Vivió para enseñar

Cuando Óscar Núñez Galvis, un estudiante citadino de Ingeniería Industrial de la Universidad Javeriana, le comentó al director de la carrera que como trabajo de grado diseñaría un modelo de sistema de gestión de calidad en un cultivo de papa, este quedó intrigado, guardó silencio, pero para sí mismo, según lo confesó después, se preguntó: ¿Qué lo motivará a escoger este tema?  Un año más tarde, al leer la dedicatoria, comprendió la decisión. Esta decía: “A mi abuelo Sergio Antonio, quien, sin saberlo, me enseñó a amar el campo y siempre fue ejemplo para sus nietos”. 

La dedicatoria, sin duda, retrata la vida del maestro Sergio Antonio Galvis Bonilla, pues su tránsito terreno fue un enseñar cotidiano y un ejemplo de vida, enmarcado en su pasión por la naturaleza. 

Sergio Galvis Bonilla con uno de sus nietos en 1982 (Archivo familia Galvis Pinzón).
Sergio Galvis Bonilla con uno de sus nietos en 1982 (Archivo familia Galvis Pinzón).

Nació el 6 de octubre de 1928 en San Mateo (Boyacá) y murió de una afección cardiaca el 15 de agosto del 2003 en Bogotá. Fue el primero de tres hijos de dos viudos que contrajeron segundas nupcias. Quedó huérfano de padre cuando tenía ocho años de edad. Tal circunstancia lo obligó a trabajar al lado de su madre en actividades agrícolas y pecuarias en su parcela de la vereda del Caliche. Allí en una rústica casa de paredes de bareque, teja de cinc, una sola habitación y una pequeña cocina, rodeada de cultivos de pan coger, vivió sus primeros años junto con su madre Purificación, su hermana Leonor y sus hermanastras Paulina y Raquel.

Cursó los tres primeros años de enseñanza primaria en la Escuela Urbana de San Mateo. Cuando debía realizar el cuarto año, renunció el profesor de ese grado, quien no fue reemplazado porque nadie aceptó el cargo ya que San Mateo era muy distante de la capital del departamento y no llegaba la carretera.

Tras cerrársele las puertas de la educación debió volver a ayudarle a su madre en el cuidado de la parcela. Transcurridos unos meses llegó a su casa el comisario del municipio con una citación verbal del juez. Sergio Antonio dejó sobre el surco la herramienta con la cual estaba abriendo una zanja y siguió al funcionario municipal. Al arribar donde el juez y cuando iba a escuchar la razón del llamado, irrumpió en la oficina su madre totalmente alterada, casi fuera de sí y dispuesta a que no le arrebataran a su hijo. Actuaba de esa manera porque 25 años atrás alguien había ido al campo por un hermano suyo y nunca más lo volvió a ver.

Luego de la interrupción de la madre, el Juez, con paciencia, les explicó a los dos que había citado al joven porque deseaba ofrecerle el cargo de escribiente del Juzgado. Les comentó que lo hacía por recomendación del último maestro de Sergio Antonio; él le había dicho que tenía buena memoria, una forma de ser agradable y una letra bonita y clara.

La aceptación por parte de Sergio Antonio fue inmediata.

Foto del maestro Sergio Antonio Galvis Bonilla tomada en 1996. (Archivo familia Galvis Pinzón).
Foto del maestro Sergio Antonio Galvis Bonilla tomada en 1996. (Archivo familia Galvis Pinzón).

El juez le tomó aprecio por su dedicación al trabajo y su espíritu servicial. Cuando a finales de 1946 llegó al Juzgado una convocatoria para escoger un grupo de jóvenes interesados en terminar su enseñanza primaria en el municipio de Boavita, el juez animó a Sergio Antonio para que se presentara. Este así lo hizo. Ganó una beca para cursar cuarto y quinto de primaria en Boavita.

Al finalizar el quinto de primaria supo que estaba abierta una convocatoria para becas de estudio de la carrera intermedia de institutor agrícola en el Instituto Agrícola de Duitama, ITA, dependencia de la Universidad Pedagógica de Colombia. Se presentó y fue seleccionado. 

De acuerdo con la normatividad de la época, para ser institutor agrícola se debían cursar siete años.

Para atender los gastos que no cubría la beca, en vacaciones vendía en San Mateo plantas frutales que llevaba de Bogotá o de Duitama, vacunaba ganado y vendía miel de abejas producida en los apiarios que poco a poco fue montando en el predio rural de su madre en El Caliche. En uno de esos años también fue obrero en el montaje de la planta de Acerías Paz del Río en Belencito.

Transcurridos tres años, el ITA fue trasladado de Duitama a Paipa, en donde el 21 de noviembre de 1955 Sergio Antonio recibió su grado. En ese momento tenía 27 años cumplidos.

