La victoria, el punto de encuentro inicial para el proceso de Paz entre el Gobierno y los revolucionarios del Llano

Todos los escritos que se han editado sobre la “guerra que se generó después de la muerte del caudillo Jorge Eliecer Gaitán” y la resistencia llanera,se han centrado básicamente en la entrega de armas, es decir lo que llamaron en esa época, el armisticio, ¿pero, como se llegó a eso?

José Guillermo, estaba a punto de cumplir los 14 años cuando un día llegaron a la casa, por los lados de Tacarimena, donde vivía con su madre, unos agentes del gobierno, uniformados de color caqui, portando fusiles, la mayoría de ellos con la culata tallada en madera y bayoneta calada, quienes penetraron con fuerza a la habitación.

Recuerda que, -mi madre y yo, aterrados mirábamos cómo el comandante, junto con dos agentes, se paseó por la sala, los cuartos de dormir, miró por debajo de los camastros y revisó todos los rincones de la casa mientras los otros agentes la rodeaban-. 

-A pesar del miedo-, comenta, -todo era muy parecido a lo que hacíamos los muchachos cuando jugábamos a los liberados, una actividad con dos bandos de jóvenes, que simulaban una guerra y las armas, se asimilaban con trozos de  leña que encontrábamos en el monte-. Es el relato de José Guillermo Salamanca Vega, un hombre nacido en Nunchía, Boyacá, por allá a principios de los años 40. 

-Cuando el comandante me miró-, relata Juan Guillermo, -dijo de una, “este debe ser chusmero, llévenselo”. No valieron las súplicas de mi mamá quien implorada de rodillas, llorando agitadamente, que no me fueran a llevar ni a matar, que era hijo único. ¡Nada valió! Me sacaron de la casa y me unieron a otros dos muchachos que habían “capturado” en otra finca de la región-.

-Amarradas las manos con un trozo de cabuya a la altura de mi ombligo, me montaron en el anca de un caballo que jineteaba, uno de los uniformados, quien solo me dio tiempo, para una última mirada a la casa, donde mi mama, de rodillas, imploraba por mi vida- 

Libreta militar de la época de José Guillermo Salamanca

La comisión con los dos retenidos, tomó rumbo al Tiestal, hasta llegar, en las últimas horas del día por una angosta pica, a La Victoria, un sitio que hacía de cuartel de las tropas, donde se levantaba una casa en la que sobresalía un amplio salón donde se cruzaban hamacas y chinchorros de diferentes colores y a los costados, unas mesas y taburetes  tallados en madera.

Recuerda José Guillermo, que llegando a la Victoria, -los uniformados se fueron apeando de sus monturas. Quien me llevaba en el anca, se bajó y corrió hacia la tinaja de agua, tiempo que aproveché para soltarme las ligaduras con los dientes, tome las riendas del caballo y lo taloneé, de tal manera, que con la velocidad de un relámpago ya estaba metido en un mata de monte, desde donde escuche las ráfagas de tiros que me hicieron’.

-Había logrado volarme- rememora José Guillermo, -ahora la preocupación era mi mamá, pues, con toda seguridad, van a la casa y la matan-. Por eso tomó unas trochas que solo los criollos conocen hasta llegar en la madrugada a la casa donde su madre aun no paraba de llorar. Desaperó el caballo y le dio sabana,  junto con su madre salieron a pie amparados por las sombras de la madrugada con rumbo a Yopal para dejarla donde unos parientes poco conocidos en la región.

En cuestión de pocos días, José Guillermo se enroló en las tropas revolucionarias que comandaba, Berardo Giraldo, a quien llamaban El Tuerto Giraldo, donde recibió la formación militar para combatir, fabricó su propio Féjere, un fusil casero tiro a tiro, el cual mantuvo hasta el día de la entrega de armas en el tablón de Nunchía.

Después de muchas misiones, regularmente de abastecimiento de las tropas y de comunicaciones entre los diferentes comandos, José Guillermo recibió la orden de hacer parte del pelotón  que acompañaría al Tuerto Giraldo, a la cumbre de comandantes convocada por Guadalupe Salcedo y Eduardo Franco Isaza, precisamente, en la Victoria.

Felizmente, los uniformados que lo habían perseguido y amenazaron, no estaban. La Victoria y los caminos circundantes, los custodiaban tropas del ejército traídas de Bogotá, combinadas con curtidos combatientes del llano.

En cuestión de tres o cuatro días, fueron llegando además de Guadalupe Salcedo y sus hombres más cercanos, los hermanos Eulogio, Francisco y Eduardo Fonseca Galán; José Alvear Restrepo, Dúmar Aljure, Manuel y Roberto Bautista, Carlos “Pote» Rodríguez, el Minuto Colmenares, Eliseo Fajardo, Vitelio Castrillón, Marcos Achagua, Víctor López, Jorge González;  Alfonso Guerrero (Cariño) Rafael Sandoval “failache”, Eduardo Nossa,  Carlos Roa y otros comandantes de no menos importancia.

A los dos días de estar reunida la cumbre de comandantes, llego a la Victoria un avión DC-3, del gobierno, de donde fueron descendiendo Carlos Lleras Retrepo, a quien Guadalupe reconocía como el jefe máximo  de las tropas revolucionarias Liberales, además llegaron en persona, el expresidente Mariano Ospina Pérez, Gilberto Alzate Avendaño y Gilberto Vieira, junto a los delegados de Alfonso López y Laureano Gómez, quienes eran los jefes de los partidos políticos, con quienes se acordarían las bases para un armisticio.

Solo ellos, los que participaron en esta cumbre, saben del acuerdo de Paz, firmado entre los rebeldes llaneros y el Gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla.

Lo real, es que el 13 de septiembre de 1953, en el sitio Las Delicias, Guadalupe Salcedo Unda, entregó su fusil, al General Alfredo Duarte Blum.