El amor en la formación para el trabajo – Carlos David Martínez Ramírez

La historia de la formación para el trabajo ha corrido en paralelo a la de la educación convencional, con algunos cruces y encuentros muchas veces, y con separaciones y divergencias en otras ocasiones.

Si analizamos la historia de la educación podríamos inferir que la educación religiosa (digamos en los conventos o en los claustros religiosos entre el siglo V y XV d.c., incluso antes) existe antes de la educación universitaria (con las primeras universidades consolidadas entre los siglos IX y XII d.c.); pero la instrucción para el trabajo existe incluso antes si se piensa en cómo los artesanos enseñaban un oficio a sus pupilos, descendientes o subordinados, transmitiendo sus conocimientos o “transfiriendo” sus habilidades.

De acuerdo con Moreno y de los Arcos (1996), es viable reconocer que la escuela, como institución civil, “es históricamente posterior a, por lo menos, cinco organizaciones sociales: el sacerdocio, la milicia, la burocracia, el gremio y la cofradía”. En este orden, la formación para el trabajo tiene una historia riquísima que puede remontarnos incluso antes de la era cristiana.

De esta manera, existen diferentes ámbitos para abordar el concepto del amor en el marco de la formación para el trabajo.

Un concepto interesante para empezar es el de la multidimensionalidad humana, de manera que la formación profesional integral implicaría considerar diferentes dimensiones de la vida.

A mediados del siglo XX el sociólogo y filósofo Herbert Marcuse en su libro “El hombre unidimensional” critica la tendencia de la sociedad industrial a alienar a las personas en función al trabajo. Pero incluso en el siglo XIX Husserl ya hablaba de los mundos de la vida, inspirando reflexiones fecundas en filósofos relevantes del siglo XX.

Por otra parte, la formación para el trabajo no debería discutirse en términos de andragogía como preferible a la pedagogía. Ya a inicios del siglo XX algunos intelectuales importantes planteaban que la educación tenía que centrarse en la vida adulta (en el trabajo) mientras que otros sugerían que debía primar el enriquecimiento de la experiencia (como el famoso Dewey).

En este orden, la andragogía ha servido para sustentar esfuerzos institucionales por mejorar los procesos educativos para la población adulta, por ejemplo esfuerzos de alfabetización “tardíos” durante el siglo XX en diferentes países de América Latina.

Pero actualmente, especialmente en países europeos, ya no se discute si la andragogía es preferible a la pedagogía en el contexto de la formación para el trabajo, sino que se parte de la premisa que el estudiante/aprendiz debe estar en el centro del proceso formativo, es decir que debe primar el aprendizaje sobre la enseñanza.  

De esta manera, el amor en la formación para el trabajo pasa por reconocer la multidimensionalidad de los seres humanos, de manera que, incluso en este escenario, el trabajo no es lo único que debe orientar los procesos de enseñanza-aprendizaje-evaluación.

Usando términos antropológicos, debemos pensar en el homo sapiens (que piensa) y el homo faber (que produce o que fabrica), pero también en el homo ludens (que juega), el homo loquens (que se comunica), el homo politicus, el homo economicus, entre tantas otras variaciones que definen nuestras necesidades y horizontes.

Es decir, incluso en el marco de la formación para el trabajo, no desarrollamos simplemente trabajadores sino seres humanos con sensibilidad artística, compromisos políticos, proyectos sociales y económicos, ciudadanos con deberes y derechos, entre tantas otras dimensiones en las que se juega no solamente el poder hacer sino también el ser, el sentir y el amar.

Tanto en la formación para el trabajo como en la educación convencional cada vez más se reconoce la importancia de las habilidades blandas para mejorar la competitividad, en este escenario puede pensarse en el amor a través del desarrollo de habilidades como la inteligencia emocional.

De cualquier manera, es posible que el discurso del amor se quede corto si no se (re)piensan fenómenos estructurales como la precariedad laboral y la violación sistemática de los derechos laborales. En este escenario, puede resultar interesante los esfuerzos que ha venido adelantando el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) en años recientes por incluir dentro de sus programas de formación el tema de los derechos laborales como una parte fundamental en el marco de la integralidad de sus procesos formativos.

El amor también pasa por despertar la sensibilidad en los docentes/instructores que llevan a cabo la formación para el trabajo, para entender, nuevamente, que no sólo se forma trabajadores sino seres sentipensantes que también son sujetos epistémicos, es decir, que crean conocimiento, no sólo lo adquieren.

En el rigor también hay amor; es importante entender que muchas veces los estudiantes/aprendices buscan aceptación y validación emocional antes que conocimientos técnicos; esto es muy importante para orientar los procesos de enseñanza-aprendizaje-evaluación con amor y sin perder rigor.

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