«Al tope» – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

Así están los caldeados ánimos en Colombia, en momentos en que la intolerancia e irritabilidad se apoderó del alma del pueblo, desatando una crisis histórica de ímpetu incontrolable. 

La violencia en países como el nuestro puede estar ligada a la repetición de patrones, la injusticia social, la inflación y la crisis económica, así como a los fanatismos ideológicos, políticos y las manifestaciones de ansiedad y pánico represadas en quienes por lo general llevan la peor parte.

Lo cierto es que en los últimos meses, los medios y las redes sociales vienen publicando insólitas imágenes donde mujeres, niños y ciudadanos de a pie son agredidos en plena zona pública ante la mirada temerosa de los transeúntes que salen despavoridos para no ser agredidos, o peor aún, protagonistas de la escena, y lo mismo ocurre con el asalto a propietarios de vehículos de alta gama que son despojados de sus carros en la puerta misma de sus residencias y en las narices de los guardias de seguridad.

La intemperancia en las vías y el hogar puede ser producto del alcoholismo atado a la crisis financiera, la drogadicción y la ausencia de moderación o control y, esto por supuesto, tiene consecuencias mediáticas como el asalto a mano armada, el cosquilleo o la agresión a las víctimas que se resisten y forcejean para salvaguardar sus pertenencias.

Pero lo que estamos viviendo no es solamente una terrible inseguridad, porque los niveles de pasividad llegaron tambien «al tope», y las personas que frecuentan las zonas públicas salen armadas de prevención hasta los dientes y qué decir de las y los conductores que al parecer abordan sus autos pensando que se subieron a una tanqueta de guerra y no a un simple y modesto automóvil. 

Los rostros huraños y malacarosos pululan por los sitios del común y hasta el más mínimo detalle o actitud beligerante puede ser el detonante para que estalle una pelea, primero verbal y luego física, sin medir si hay mujeres, niños o personas de la tercera edad. Por ejemplo en los conjuntos residenciales y en los parques públicos el tema de las mascotas se volvió tan incontrolable que los dueños se agreden porque sus peludos llevan o no collar, porque uno le ladró al otro o simplemente porque su instinto los junta para olerse unos a otros; definitivamente los de cuatro patas le dan ejemplo a los que tienen solo dos y un tóxico cerebro.

En localidades segregadas donde la concentración de riqueza se visibiliza en algunas zonas, en tanto que otras son totalmente abandonadas y desprotegidas, esas desigualdades tan marcadas unidas a la falta de oportunidades, el desempleo o la arrogancia de los que se creen dueños del mundo por tener algunos pesos más acumulados, son causas transversales que vienen desatando una cruel envestida urbana y privada.

Luego del sacudón de la emergencia sanitaria y cuando pensábamos erradamente que íbamos a tener una sociedad más justa y reflexiva a causa de los hechos inéditos ocurridos en la pandemia, el problema de terror e intransigencia se ha venido incrementando, tanto al interior de la familia como en las calles, y a diario las cámaras de seguridad de los establecimientos almacenan escenas que parecen películas, al estilo oeste, cuando con pistola en mano los malhechores entraban disparándole a todo lo que se moviera; escenas registradas en films como «Los imperdonables » o «La pandilla salvaje» de la década de los 70. 

Lo preocupante del asunto es que en la mayoría de estos casos de chantaje, los protagonistas son prácticamente niños que no pasan de los 15 o 17 años de edad y llevan en la cintura de sus jeans descaderados una pistola con la que entran a los restaurantes y cafeterías, como Pedro por su casa para asaltar a los comensales y hurtarle sus celulares, billeteras y demás artículos personales.  

Las cifras de esposas y compañeras sentimentales agredidas por su pareja son también escalofriantes y que decir de los que son asaltados en el Transmilenio, o a plena luz del día sin que nadie reaccione o llegue a tiempo la fuerza pública para librarlos de las garras asesinas. 

