El milagro – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Qhuari acostumbraba pararse en el borde del precipicio, lo había hecho infinidad de veces, al punto que ya no percibía el riesgo del vértigo, al fondo de la caída vertical, se veía el oleaje marino rompiéndose contra las rocas, parecía ofrendarse en un ritual de espuma a los pies de la imponente Sierra Nevada, el cuerpo del nativo parecía tallado por las inclemencias del tiempo, permanecía rígido, dando la impresión de ser una  saliente de la roca, se veía con la mirada y los pensamientos perdidos en el horizonte, bogando en el infinito y ondulante viaje de las olas, en tanto el sol del ocaso descendía lentamente, envuelto en algunas nubes bordadas con encajes de colores, para ir rendido a entregarse en brazos de la noche, después de  perderse en la lejanía del océano.

A espaldas del nativo crecían los primeros árboles del tupido bosque, extendiendo su verde manto hasta la cresta de las altas montañas, las que permanecían cubiertas de neblina, como si protegieran el misterioso mundo de las nieves.

Inesperadamente el musculoso cuerpo del nativo se estremeció, en el instante que percibió una misteriosa energía que provenía de la penumbra del bosque, volteándose, avanzo con prudencia hacia la tupida vegetación, allí vio por primera vez, la delicada silueta femenina, era casi imperceptible, erguida como espiga de trigo ofrendándose en cosecha, de pie al lado de un caracolí majestuoso, ella daba la impresión de iluminar la espesura del bosque con su natural belleza de ébano, mientras tanto, Qhuari seguía experimentando esa rara sensación que corría por su espalda, ocupándole todo el cuerpo.

La intensa luz plateada de la luna llena, empezó a filtrarse por entre las copas de los árboles, iluminando los cuerpos con esa magia extraña que emanan los seres, cuando encuentran su complemento, en ese momento él se abandonó en las profundidades de los inmensos ojos negros de Pagariy, luego, abrazados se acercaron al filo del acantilado, deleitándose con la caricia del viento, en comunión con la juventud exuberante de sus cuerpos, efímeros instantes  en que la brisa marina y los míticos espíritus del bosque corearon un canto melodioso al amor:

La piel se abre a la vida,

y los sentimientos brotan

en la bondad de los espíritus,

las miradas se pierden en un paraíso

donde todo es dulzura.

Así es la aurora sin ocaso

del segundo a segundo

en que dos son uno.

Así fueron devanándose las horas en el ovillo de la noche, hasta que el bullicio del amanecer desperezó la vida y la inocente brisa jugueteó con las hojas secas, por todos los rincones del bosque, en una improvisada danza de la naturaleza, a esa hora  los sueños juveniles se alentaron con el gorjeo de las aves, que escondidas entre el follaje de trupillos y ceibas, daban una alegre bienvenida al nuevo día con sus musicales trinos, mientras una familia de micos pasaba saltando entre las copas de los árboles y se perdía en la distancia llevándose la estridencia de sus chillidos.

Así pasaron muchos plenilunios en el cielo, como lluvias de invierno, en tanto la bella Pagariy y  su amado Qhuari seguían en la primavera de la vida, no había día que se perdieran de ir a disfrutar los atardeceres desde el acantilado. Hasta que la frescura de un ocaso veraniego los cubrió con el manto de un profundo sueño, en el que los dos caminaban sobre el oleaje, entonces la voz de la Pachamama y los duendes bonachones del bosque, les hablaron a través del viento con la ternura de una madre a sus hijos.

En su sueño, en pocas lunas el mar les traería en la cresta de sus olas un enorme árbol de la vida, en el tendrían madera en abundancia para construir la maloca soñada, que con el tiempo estaría rodeada de las malocas de sus hijos y nietos, era un regalo de la naturaleza, con madera dorada igual de bella y resistente a la de un caracolí amarillo, brillante como el oro y delicada como el amor de sus corazones, en medio del sueño el viento fue silenciando su voz, mientras la pareja volvía a la realidad, la luna en todo su esplendor iluminaba con una luz plateada el paisaje, cubriéndolo con el hálito de un cuento de hadas, de pronto, Pagariy empezó a dar cabriolas, lanzando gritos de alegría, mientras señalaba insistente hacia la playa que se extendía después del acantilado.

Allí, sobre la arena yacía un enorme árbol igual al del sueño, la luz de luna le arrancaba destellos por donde se mirara, en una rara mezcla de colores áureos y plateados, los dos se lanzaron por la pendiente en alocada carrera, hasta que con el corazón en la boca se arrodillaron al lado del árbol dorado, Pagariy acariciaba la superficie del tronco con inusitada ternura, agradeciendo al cielo y a la naturaleza por el regalo inesperado, con el que construirían el futuro de su familia.

Ellos recordaron que en el sueño el árbol era eterno, así le aserrarán madera todo el día, en las noches se recuperaría, eso lo confirmo la curiosidad femenina, cuando como quien no quiere la cosa, le quito una rama, y milagrosamente, en pocos minutos, el árbol la retoñó nuevamente.

*Fabio José Saavedra Corredor,

miembro de la academia boyacense de la lengua

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