“Los gatos: Los amantes fervientes, los sabios venerables”. – David Sáenz #Columnista7días

Cuando era niño les tenía mucho miedo a los gatos. Las supersticiones de mi familia y del ambiente boyacense, propios de Chiquinquirá, me enseñaron que los gatos tenían alguna conexión con lo sobrenatural, por ejemplo, que las brujas eran capaces de mimetizarse en la forma felina para cometer fechorías. Por tanto, cuando me encontraba con un gato, evitaba incluso mirarlo a los ojos.

En la casa que crecí había un patio que era aprovechado por un gato. Ingresaba a altas horas de la noche. Yo escuchaba a veces sus movimientos, porque desde niño he tenido un sueño frágil. Me despierto con cualquier movimiento o ruido.

Un día, la curiosidad me hizo vencer el miedo. Me levanté de la cama, salí del cuarto y me encontré al gato de frente. Antes de salir de la habitación imaginé que el gato se convertiría en una señora muy fea que me haría daño. No sucedió nada, ambos quedamos petrificados, asombrados con la presencia del otro. Di un paso y el gato emprendió su camino de vuelta, como un Aquiles, el de los pies ligeros.

Después de ese día, no volví a escuchar ni a sentir la presencia del gato. Tal vez les perdí un poco el miedo. Aun así, la fuerza de la superstición transmitida en la crianza es muy difícil de abandonar. Por tanto, cada vez que me encontraba un gato evitaba tocarlo o mirarlo.

Un día, ya en la adultez, mi hermana menor viajó al Llano, estuvo en una finca y descubrió que cuando una gata daba cría, la mayor parte de los cachorritos eran arrojados a otros animales para que se los comieran. Ella decidió rescatar a uno y llevarlo a Chiquinquirá. Yo no estaba en ese momento en la casa materna y cuando regresé me encontré con el gato. No me gustó mucho la idea de tener un gato en la casa. Sin embargo, sólo estaría un tiempo tomando decisiones difíciles y lidiando con la ansiedad que implica elegir.

Para mi sorpresa, el gato, a quien me hermana llamó, Paco, pasaba el día acompañándome. Su presencia me hizo descubrir su belleza y encanto. Empecé a acariciarlo y él ronroneaba. Con él aprendí de la existencia de este verbo. Paco me hizo sentir acogido, su presencia nunca me hizo sentir solo, era como si realmente tuviera algo sobrenatural, una especie de medicina, de calmante.

Me fui de la casa después de tomar las decisiones que tenía que tomar. Un mes después mi madre me llamó y me contó que el gatico había amanecido muerto. Lloré de tristeza. Todavía recuerdo que recibí la noticia una noche cálida y de luna, en Villavicencio.

Desde esa época le profeso un amor especial a los gatos. No he vuelto a convivir con ninguno, pero cada vez que visito una casa o un lugar en donde hay gatos, siento esa misma tranquilidad que sentí con Paco.

Ahora bien, ¿a qué va toda esta historia? La semana pasada, un compañero de trabajo, alguien muy noble y sincero, un poco inocente en el mejor sentido de la palabra, me pidió que lo acompañara a un evento en el que leería un texto literario. Yo asentí con gusto. Cuando llegamos al evento me di cuenta de que no era cualquier evento, sino el encuentro de egresados de una facultad. En seguida me sentí en el lugar equivocado. Sentí vergüenza de estar ahí.

En un break, me fui para una salita aparte. Saqué un librito que llevaba en mi mochila y me puse a leer. De repente, sentí que un gato o gata, se posó sobre mi espalda y empezó a ronronear. Yo me quedé en silencio, sin moverme. El gatico negro con pintas blancas acercó sus bigotes a mi mejilla izquierda y los movía delicadamente. Justo en ese momento sentí que él o ella, los verdaderos dueños del lugar, me daban la bienvenida y me hacían sentir en casa, una vez más…

 Charles Baudelaire