Recuerdos y cargas inútiles – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

La música del Año Viejo todavía retumbaba en los oídos de Luisa María, en tanto que navegaba en una corriente de recuerdos, abrazos de familia y amigos afianzados en buenos deseos por el año a comenzar, todo regado con una que otra lágrima por el tiempo que ya era parte de la historia de todos, había sido una emotiva noche departiendo con María Luisa, su amiga de infancia y adolescencia, en la que se comprometieron a fijar una nueva fecha para revivir viejos tiempos idos.

Pensó que esa inefable noche se había quedado en el pasado y la vida cada día se iba haciendo más corta, pero felizmente el ayer regresaba como tierna caricia de la brisa, trayendo gratos momentos vividos en el hogar con los viejos y sus nutridas cosechas en el árbol de la vida.


Las dos habían esperado con ansias Ia prometida fecha. El encanto de esa noche maravilló a las dos Luisas, recordaron cómo de niñas dejaban que el sueño las venciera, mientras contaban estrellas en el retazo de cielo, el que veían a través de la ventana en su cuarto, compartiendo siempre en el camino de sus vidas.

El día del reencuentro descubrieron un rico abanico de añoranzas, esa tarde abría un feliz horizonte de reminiscencias, las dos Luisas tomadas de la mano, corrieron desbocadas por el sendero al rio, como cuando eran niñas, pero las huellas del tiempo detuvieron su pasos y la realidad las contuvo, cuando entendieron que la sabiduría de los años jamás tiene prisa y que estos no vienen solos, entonces avanzaron por el sendero que serpenteaba por entre el cultivo de naranjos florecidos, azahares de blancura inmaculada, como la conciencia de una niña, también se veían las ramas arqueadas por los primeros frutos, anunciando una abundante cosecha.


El cabello de las dos damas mostraba la huella de los años, y sus facciones conservaban la belleza serena del final de la primavera, las dos amigas avanzaban en silencio perdidas en sus recuerdos, en ese diálogo dónde las palabras sobran, disfrutaban el reencuentro como un regalo de la vida, para degustar esos dulces momentos, entonces decidieron contarse sus miedos infantiles, para aliviar su conciencia de pesos inútiles. Por eso caminaron serenas hasta la orilla del rio y en la transparencia del agua, vieron reflejado el presente de sus vidas.

En medio de la frescura de la tarde, volvieron a regocijarse con el arrullo de la voz del agua, en su viaje interminable llevando vida, allí sentadas en el prado a orilla de la fuente, descalzaron sus pies y los entregaron a la caricia amable de la corriente, vieron las mariposas danzar al ritmo del canto de las mirla y los turpiales, en tanto ellas iniciaron un viaje soñado, esculcando en los rincones de su memoria, compartieron sus grandes miedos.

Luisa María dejó fluir el  relato, del día que se había negado a acompañar a sus padres a misa, para quedarse leyendo a Corín Tellado su autora preferida, ese día se encontraba en medio de la apacible soledad de la casa, perdida entre las páginas de la novela, cuando la sustrajo de su abstracción el insistente timbre del teléfono, era su madre pidiéndole buscar una información en una de sus carteras en la vieja cómoda, encontrándose de manos a boca en el pasillo con un enorme monstruo, con cuerpo de ratón, en ese momento lo único que su madre oyó a través de la bocina, fue el aterrador grito de su hija, en tanto la pequeña se había trepado aterrorizada a la mesa del comedor, sintiéndose perseguida por su miedo a la supuesta fiera, que la miraba desde la puerta cerrándole una posible huida, ahí la encontró su madre, que había salido despavorida de la iglesia rumbo a la casa, cuando escuchó el telefónico grito. El caso fue que después de volver la casa patas arriba, nadie encontró el monstruo que había aterrorizado a la niña.

María Luisa seguía atenta el relato del miedo de su amiga, y después de un prolongado silencio, dio comienzo al suyo. Su miedo era a las sombras, y había nacido por razón de la vieja pantalla de su cuarto, la cual colgaba del techo con una cadena, y en las noches, cuando esta se encendía, la más mínima brisa la balanceaba, entonces las sombras de las cosas cobraban vida, saliendo a danzar por todos los rincones y trepándose por las paredes del cuarto, lo que animaba de manera incontenible el miedo infantil.

Esa tarde anotaron cuidadosamente sus miedos en unas hojas secas de yarumo, y doblándolas a manera de un barquito, se los entregaron al agua, para que se los llevará el río por ese mundo de Dios.


Así siguieron contándose secretos antiguos y recientes, hasta que el día empezó a recostarse en el horizonte y las dos Luisas regresaron felices por el sendero del naranjal, antes que cayera la noche, descansando del peso de los miedos de sus vidas.

Recuerdos y vida

No le huyas a tus recuerdos,
nunca caminarás tan rápido
así los regales al olvido,
serán como tu sombra
siempre irán contigo,
o desde los rincones de tu memoria
sorprenderán tu vida
en cualquier curva del camino,
no huyas de ellos…son tus hijos
son padres, hermanos y amigos,
es tu pasado en el cofre de vida,
son la fuerza de tu origen
como tus padres, son tus raíces,
sin tus raíces…eres un muerto vivo.

Fabio José Saavedra Corredor

-Publicidad-