2015. Foto Gustavo Núñez Valero.

Según el académico Gil Otálora “La idea de ‘sacar a la calle los niños a desfilar’ fue una idea grandiosa. Se inició con solo un paso y hoy cuenta con 45. ¿Por qué se creció esta procesión y ha sido causa de numerosas réplicas en Boyacá y Santander? Porque detrás de los niños vienen sus padres. Los niños además de sentirse felices luciendo atuendos apropiados para esta procesión religiosa, se preparan, se entusiasman y convocan para que su salida a la calle sea motivo de felicidad y amor. (…) Los niños congregan en primer lugar a sus amiguitos, luego a sus padres y demás familiares, ellos necesitan verse acompañados”.

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El 11 de abril de 1997 apareció publicada en el periódico Boyacá Siete Días una columna escrita por Orlando García Moreno titulada “Trabajo desconocido” en la cual exaltaba la vida y obra de Julia Angulo de Mejía. En el párrafo final de la nota se leía: “Por los días de semana santa me encontré con doña Julita en alguna de las calles de mi adorada ciudad y vi que los años estaban haciendo mella en su salud, pero la vitalidad, que siempre la ha caracterizado, continuaba intacta. Hablaba con el mismo entusiasmo de antaño; se le notaba la voz cansada, pero el dinamismo no lo había perdido. Muchísimas procesiones más, con seguridad, estará organizando doña Julia, en cuya casa pasamos bastantes veladas sabatinas en los tiempos en que no tenía uno que afanarse por nada y la vida era color de rosas. A doña Julita alguien tiene que hacerle algún reconocimiento”.  Tres meses después, Julia Angulo de Mejía viajó al más allá.