El grito del páramo Cortadera, ¡escuchémoslo!

El presente texto es el resultado de una entrevista hecha a Andrés Felipe Rivera Gómez, profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Santo Tomás, Bogotá, uno de los líderes del proyecto ‘Construcción de una paz ambiental para la gobernanza, la ética ambiental y el cuidado del Páramo Cortadera, en Boyacá, Colombia’.

El no generar legislación ambiental pertinente, así como educación ambiental, ha generado conflictos en la comunidad, los cuales han alterado la paz y han deteriorado el páramo.  Foto Jorge Hormaza/Archivo particular
El no generar legislación ambiental pertinente, así como educación ambiental, ha generado conflictos en la comunidad, los cuales han alterado la paz y han deteriorado el páramo. Foto Jorge Hormaza/Archivo particular

La investigación es en conjunto con el profesor Jonathan Abdul Rincón Díaz, del Departamento de Humanidades de la Santo Tomás, Tunja y con Iván Pirazán Cuervo, ingeniero ambiental, docente de la USTA Tunja.  La labor de los investigadores ha consistido en escuchar a los y las líderesas de la región, así como a integrantes de la comunidad. Son ellos quienes tienen un conocimiento único sobre el páramo, dado que conviven con él y tampoco son ajenos a sus problemáticas.

El trabajo de estos investigadores es la continuación de otro proyecto sobre la construcción de paz ambiental, en el municipio de Siachoque, Boyacá, cuya intención fue contribuir a este propósito a través de la gobernanza para el cuidado del Páramo Cortadera.

El Páramo Cortadera está ubicado a 45 minutos de Tunja y colinda con varios municipios, a saber: Toca, Pesca, Rondón, Viracachá y Siachoque. Tiene una extensión de 6.508 hectáreas que vendrían siendo 165.080 km2. Este complejo ambiental, junto con otros cuatro páramos brinda agua a 28 municipios, 26 de Boyacá y dos de Casanare.

Aunque el de Cortadera es un páramo muy significativo para la región, poco sabemos de él. Por ejemplo, en el año 2015 fue declarado Parque Natural Regional por Corpoboyacá gracias a una caracterización que elaboró el Instituto de Investigación de recursos biológicos Alexander Von Humboldt.

Así mismo, es un páramo muy importante gracias a sus frailejones, los cuales funcionan como una dispensa constante de agua. La especie de frailejón que se encuentra en el páramo se llama, Espeletia tibamoensis. Los frailejones atrapan la nube y atraen el agua, la cual es absorbida y guardada por la planta. Es una especie de ‘fontanero natural’. Este páramo hace parte de un complejo de páramos que agrupa otros, su nombre es Tota-Bijagual-Mamapacha.

En el páramo se reúne la comunidad en juntas de agua, un espacio que les permite administrar los acueductos creados por ellos mismos. Hasta ahora todo parece paradisiaco, pero si se habla de paz ambiental es porque no se goza de ella.

Si el páramo no está cuidado y protegido, el planeta lo resiente y las comunidades también. Es decir, el hecho de no haber concertado con las comunidades que habitan en las partes altas y de no generar legislación ambiental pertinente, así como de carecer de educación ambiental, ha generado conflictos en la comunidad, los cuales han alterado la paz y han deteriorado el páramo.

Este conflicto se evidencia en la división de las comunidades y la imposibilidad para el diálogo que les permita trabajar por el cuidado del territorio y dar soluciones pacíficas con las familias que habitan las partes altas del páramo. Para estos últimos no es fácil abandonar el sector, dado que esa es su fuente de subsistencia económica.

Por otra parte, los reservorios hechos por quienes practican la ganadería hacen daño, puesto que no permiten la fluidez del agua, la estancan y la retienen. En otras palabras, se presentan conflictos por el agua, especialmente cuando esta escasea. Vale la pena decir que, quienes creen que los conflictos por agua son temas de la ciencia ficción y del futuro, deberían darse una pasada por estos sectores y por muchos otros, para notar que esto es una realidad.

A esto se suma que el agua no es potable, lo cual resulta paradójico, dado que el agua viene del páramo; sin embargo, el uso de agroquímicos ha envenenado el líquido preciado.

Para colmo, hay maquinaria pesada debido a la exploración minera en la parte baja del páramo. Aunque las compañías mineras arguyen que no se está afectando la parte alta del páramo, desconocen que este es un sistema integral. Cada especie, ya sea vegetal o animal, construye un sistema interrelacionado que se considera como un todo.

Las comunidades no son las únicas responsables de estas problemáticas, también lo son las entidades gubernamentales. Tal es el caso de Corpoboyacá, entidad que hasta el momento no se ha ganado la confianza de la comunidad siachoquense debido a su constante ausencia, falta de acompañamiento y de cumplimiento para con uno de los municipios que mayor impacto tiene con Cortadera.

Por ejemplo, no han hecho un trabajo óptimo respecto a la vigilancia de la extensión de la frontera agrícola. Tampoco han presentado un plan que involucre a las comunidades, sobre todo a las que habitan las partes altas del páramo.

Foto: Archivo Boyacá Siete días

A raíz de ello, hay familias que desde hace varias décadas desarrollan actividades agrícolas y ganaderas en la zona alta del páramo (3.800 metros sobre el nivel del mar). Todo ello implica uso de pesticidas, así como de otras actividades que no son las propias de la vida del páramo.

Todo lo anterior plantea muchos retos, por tanto, los investigadores han empleado una metodología llamada “soluciones basadas en la naturaleza”, que contempla al páramo como un agente fundamental, otro sujeto.

Precisamente por eso se reconocen dos enfoques dentro de la restauración ambiental, el activo y el pasivo, siendo este último el que permite saber que este ecosistema de alta montaña, es auto resiliente y, por ende, puede repararse por sí mismo. No obstante, eso plantea un desafío casi imposible de sortear: la no presencia humana.

Dadas las circunstancias, los investigadores consideran que es fundamental contar con la metodología conocida como Desarrollo Rural Participativo (DRP), a través de la cual se buscan alternativas y soluciones para que la intervención humana en el territorio no sea tan dañina y se pueda convivir armónicamente con el páramo.

El equipo de investigación se concentró en buscar maneras de convocar a la comunidad para fortalecer la gobernanza ambiental desde una ética ambiental, no obstante, tal tarea parece una utopía debido a que tanto olvido del páramo por parte de las instituciones y por parte de la academia ha aumentado más el escepticismo de una población que en su mayoría es rural y que poco respondió al llamado de los docentes universitarios. Pese a esto, todos saben que toda construcción de paz es un proceso largo y lleno de altibajos sociales.

A fin de cuentas, si en el país se plantea la paz con los grupos al margen de la ley, es necesario también construir la paz ambiental. No habrá paz entre los humanos si no hay reconciliación con el planeta.  

*Por David Sáenz, columnista de Boyacá Sie7e Días