El pulso de la destrucción – Juan Carlos Céspedes Acosta #DomingosDeCuentoYPoesía

El pulso de la destrucción

         Al ver Lucifer que Dios descansó al séptimo día de la creación, y así todos los domingos hasta el fin de la  eternidad, entendió que él no se tomaría ningún descanso, porque lo combatiría con el hombre, a través del corazón del hombre, y aprovecharía aún más esa jornada de sueño para incrementar la destrucción de esa obra innecesaria. Pero ni Dios ni Lucifer habían previsto que para destruirse, el hombre se bastaba a sí mismo.

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Nadie se puede esconder de la muerte

Atte.

La vida

Muerte. — ¿Para qué les avisas?

Vida. — Para que no te teman.

Muerte. — Eso no hace gran diferencia.

Vida. — La hace y mucha.

Muerte. — De todas formas serán míos.

Vida. — Pero ya no tendrás nada que quitarles, porque

todo me lo habrán entregado a mí.

Nota: 2 microtextos del libro: Muchas historias / pocas palabras II

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Lectura de los tiempos

Nunca me ha de faltar

            el lector que me levante

de la noche eterna,

que me regale, por un instante,

el mundo a mí vedado.

Nunca al poeta le será clausurada

la gran puerta de la vida y de la muerte,

            porque tiene licencia de ir y venir

de la mano de un lector;

poder que a los dos

           les concede la poesía.

Escribo con la convicción

           de que con estas palabras

recibiré el don de la lectura

de todos los tiempos.

Ahora cierro mi voz

            y duermo en espera

de esos hermanos sagrados

que la palabra me depara.

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Summertime

A Janis Joplin,

un copo de algodón mecido por el infierno

Te canto, pedacito de algodón

     acurrucado en mi seno,

donde no tengo más libertad,

pero sé que moriré por ella,

para que tú, copito de amor,

no tengas cadenas.

Nacerás libre,

porque libres son las aves,

los caballos en la pradera

      y los peces en los ríos.

Te canto, amor pequeño,

para que el nuevo hierro del amo

no infecte tu piel.

Ahora tienes hambre y lloras,

            toma de mi cuerpo

lo mejor que puedo darte

y abre tus ojitos y mira a tu madre

   y aprende de ella este canto,

para que me recuerdes siempre

cuando goces en las alas de tus sueños,

la libertad que tu papá y yo

con nuestra sangre te entregamos.

Nota: 2 poemas del libro: Función para una silla vacía

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Mi arte contra las sombras

         Un día decidí que debía ser la pared. Era la única forma que se me ocurría para pasar desapercibido y evitar los embates de las sombras que se habían apoderado del apartamento. Cuando por cualquier circunstancia tenía que moverme, me hacía casi de aire, entonces era un leve susurro que camina y me desplazaba hacia la cocina para tomar cualquier alimento que hubieran dejado olvidado: una sobra, un pedazo de algo, incluso si me tocaba hurtar lo que fuera para calmar el estruendo del hambre para que ese ruido no me delatara. Pero qué va, de alguna manera desconocida por mí, me descubrían y salía disparado en fuga, lanzándome de cabeza al hueco para esconderme de nuevo. Me quedaba quieto, como materia inerte, con los oídos aguzados para escuchar sus pasos. Mi cuerpo cimbraba muy a mi pesar, parecía la cuerda de algún instrumento, y sabía que podían escuchar el castañeo de mis dientes, así que me hacía mínimo, como una cosa muerta, escondiendo cualquier vestigio de vida, casi podía ser la pintura de las paredes, un zapato olvidado debajo de la cama, fibras de la alfombra, cualquier cosa que no tuviera que respirar, porque respirar significaba despertar a las fieras y sabía, por los pedazos de cuerpo que me faltaban, que buscaban más, que ya habían probado de mí y no se detendrían hasta desaparecerme.

         Aquella mañana desperté y descubrí horrorizado que no podía moverme, estaba petrificado por el miedo y al observar lo que quedaba de mi cuerpo, lo vi distinto, solo era un trozo de color que casi no se podía ver, tenía el mismo tono de la pintura de las paredes del apartamento. ¡Lo había logrado! Estaba mimetizado, ya las sombras no podrían verme, no me acosarían más para librarse de mi presencia, no tendría que deslizarme por cada dependencia, por cada puerta, al fin podría descansar en paz y dedicarme al inútil arte de componer rapsodias para nadie. Me había convertido en mi mejor obra de arte, un brochazo febril en la pared…

Cuento de mi libro: Contra toda evidencia, el cuento II

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