Réquiem por la justicia – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

José Dolores detuvo sus pasos junto a la baranda del puente, recargándose en ella. Vio las aguas del caudaloso río, avanzaban con la lentitud que les permitía la llanura, como si el calor y la brisa de la tarde las adormeciera, a esa hora, las bandadas de garzas volaban rumbo al garcero a orillas del estero, las vio deslizarse en el aire, impulsadas por su acompasado aleteo, que pronto las llevaría al árbol donde descansaban todas las noches.

Desde su atalaya disfrutaba el paso de las canoas de los pescadores que regresaban de su diaria faena, el rítmico chapoteo de los canaletes trajo a su mente, el susurro emitido por las amplias faldas de las vendedoras de cocadas, en su cadencioso paso por el muelle, desde el puente observó también, que algunos peces saltaban todavía con vida en el fondo de las canoas, en todo caso la pesca había sido pródiga y los pescadores retornaban temprano a casa.


José Dolores se rasco la nuca y luego se acomodó el sombrero, pensaba que la vida seguía las rutinas de siempre, que entre más sencilla fuera esta, sería menos complicada. Él había tomado por costumbre buscar ese lugar, cuando las preocupaciones se convertían en problemas, entonces el encierro de la casa lo ahogaba, y sin pensarlo dos veces, enrumbaba sus pasos al río, el suave sonido de la corriente lo tranquilizaba y sus pensamientos fluían más serenos en procura de soluciones. Pensó que contrario a las rutinas de la naturaleza, las cosas habían cambiado tanto y tan rápido para la humanidad, que ya no sabía por qué preocuparse, la misma humanidad se había encargado de desordenar la vida de todos, al punto de que él ya se consideraba una víctima.

En ese momento se remontó al pasado, a lo sucedido una tarde cualquiera, hacía mucho tiempo. Ese día, a su regreso a casa encontró a su pequeño hijo, el que apenas ajustaba siete años, perdido en el Internet, jugando con amigos de la Cochinchina, difícil tarea rescatarlo de ese mundo virtual que los absorbe e idiotiza, hablarles en ese estado de enajenación era inútil, si uno insiste, solo recibirá miradas esporádicas e impersonales, daba la impresión que uno fuera trasparente, en todo caso ahí había florecido la solución en la autoridad paterna ignorada y ofendida, suspender la electricidad de la casa le pareció una salida salomónica, el camino más expedito para sustraer a su hijo de la virtualidad, ese universo paralelo que aleja cada vez más a la humanidad de la realidad, decisión que tomó inocentemente, pero más tarde sería el origen de los grandes problemas de su vida.


Después de haber suspendido la energía, Chepe, cómo lo llamaban cariñosamente en la familia, ascendía lentamente las escaleras, iba pensando en su infancia feliz, sin tanta tecnología, en sus rudimentarios juguetes, que se renovaban cada diciembre con el pesebre.

Recordaba el triciclo que había heredado de su hermano mayor, el que con el tiempo, heredó a su hermana menor. Recordó cuando el niño Dios le dejó bajo la cama el balón de fútbol, así tantos regalos, como ilusiones infantiles, hasta que un día venturoso descubrió al fantástico Verne y sus viajes extraordinarios, desde entonces se había convertido en el mejor visitante de los libros, hasta que una tarde de lectura, levantó los ojos de entre las páginas de Romeo y Julieta y se encontró con la mirada dulce de la quinceañera que sin pestañear lo observaba desde el otro lado de la mesa, esa tarde sus gustos y aficiones se quedaron en el olvido.

Así, perdido en sus recuerdos, José llegó al alto de la escalera en el segundo piso, cuando vio salir del estudio a su pequeño hijo, traía el cabello desordenado, la cara crispada y la mirada con los ojos desorbitados, venía directo contra él lanzando improperios, reclamándole incontenible, por qué había suspendido la energía de la casa.


José Dolores haciendo acopio de sus mayores esfuerzos logró controlarse, cuando intentó sacar su cinturón y descargarle a su hijo una dosis de cascarita de ganado, como le decía su padre, en cambio simplemente con un hilo de voz logró susurrar, -Hijo, cuando hayas terminado tus tareas, habrá Internet – el pequeño diablillo parecía despedir llamas por los ojos, hasta que entró en una extraña calma luego de mirar a su padre con la advertencia de la venganza, agachó la cabeza y en silencio se dirigió al estudio a adelantar sus deberes.


José Dolores sonrió satisfecho, y cuando el pequeño paso por su lado, acarició con ternura sus cabellos alborotados, tratando de arreglárselos y pensó, que él hijo díscolo estaba entendiendo, que la autoridad paterna había que respetarla, en tanto que le afloraba una sonrisa, dando gracias al cielo por el cambio logrado en el chiquillo.

A esa hora el sol se despedía sobre las montañas y sus rayos dorados y naranja se extendían sobre las aguas del río, tiñendo de magia la naturaleza y la vida. José Dolores inició el regreso a casa, mientras seguía recordando sus viejos dolores, como cuando equivocado pensó que el pequeño hijo había aceptado su autoridad, en realidad no había pasado mucho tiempo después del incidente, cuando un correo llegó a la casa notificándole una citación al Comité de Bienestar y Disciplina en el colegio del niño, preguntándose ingenuamente, en qué nuevo problema se habría metido el pequeño.

Acudió a la cita cumplidamente, observando que, desde el portero en adelante, todos en el colegio lo miraban como bicho raro. El Comité se realizaría en el aula máxima por exigencia de la víctima, todo parecía una pesadilla, en el estrado estaba organizado algo similar a un juicio.


Un juez, un jurado una víctima, un acusado, un fiscal y un defensor de oficio. Cuando entró José Dolores, acompañado por la voluminosa Rectora al recinto, todos estaban ya sentados en su sitio, la silletería hasta el tope de alumnos y padres de familia. La Rectora muy amable lo invitó a seguir al estrado y le ofreció la silla del acusado, en ese momento en su cabeza, que la tenía hecha un ovillo, se encendió una pequeña lucecita, cuando vio sentado en la silla de la víctima a su pequeño hijo, no le dieron tiempo de recuperarse, el juicio se inició de inmediato, lo acusaban de violar los derechos del niño, de agresión a la libertad y abuso de autoridad.

La lista de faltas era extensa, la psicóloga del colegio se regodeaba acusándolo y el capellán defensor de oficio apenas se limitó a mirarlo conmiserativamente, en ese momento José Dolores, aturdido por los acontecimientos y viendo la mirada de venganza cumplida en los ojos de su hijo, quedo mudo cuando el Presidente del Comité profirió el fallo, el cual consideraba dos opciones: o respetaba los derechos de su hijo, o el niño se entregaría a la custodia profesional del bienestar social. Su corazón de padre no dudó un momento y aceptó declinar su autoridad paterna ante los derechos y deseos de su hijo, con tal que lo dejaran bajo su protección


Desde ese día cuando la ley sacrificó a la autoridad paterna y la de los maestros, habían transcurrido varias décadas, hoy José Dolores avanzaba en medio de la penumbra, con los pasos cansados por los desaciertos y equivocaciones de los que hacen la ley en una sociedad excesivamente permisiva, sintió un lacerante dolor cuando se iba acercando a su casa, porque el hijo que creció sin autoridad paterna y con derechos no ganados y mal fundamentados, la había convertido en prisión domiciliaria.

Fabio José Saavedra Corredor

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