La necesidad de racionalizar la religión y la fe – David Sáenz #Columnista7días

Muchas personas creen que racionalizar la religión y la fe no es posible. Al punto que se cree que, si una persona es racional o ilustrada, no puede tener fe, ni tampoco religión. En el mismo modo, se ha creído que quien es religioso o tiene fe, tampoco goza de razón. En el último caso generalmente se habla de oscurantismo o fanatismo. 

Pese a todo ello, la religión sigue teniendo mucha fuerza, dado que la ciencia, la tecnología y la razón no nos han dado todas las respuestas. Seguimos teniendo preguntas sobre el sentido de la vida, el absurdo de enfermar, envejecer y morir. El vacío interno tampoco se llena con nada, aunque la sociedad de consumo nos haga creer ingenuamente que la vida interior se colma al comprar. 

Así mismo, la ciencia instrumental tampoco logra otorgar sentido a las cuestiones más profundas de la vida y creer que solamente ella puede conferirle significado a la existencia de todos los seres humanos, también sería una suerte de delirio. 

Oscilar entre estos dos extremos puede ser peligroso porque puede conducir a algún tipo de fanatismo. No obstante, en esta columna me centraré en pensar la necesidad de racionalizar la fe. Si quienes profesan un credo lo hacen apelando a la razón, puede que desvirtúen el prejuicio fundamentado que hay sobre las personas que son creyentes. 

Quisiera remitirme a algunos casos que podrían ayudar a profundizar en lo que trato de exponer. 

Un niño de cinco años oraba todas las noches antes de dormir para que su papá se salvara de una enfermedad terminal, sin embargo, su padre murió. La noche anterior a su muerte, el niño oró con mucha devoción para que su progenitor no falleciera. El día de la partida del padre, el niño sintió dolor, pero no sólo eso, también sufrió de culpa, creyó que no había orado lo suficiente y que ese Dios que tanto le ocupaba su pensamiento no le escuchaba ni se compadecía de él. 

Resulta cruel pensar que un niño de cinco años sufra esta crisis. No obstante, considero que su dolor se hubiese podido evitar si al niño le hubiesen hecho comprender que hace parte de la naturaleza humana, envejecer, enfermarse y morir. Si el niño tuviese esa claridad, pese al dolor tan grande que le produce la muerte del padre, no tendría que cargar con un nuevo pesar en su consciencia, creer que no hizo lo suficiente. 

Ahora bien, ¿cómo le pudo tal vez ayudar al niño y a su familia la religión y la fe? Seguramente en la fuerza consoladora que otorga el rito del funeral, así como la fraternidad que puede surgir del encuentro comunitario en el templo. Por otra parte, para el caso del catolicismo, reconocer que la enfermedad y la muerte están en la tradición bíblica y que tal vez en ella se pueden encontrar algunas luces para la meditación. 

El otro ejemplo tiene que ver con el temblor de tierra en Colombia del 10 de marzo del presente año, así como con los terremotos que han ocurrido en otras partes del mundo, Afganistán, Turquía, Siria. También las inundaciones que se viven en distintos lugares del país. Una persona religiosa no tiene que necesariamente decir que se debe a que Dios se molestó. Una persona con fe también puede aceptar que la ciencia nos ha enseñado que nos estamos enfrentando al cambio climático y que muchas de estas cosas que suceden, no tienen su raíz en un Dios todopoderoso y castigador, sino en lo que le hemos hecho los seres humanos al planeta con la explotación de los recursos. 

Ahora bien, una persona religiosa podría apelar, tal como lo hizo el Papa Francisco, en su encíclica, Laudato sí, el cuidado de la casa común, a la conciliación de la fe y la razón. En primer lugar, el Pontífice reconoce el problema y lo fundamenta en lo expuesto por la ciencia, seguido a ello, lo contrasta con la tradición bíblica para proponer que es un imperativo categórico cuidar de la creación del Padre. 

Bien es cierto que la ciencia ni la razón nos han dado todas las respuestas, también es verdad que la religión mal llevada puede conducir a muchos problemas sociales, económicos y políticos. Sin embargo, sería oscurantista prohibir una para privilegiar a la otra, lo que se hace necesario es conciliarlas, ponerlas a dialogar; nos ahorraríamos tanto sufrimiento y dolor con ello. 

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