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Los amos del disfraz – María Teresa Gómez #ColumnistaInvitada

La mitología griega nos deja la historia de Narciso, un joven muchacho que no podía llegar a conocerse a él mismo según la vidente Tiresias, puesto que esto le causaría su perdición y muerte; sin embargo, el muchacho creció y se convirtió en un hombre muy apuesto, orgulloso y asediado por las mujeres a quien él les rompía el corazón, pues nunca llegó a enamorarse. Un día, la ninfa Eco quiso seducirlo a través de su encanto y su voz; ella se enamoró profundamente de Narciso, pero este se burló de ella y la despreció. La ninfa Eco, al sentir el rechazo de Narciso, pidió al dios Némesis que vengara su dolor, este lo maldijo haciendo que se enamorara de su propia imagen hasta el punto de quedar solo y ahogarse en un lago por tratar de atrapar su propia imagen.  

Esta historia nos lleva a reflexionar acerca del “Yo” llevado al extremo que suele exacerbarse en algunas personas y que sigue siendo una característica prominente en nuestra sociedad, que ha dejado huella en una cultura promovida por un modelo económico y político neoliberal que desata características materialistas de egoísmo, competencia, individualismo y soledad; además se presenta una advertencia sobre el riesgo del amor propio excesivo, la carencia de empatía y el dolor que causa en las relaciones interpersonales. 

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Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos llegado a experimentar soberbia, vanidad, hasta aires de superioridad por la adulación externa de alguna habilidad o cualidad que se posee; desde luego, no está mal que exalten las capacidades y habilidades que se tienen, pues es necesario para fortalecer la autoestima, la autoafirmación, además de permitir identificar aspectos de nuestra personalidad que no resaltamos con facilidad. No obstante, existe el riesgo de ¿qué tanto permitimos que estas adulaciones traspasen el grado de objetividad frente a lo que hacemos? Podemos estar revistiéndonos de una armadura de falacias que esconde inseguridades, fracasos y miedos a ser rechazados por los demás.

Por otra parte, ser víctimas de personas narcisistas es una situación compleja, pues ellos analizan a sus víctimas que habitualmente son personas sensibles y con características destacadas. Para ello, se ponen el mejor traje para su brillante actuación: encantadores, inteligentes y apuestos; de esta manera, atrapan a la persona para satisfacer sus necesidades e instintos más básicos; luego la desecha porque ya satisfizo su apetito ególatra y van tras otra presa para seguir alimentando su vanidad; es como un vampiro en busca de más sangre.    

Un narcisista no puede amar a los demás, ya que solo se ama a él mismo, pero ello no es sinónimo de alta autoestima, sino más bien es una condición de su personalidad que distorsiona la realidad que oculta una inseguridad que se adquirió a través de experiencias de exclusión o bastante complacencia a una temprana edad. Por ello y como lo sugería Sócrates: “una vida sin examen no merece la pena ser vivida.”