
En el país de los imposibles, donde todo es posible, las extrañas historias se dan silvestres, incluso algunas veces, después de la lluvia, se han visto a sus exóticos personajes, deslizándose por el arco iris desde la puerta del cielo, y aunque no lo crean, una tarde el ocaso se pintó con los colores del fuego y sucedió algo inesperado, los vientos de Cupido bajaron incontenibles desde lo más alto del picacho del Caracolí, pasando raudos por el cauce del río Cusiana, hasta llegar a orillas de la laguna, a un lugar llamado Cristal, y ese atardecer de fuego, flecharon el adolescente corazón de la hermosa princesa Filistea, la que desde hacía varias lunas permanecía noche tras noche, recargada en la ventana del bohío, construido con palma real traída de tierras ignotas, desde más allá, donde el horizonte se funde con el cielo.
Hasta allí llego el viento huracanado de Cupido, entre melodías de silbidos y susurros, entregando de inmediato, el mensaje de rendido amor y angustioso auxilio, que le enviara el príncipe Zaqueo, para que ella se dignara conjurar el embrujo, al que lo sometiera la hechicera Avaricia, desde el día que lo convirtió en sapo croador, mentiroso y ambicioso.
Luego de que su rechoncho padre le diera la bendición, la bella joven decidió partir, a depositar el más profundo y enamorado beso, en la boca del batracio Zaqueo, en tanto se dejó llevar en alas del viento, hasta las lejanas montañas en el reino de las nieves y el frailejón, donde fue recibida con concierto de ranas y aleteos de mariposas negras, que la fueron guiando hasta el hechizado, que croaba sentado sobre una gran piedra negra como el carbón, desde allí, él la miraba ansioso, con esos enormes ojos saltones de sapo enamorado.
Ella siempre había sido decidida, por eso pensó: ‘a mal beso, darle prisa’ y cerrando los ojos, extendió sus castos labios depositando el ósculo mágico, en esa boca que terminaba hasta detrás de las orejas, entonces el ambiente se inundó de un olor a azufre y de entre una negra nube salto su elegante Zaqueo, con gorro de plumas, espada y zapatillas.
Venía seguido de su fiel asno, con todo y enjalma, él también había sido alcanzado por la maldición de la hechicera, dejándolo convertido desde entonces en la gran roca de carbón, sobre la que permanecía apoltronado su jinete sapo.
Sucedió que en el momento que el jumento se liberó del malhadado hechizo, lanzó al aire un rebuzno tan prolongado, como el falsete de mentiras de su amo Zaqueo, luego se dedicaron los dos desencantados, a trotar un buen rato, para desentumecer los músculos, seguidos todo el tiempo por las miradas felices de sus aduladores súbditos. Cuentan los afortunados testigos, que, en el primer atisbo, en que se cruzaron las miradas de los felices enamorados, renació entre ellos, un amor infinito, y como un águila asegurando su próxima presa, se fundieron en un abrazo de promesas eternas.
Esa misma tarde, él ordenó tejer una delicada manta, con hilos de arañas verdes, rojas y azules recogidos en las cuevas y bosques más profundos de su reino. Cuando los diligentes tejedores le presentaron la colorida prenda, él, rendido y enamorado la extendió solícito, por donde la todavía doncella pudiera pasear, evitando que tan diminutos y delicados pies, se llegaran a manchar con la brizna de mugre del páramo, ese que el tanto había odiado en su sufrida infancia, cuando le ordenaban ir por esos caminos retorcidos, en las frías madrugadas de la sierra, a recoger las cabras en el aprisco.
Pronto inició los preparativos para las nupcias, en el más grande tálamo empedrado de su reino, concurrieron nobles de todos los rincones de la tierra, incluso del mundo de las sombras, de eso todavía dan fe, las viejas comunicativas de la comarca, mientras que, entre profundos suspiros, le clamaban al Dios de la montaña, por un marido igualito de bueno a Zaqueo.
La verdad fue, que la noche del gran parrando, los dos enamorados, en el filo de la media noche, se perdieron por el sendero de los bosques de encenillos y robles, los que se extienden desde el pico de las águilas, hasta cerca de las maravillosas arenas de Playa Cristal, dónde vienen a rendir tributo las incansables olas irisadas de la laguna, y la feliz novia no había llevado provisiones, porque el diligente consorte, le había comprado a los nativos de Playa Cristal, como regalo de bodas para Filistea, un plan alimentario para esposas en luna de miel, el cual disfrutarían en las límpidas arenas a la orilla de la laguna, pero ¡oh sorpresa! el lugar había sido enajenado a forasteros venidos de lejanas tierras, quienes se apuraron a encerrar la propiedad pública con altos muros, acabando con el derecho natural ancestral de los nativos. Situación que calmó a los enamorados, cuando recibieron la jugosa indemnización por el incumplimiento del plan alimentario para esposas.
Este incómodo episodio, llevó a la ilusionada pareja, a tomar esa misma mañana el camino de regreso a las tierras altas, estaban seguros que allí su felicidad no sería empañada por nimiedades, en tanto el tiempo voló y los dos regresaron del viaje nupcial, traían esa sonrisa cómplice del amor, acompañada de almibarados cariños, llamándose entre arrumacos acaramelados «Mi paecita querida o mi paecito querido».
Desde entonces fueron felices y comieron perdices por siempre.
Fabio José Saavedra Corredor