Ya con el diploma en la mano se presentó al Ministerio de Educación en Bogotá. Fue nombrado profesor del Instituto Agrícola de Belalcázar, Cauca. En esa población trabajó un año. La gran distancia con su tierra natal y la precaria salud de su madre lo indujeron a buscar un sitio de trabajo en Boyacá. Acudió a la Secretaría de Educación del Departamento. Esta dependencia lo nombró profesor de primaria de Soatá, municipio situado a dos horas de San Mateo. Meses después fue trasladado a la Escuela de Varones de su pueblo y luego promovido al Instituto Agrícola de Bachillerato de la localidad. Aquel plantel se convertiría luego en la Escuela Normal de San Mateo.

Para dictar clases en bachillerato debió realizar cursos de nivelación profesional en biología en la Universidad de la Salle de Bogotá.

En noviembre de 1958, siendo profesor de primaria en San Mateo, contrajo matrimonio con Lucía Pinzón Parra, una bogotana que trabajaba como profesora de bordados en la Normal Femenina de Güicán, a 30 kilómetros de San Mateo. A ella la conoció durante las visitas que realizaba a su hermana Leonor, quien estudiaba en esa institución.

En San Mateo permaneció hasta 1975. Tres años antes había instalado a su familia en Tunja para que sus hijos pudieran estudiar bachillerato en la capital boyacense. Ese año fue trasladado a Chiquinquirá al Colegio rural de Sasa, dependiente del Colegio Pío Alberto Ferro, en donde tenía que dictar todo tipo de asignaturas. Tres años más tarde fue trasladado a Firavitoba, pero no pudo ejercer, pues el docente que iba a reemplazar no entregó el cargo, teniendo que presentarse todos los días en la Alcaldía y luego en la Secretaría de Educación en Tunja. Fue reubicado en el Colegio Departamental de Siachoque, localidad situada a 45 minutos de la capital boyacense. Allí trabajó hasta 1981. En ese año fue trasladado al Colegio Departamental de Cómbita, municipio distante 15 kilómetros de Tunja. En aquel establecimiento trabajó hasta octubre de 1993, año en el cual cumplió la edad de retiro forzoso del servicio público.

Sergio Galvis el día de su matrimonio en Güicán, noviembre de 1958.
Sergio Galvis el día de su matrimonio en Güicán, noviembre de 1958.

De su matrimonio de 44 años con Lucía Pinzón tuvo cinco hijos. Cuatro se graduaron como profesionales e hicieron especializaciones y uno de ellos, el cuarto, murió en un accidente de tránsito siendo estudiante del programa de Administración Turística y Hotelera de la UPTC en Duitama.

Como profesor se distinguió por manejar con propiedad los contenidos de las materias que le asignaban. Conocía los nombres en latín, las características y propiedades de árboles y flores. Gracias a su privilegiada memoria recitaba las clasificaciones y habitad de los animales. Los contenidos teóricos los trataba con propiedad y suficiencia. A sus alumnos no sólo les transmitía lo teórico, sino que los llevaba a observar las plantas, los animales y los fenómenos de la naturaleza relacionados con su órbita de conocimiento; a ellos no les hacía evaluaciones memorísticas sino prácticas; siempre les inculcaba el milagro de la naturaleza y los instaba a conservarla y defenderla.

Sus tareas docentes las adelantaba con gusto. Para él, enseñar era un deleite. Nunca consideró su trabajo como obligación; lo concibió como una oportunidad para realizarse personalmente y ayudar a los demás. Colaboraba en todas las actividades académicas y culturales del colegio donde laboraba. Si en ese plantel había lugar para sembrar árboles lo hacía en compañía de sus estudiantes, a quienes animaba a plantar árboles en las parcelas y solares de sus casas.

En 1995 cuando tuvo la oportunidad de visitar la Casa Blanca en Washington, con uno de sus dedos abrió un orificio pequeño en un jardín y depositó allí una pepa de durazno que llevaba en alguno de sus bolsillos. “No me aguanté las ganas de hacer lo que siempre he hecho: sembrar árboles”, le explicó a su esposa.

La música la llevaba en la sangre. Además de dictar clases de esta materia, dirigía coros y conjuntos. Acompañado de su bandola, su tiple, su guitarra, su flauta, su teclado o su acordeón dirigía las veladas musicales y los actos de graduación de los bachilleres.

La pesca lo atraía y la practicaba con frecuencia.

Fue un hombre sencillo y altruista. Su temperamento era suave y cálido. No tomaba licor y tampoco fumaba. Su forma de vestir era informal. Tenía gran fortaleza física.

En cada acción daba lecciones; en unas transmitía conocimientos, en otras orientaba el comportamiento humano basado en los valores, que consideraba pilares de la dignidad personal y de la convivencia armónica.

¿Y cómo no hablar de su bondad, de su generosidad? Para todos, sin distingo social, tenía una sonrisa, un gracejo, una ayuda oportuna.

La esencia de su ser era la sensibilidad. Su alma vibraba, su espíritu se estremecía ante cualquier estímulo. Por eso se entregaba a sus alumnos, colaboraba con su comunidad, amaba la música y toda manifestación artística y, de qué manera, quería la naturaleza. Sin duda, como lo dijo su nieto Carlos Andrés Núñez  en sus palabras de despedida el día de las exequias: “mi abuelito fue un sentimiento hecho hombre”.

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