Homenaje a la ruana boyacense – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Boyacá, nombre que nace en la voz del corazón, cuando las almas hablan. Boyacá, la tierra negra, donde florece la seguridad alimentaria, regada con el sudor nacido del músculo tenso, del campesino que labora bajo un sol ardiente, o abrazado por la niebla densa, donde los cuerpos se desdibujan y las voces se entrelazan en la ternura y el respeto, de una raza forjada con dignidad, amor, familia y trabajo, siempre acompañados por la lluvia, el viento, el frío y el fuego.

Boyacá, todo lo merece, sacrificios, lágrimas, sonrisas, alegrías y tristezas. Boyacá, poco es todo, cuando por ti todo lo entrego.

La ruana del abuelo

Divina ruana, herencia viva de los ancestros, un día me protegiste de la lluvia y otro, albergaste mis amores e ilusiones. Por ti, el frío de la sierra se quedó afuera, y contigo por las noches me arropó la abuela. 

¡Oh! Ruana bendita, la que acompañó la historia de todos, por ser buena amiga de liberales y godos, un día de adolescente primavera, te bautizaron alcahueta los corazones envidiosos que no te tienen, los que viven en el rancho de paja, cerca de la loma. 

¡Oh! Ruana bendita, hija del vellón de oveja negra, de la lana hilada con la rueca y el viejo huso de la Nona, en las manos hábiles de la Inocencia, la mejor de todas las hilanderas, con suma paciencia, hasta transformarla en ovillos, sin perder su primitivo olor a chivo, para luego urdir las cinco libras de su peso, en el telar de la mona Felipa en el alto del Pino, llegando al páramo. 

¡Oh! Ruana compañera del camino, cargada de espinas y abrojos, tú conoces mis alegrías y dolores, amores y sinsabores. Abrigo de mi historia, testigo mudo de aventuras en la siembra y en días de cosecha, incondicional celestina en frías noches de serenata, tibiando el corazón ofendido de la novia enamorada.

Amiga… amiga… amiga de siempre, 

es triste verte llorar traicionada, 

igual a incontenible lluvia en la madrugada.

¡Oh! Ruana bendita. 

¿Por qué lloras ahí colgada? 

¿En gancho de oficina entapetada?

Cuéntanos tus desdichas, 

mi señora tan dulcemente abrigada.

¿Acaso alguien te ha golpeado? 

¿O por el suelo arrastrado?

¿O quizás tu campesina esencia maltratada?

Cuéntanos sin temores. 

¿Quién es la causa de tus quebrantos? 

¿Quién es la causa de tus dolores? 

¿Quién ha hecho hilachas tus valores?

Seguro fue el hijo que abrigaste en la infancia,

el mismo que te trajo del rancho una madrugada,

para justificar sus ambiciones.

Así, entre lágrimas y suspiros mi Señora ruana, contó la desgracia que la había mancillado, desde la tarde que la trajeran del rancho en la vereda, a tapar con ella intereses mezquinos, de seres que un día malhadado, de corrupción se habían contagiado.

¡Oh! Dichosa prenda, siempre serás la misma, con las cuatro puntas y el mismo hueco, así, tu dueño no aprenda. ¡Oh! Ruana, sigue siendo siempre humilde y sencilla, con tu sugestivo olor a chivo, a toronjil y poleo, dijo doña Imelda, que Dios te proteja de oler a oveja descarriada, por cambiar de camada, mucho menos que se enferme de poder, avaricia o soberbia. 

 ¡Oh! Mi ruana amiga, de dolores compañía, consuelo de mis penas, protégeme del frío en la madrugada, del páramo en las heladas, que tan solo para eso fue que te hiló Chencha, en el viejo huso de la abuela.

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