El hijo del páramo – Fabion José Saavedra Corredor #Columnitas7días

El Pastorcito de los mil sueños y una capotera llena de ambiciones, tenía por costumbre perderse en el páramo, entre piedras y matorrales para vivir allí como un ermitaño, en lo más alto del acantilado, el que se elevaba desde el valle de los Encenillos y los Colorados, allí sobresalía la laja de la cachucha y bajo esa gran losa de roca, se abría la cueva de los espíritus de la montaña. Desde el valle se apreciaba como una enorme boca de lobo hambriento, dispuesto a devorarse cuanto ser viviente osara profanar su interior.

Con el tiempo y mucha paciencia, Pastorcito logró construir un sendero que se veía serpentear entre los matorrales de la pendiente, por el que ascendía hasta la entrada de su lugar predilecto, y desde allí, parado en la boca de la cueva, podía observar a cualquier intruso que quisiera osar acercarse.

Esa noche había prendido fuego en el fogón de las tres piedras, alimentándolo con las ramas de un encenillo, el cual después de muchos años, no había resistido el embate de la última ventisca, también avivaba el fuego con hojas de frailejón secas y sebosas.

A esa hora las llamas parpadeaban, proyectando la sombra de las cosas contra las paredes de la cueva, la que se perdía en la profundidad de la montaña, desde donde llegaban los chillidos característicos de miles de chimbilayes en un desordenado vuelo, los cuales parecían no tener destino alguno, así pasaban la noche, hasta que entrada la madrugada se colgaban de las rocas del techo, mientras tanto, en medio del silencio, se escuchaba el suave sonido de las aguas de un arroyo subterráneo.


 Los nativos del páramo, cuando notaron las luces rojizas amarillentas parpadeando en lo alto del acantilado, empezaron a tejer leyendas alrededor del suceso, algunos decían que eran presagios de malos tiempos, otros que se avecinaban días dolorosos para las parturientas y cuando se encendían las llamas en noches de luna llena, las abuelas tejían cruces con laurel bendito en Semana Santa, para colgarlas luego detrás de las puertas de las casas, con el fin de proteger a sus familias de las malas influencias.


 A Pastorcito empezaron a atribuirle poderes sobrenaturales, los borrachitos del alambique de doña Candelaria, juraban y comían tierra debajo de la vara del gallinero, que ellos habían visto con esos ojitos que un día se volverían tierra, al espíritu de Pastorcito pasar raudo volando acaballado sobre un viejo tronco de frailejón, que lo halaban halcones del Caribe y águilas de la Sierra.


 Así el tiempo se llevó ese invierno y el nuevo verano empezó a desgranar sus días en el calendario de cigarrillos Pielroja de doña Candelaria, el que la vieja chirrinchera colgaba todos los año nuevos en punto de las doce, detrás de la puerta donde ella destilaba el aguardiente en el alambique. 

Mientras tanto, Pastorcito seguía sentado al lado del fogón de las tres piedras en la cueva de los espíritus de la montaña, la barba le había crecido rala y cuando veía su rostro redondo, propio de los hombres del páramo, reflejado en el pozo de la quebrada, pensaba que su barba parecía un hormiguero en estampida.

Un día al atardecer, a la hora en la que las cosas se volvían nebulosas, al ermitaño se le alegraron los ojos, cuando escuchó unos gruñidos amigables entre los matorrales, y de las sombras emergió una pareja de enormes lobos grises, que se acercaron a él, con el rabo entre las piernas, lamiéndole las manos y rozando los cuerpos contra sus piernas, iban seguidos por dos lobeznos que brincaban alrededor del fogón, disfrutando el calor de las llamas, entonces el hombre acarició sus lomos, mientras recordaba aquel día de invierno, en el que los había encontrado en el bosque de frailejones, a la orilla de la quebrada, mientras trataban de amamantarse en las ubres de sus madres, que yacían muertas, tal vez por los disparos asesinos  de algún cazador, salvándolos en aquella ocasión de una muerte segura, luego los cuido hasta que se defendieron solos y después los devolvió al bosque.

Esa noche, después de celebrar el reencuentro y de contarse sus mutuas aventuras, mientras Pastorcito y los lobeznos dormían, las dos fieras se perdieron camino a la noche de luna llena, el cielo estaba despejado y cubierto de estrellas, se iluminaba con el faro de luna que cubría todo con un plateado encantador.

Así las horas pasaron, el sol todavía no había asomado en el horizonte, el canto de los gallos anunciaba el amanecer y las mirlas invitaban a la vida, en tanto, las dos fieras regresaron trayéndole sobre sus lomos, dos regalos a su protector; dos enormes cueros, uno de oveja sin esquilar y otro del lobo más viejo de la manada, el que alguna vez había sido el más popular macho alfa de la historia.

Pastorcito después de agradecer el valioso regalo y despedir a sus viejos amigos, regresó presuroso a la cueva, saltando jubiloso, al punto que los chimbilayes suspendieron sus eternos vuelos y colgados del techo disfrutaban con los ojos del espíritu la alegría del joven, quien se probaba uno y otro cuero, el de oveja traía la piel de la cabeza con todo y hocico y orejas, de igual forma el del lobo, que a manera de antifaz, se podía ver por los orificios de los ojos, cosa extraña, cuando se cubrió con la piel de lobo, los chimbilayes huyeron en desbandada, perdiéndose por el fondo de la cueva.


 Desde entonces cada cuatro años, tomó por costumbre salir en las noches oscuras de invierno con la piel de lobo, a conseguir adoradores del hombre lobo y en las noches estrelladas de luna, con la blanca piel de oveja. Con el tiempo los lugareños dejaron volar la imaginación, y salían en noches despejadas de verano a contar estrellas fugaces, con la esperanza de ver pasar volando al pastorcito en su tronco de frailejón, tirado por halcones del Caribe y águilas de la Sierra.
 
 En cambio, las viejas rezanderas del páramo y las aldeas, decían que preferían verlo en las noches de hombre lobo, cuando se paraba sobre la punta del cerro a aullarle a la luna entre nubes negras, porque así sabían a qué atenerse. Lo cierto es que a todos se les erizaba la piel y se les entumían las piernas, cuando los abuelos contaban esas historias, por eso ya ni jóvenes ni viejos querían saber del Pastorcito de los mil sueños y una capotera llena de ambiciones.

Fabio José Saavedra Corredor

-Publicidad-