Nostalgia navideña – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Carmen quiso disfrutar el regreso al origen, después de tantas Navidades en lejanía, celebradas con extraños y costumbres de otros mundos, la noche anterior había arribado a su vieja ciudad y luego de acomodarse en un pequeño hotel, en la noche se le antojó recorrer las calles de su infancia, “el tiempo no perdona”, rezaba la sabiduría popular, ya había trascurrido más de medio siglo, y encontró todo con una nueva cara, la casa paterna ya no existía.

Allí, sobre su fantasma, se elevaba una torre de apartamentos, todo había desaparecido: la panadería de don Leo, los pequeños comercios y hasta la cárcava del tradicional parque Santander la habían sepultado, rellenando el zanjón de sus juegos infantiles, con tierra traída del cerro de San Lázaro, extrañamente el portero le había dicho cuando la vio entrar: «no respondemos por su seguridad».

Cuando salió, caminó despacio las solitarias calles, persiguiendo añoranzas y los conos de luz emitidos por las farolas, bajo las que se debatían en vuelos angustiantes infinidad de insectos, que, inexplicablemente, jamás se chocaban, dirigió sus solitarios pasos a la colonial capilla de las Nieves, y tristemente,  encontró que de igual manera la habían desaparecido, en su lugar se levantaba un monumental templo, nada que ver con la acogedora y colonial capilla de sus antepasados, el enorme portalón permanecía cerrado y un cartel invitaba a visitarlo en horario diurno,  miró el cielo y vio la luna solitaria que parecía mirarla burlona, entonces, frustrada dirigió sus pasos de regreso al hotel a buscar el calor de las cobijas.

Luego de degustar una vaporosa aromática de toronjil y poleo, recogió la llave en la recepción y se dirigió al cuarto, a disfrutar la soledad, esa gran amiga con quien habían aprendido a quererse a través del tiempo, ahí, metida bajo la tibieza de las mantas, dejó que su imaginación volará a sus años de infancia y adolescencia, se perdió en los inolvidables días de juventud, cuando ansiosa por vivir y descubrir mundos desconocidos, se perdía en trémulos parpadeos de ojos ilusionados, entre las páginas de la revista Vanidades, esas historias melosas de amores tejidos por  Corín Tellado, la autora española de moda, que hacia las fantasías y delicias de jóvenes y viejos en los años sesenta.

Mientras en sus recuerdos, la voz del loco Quintero le fue trayendo en la brisa de la memoria, «La sirena viene hacia mí…» o  «Navidad que vuelve, tradición del año…», así fue quedándose dormida, en esos espacios desbordados de nostalgia, y recordando aquellas navidades cuando avanzaba con la alborotada multitud para dar la legendaria “vuelta al perro», entre nubes de confeti multicolor celebrando el paso de las carrozas,  apurando los primeros aguardientes y algún embriagante beso robado, o tímidos dedos explorando la tibieza de la mano femenina, invitando a explorar paisajes desconocidos.

Al día siguiente el tañido de las campanas saludó la mañana, Carmen se arrebujo en la tibieza de la lana, percibió el aroma de toronjil y poleo de la cocina, entonces, solícita se preparó para ir a misa de seis, quería volver a vivir sus años de infancia, y después de apurar de dos sorbos la aromática y chupar las hierbas frescas del fondo del pocillo, se acomodó el abrigo  y se enrumbó por la calle que la llevaría a la nueva mole de iglesia, construida por las mentes iconoclastas, de curas miopes ante la belleza histórica de la capilla colonial de las Nieves y la complicidad de autoridades civiles y culturales enceguecidos por la coima.

A esa hora, Carmen se recostó en la baranda del atrio, y sintió que la nostalgia la invadía, igual a la neblina envolviendo las cosas esa mañana, dejó que su mirada se perdiera, por la calle que bajaba desde la casa paterna, cubierta de recuerdos, se vio de niña siguiendo los pasos de sus padres, acompañándolos a la iglesia, como siempre, tomados de la mano, rumbo a la misa de seis.

Los veía avanzar con pasos lentos y cuidadosos, sin perder la elegancia de los años maduros, en ese momento, el sol asomó sobre el horizonte de los cerros de Oicatá, dibujando en el lienzo de la tenue neblina, la torre del campanario y las siluetas de las mujeres devotas y presurosas, que esa mañana atendían el segundo llamado de las campanas al Santo Sacrificio, a esa hora el sol se detuvo a venerar los años, en las blancos cabellos de los dos ancianos, coronándolos con un hálito de transparencia, en medio del delicado velo de neblina, fantasía o realidad, homenaje a dos vidas, así ascendieron las escalinatas del atrio, y ahí de rodillas frente al altar mayor, oraron al Creador por su familia y la de los vecinos.

Los minutos seguían cabalgando en el minutero del reloj de la torre, en tanto Carmen seguía parada al lado del barandal del atrio, disfrutaba la tibia caricia del sol en su espalda, se engolosinó viendo, como los bancos de neblina empezaban a elevarse de las calles y los tejados coloniales de Tunja, con una suave brisa que ayudaba a disolverla. En el rostro otoñal de la mujer se leyó la serenidad de los años, entonces afloró un dulce brillo en sus ojos, cuando sacudió la cabeza, queriendo organizar sus recuerdos de infancia y juventud y recordó la magia de los viejos diciembres.

Eran días en los que la humanidad, detenía sus afanes y preocupaciones por las cosas materiales, por producir grandes cosechas y desbordantes ganancias.  Ella estaba segura que era una época para detenerse a pensar en las bondades de la vida, en la familia, en los hermanos o el amigo, en compartir un momento con el necesitado, o con el maltratado por la sociedad o la misma vida. Carmen pensó que el espíritu de la Navidad era todo eso y mucho más, especialmente dejar rencores, limar asperezas y darnos cuenta de que la vida era un suspiro, que todo lo que nos aleja, en la Navidad debe desaparecer, para lograr que la paz y la concordia nos hagan más humanos y menos irracionales.

Pensó que hasta el aire se sentía más amable y liviano, que los días soleados traían sosiego y el cielo despejado alejaba las nubes grises, todos vestían sus galas de colores y no se veían cuerpos encogidos por el frio, realmente la Navidad debía hacernos mejores personas, el mundo era más acogedor entre las notas de un villancico o el paseo de olla con vecinos a la Cascada, pero hoy todo era diferente, los niños no esperaban al niño Dios sino a Papa Noel, el pesebre había pasado a ser parte del olvido, nadie apostaba aguinaldos y los regalos los colgaban en un pino, Carmen huyó del atrio de la iglesia cuando el párroco la invitó a la Novena en el centro comercial, porque el templo solo se abría para misas y visitas de turistas.

*Por: Fabio José Saavedra Corredor

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