El amor en los procesos de investigación – Carlos David Martínez Ramírez #Columnista7días

La necesaria objetividad en los procesos de investigación hace que hablar de amor en este escenario suene fuera de lugar, pero investigar es una actividad humana, a pesar de que el conocimiento científico se rodee de una suerte de confiabilidad casi incuestionable.

Entre los diversos relatos sobre los orígenes del método científico, para algunos el más destacable, en el contexto occidental, se ubica en el siglo XVI con pensadores como Francis Bacon, en un momento histórico de transición en el cual el conocimiento pasa de ser “monopolizado” por la iglesia a permitirse un proyecto de modernidad donde se enarbola la idea del conocimiento para la dominación de la naturaleza por el hombre para su propio bienestar y progreso.

Para muchos historiadores, fue en el siglo VI a. C. cuando se ubican los primeros planteamientos filosóficos con una impronta científica en los pensadores jonios (Jonia es el nombre dado en la antigüedad a la región central de la costa egea de Anatolia en Asia Menor, hoy Turquía). Para Estanislao Zuleta la lógica, base del pensamiento científico, es desarrollada por los filósofos griegos porque al no contar un libro, que les planteara una única verdad, debían elaborar métodos para llegar por su propia cuenta a formas correctas de razonar.

De esta manera, investigar es una forma de conocer usando herramientas humanas desligadas de un dogma religioso; esta perspectiva histórica pone de relieve que hay una relación entre conocimiento y poder.

En este meta-escenario es en el que cabe hablar de amor, porque el conocimiento no es democrático, es decir si una mayoría piensa lo mismo eso no garantiza que ese pensamiento sea cierto, pero si se requiere de cierta filantropía para hacer esfuerzos de manera que se democratice el alcance al conocimiento.

Para los poderosos la ignorancia facilita la dominación de las masas. Por eso se requiere de amor para promover un conocimiento emancipador que reconozca a las personas como seres epistémicos, capaces de crear conocimiento, en lugar de limitarnos a entender a las personas como trabajadores que se limitan a adquirir habilidades para ganar un sustento que les permita sobrevivir. Pero eso implicaría una suerte de amor a las personas por encima del “amor” al dinero.

Le pregunté a Chat GPT que relaciones encuentra entre el amor y la ciencia y me dio las siguientes ideas: el estudio de las bases biológicas del amor, investigación psicológica, perspectiva evolutiva, las neurociencias del amor, estudios desde las ciencias sociales y la sociología, citas usando tecnología, aproximaciones terapéuticas, escenarios simulados usando inteligencia artificial, compatibilidad biológica, estudios de género y sexualidad.

Todos estos tópicos se circunscriben en un escenario de contenidos, pero la inteligencia artificial no es capaz de vincular el amor humano en un escenario amplio multidimensional, ni metacognitivo.

El amor no se podría caracterizar fácilmente en una metodología científica objetiva, posiblemente sí en valores relacionados, como la persistencia, la dedicación y la disciplina que se requieren para lograr objetivos y proyectos.

Realmente es en lo que rodea el accionar científico y los objetivos que se trazan al investigar donde se juega el amor: en el querer beneficiar a una comunidad, solucionar problemas, brindar alternativas para gente que las necesita, entre otros.

Las fallas en el proyecto de la modernidad, el desarrollo de armas atómicas, por ejemplo, permiten evidenciar que el conocimiento científico no basta para lograr el bienestar humano; por eso para algunos la ciencia, en términos de comprensión, no debería tener límites, pero la técnica, en cuanto aplicación, debe estar limitada por criterios éticos. 

Ojalá algún día el conocimiento, la ciencia y la técnica, se rijan por valores o, incluso, así suene cursi, por el amor fraterno

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