Salir a la calle representa ahora un peligro mayúsculo porque muchas personas que van a la tienda de la esquina por los huevos o el pan para el desayuno, son víctimas o han tenido que padecer escenas pavorosas que desatan histerias asociadas de pánico, temor y zozobra. 

Un país que atraviesa por una de las crisis económicas más insólitas, como la que se vive actualmente en Colombia a causa de la inflación, el precio de la gasolina, el alza abrumadora de la canasta familiar, las tasas fantasiosas de impuestos y la descomposición, versus un salario mínimo que cada día hace más honor a su apelativo de diminuto, es una nación que genera manifestaciones diarias de espanto, por cuanto el terrorismo y el hampa se convierten, de manera equívoca, en vía de escape y alternativa de supervivencia para algunos ciudadanos.

Estudios recientes publicados por diferentes medios arrojan que la pobreza, la exclusión de los mercados laborales, capitales o de tierras y las desigualdades sociales son consideradas causas radicales de la violencia, pero también hay orígenes históricos como la falla en la gestión de los estados y la corrupción institucional. 

Las relaciones de género pueden conjeturar un factor más de riesgo y los conflictos bélicos y las guerras de países, como la actual situación de Ucrania, Rusia, China, Estados Unidos, Israel, Venezuela o Nicaragua, generan tambien una intranquilidad global donde pulula el pánico ocasionado por la violación aterradora de derechos humanos fundamentales como el de la vida. 

Las condiciones de pobreza extrema de algunas poblaciones están también «al tope» y esos niveles de aguante y sumisión ya sobrepasaron el límite, produciendo en la gente una postura agresiva que por lógica se dá como resultado de la represión, el hambre, la ansiedad y la miseria o en caso contrario por la soberbia, la altivez, el encopetamiento y la arrogancia de los acaudalados vanidosos. 

Así entonces las injustas reglas del juego en el tablero de la vida urbana que benefician a unos y desfavorecen a otros, están pasando la cuenta de cobro y los aterradores episodios de ofensiva mutua a menor y mayor escala avanzan a una velocidad insospechada, asfixiando a la comunidad que al parecer solo espera resignada la llegada de un estallido social. 


A tan desolador panorama de incertidumbre, extorción y desasosiego se suma conflictos como los que se intensifican a causa de la polarización y las pugnas políticas, que este año avivan nuevamente las discordias, porque para colmo de males entramos en otra contienda electoral en las regiones, y allí empezaron ya los discursos de odio y división a hacer de las suyas. 

Un 60% de las personas que viven en ciudades de países en vías de desarrollo han sido víctimas de la delincuencia, por lo menos una vez en los últimos cinco años, y recientemente se ha visto un aumento en los niveles de delincuencia y desorden, convirtiendo a Latinoamérica en la región más afectada por la criminalidad en el mundo y ahí, en medio de esa candela está Colombia soportando un fidedigno momento del que debemos salir con la unión de todos y la negación a quienes,de manera hábil y mezquina, quieren manosear la crisis para beneficio propio. 


Confiamos en que las propuestas que se plantean desde el alto gobierno logren, de alguna manera apaciguar los ánimos, en el entendido que las mejoras en asuntos tan delicados como la salud, la tributación, el ámbito laboral y las demás áreas son fundamentales para una sociedad hostigada por el alza irracional de los alimentos, los intereses de la banca y las escandalosas cifras impuestas por las entidades encargadas del recaudo público, haciendo cada vez más pobres a los necesitados y más poderosos e irracionales a los que tienen la sartén por el mango en los escenarios del poder. 

«Al tope» estamos todos con esta pesadilla alarmante de represalia urbana y familiar, por eso cuando se llega “al tope” o se «toca fondo» es la oportunidad de oro para reflexionar y corregir el rumbo que nos lleve a escenarios más alentadores.

¡Estamos «al tope» y es hora de cambiar!