Un país donde quepamos todos en paz – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Para José Dolores cumplir un compromiso era un deber. Para él, cumplir la palabra empeñada se convertía en algo sagrado, debido a eso, entre sus amistades y familiares, cuando se referían al cumplimiento de algo pactado, habían tomado por costumbre reafirmar lo acordado con la frase, «palabra de José Dolores».

Por eso un día víspera de Navidad, antes que las campanas repicaran llamando a los fieles a misa de cinco, partió rumbo a la región de Siapora, un valle a orillas del río Chicamocha, donde se había establecido con la familia su amigo Sinivaldo. En su último encuentro, lo había oído tan entusiasmado, contando las bondades del fértil valle, lo cual lo sedujo a prometerle visita antes de la Nochebuena.

La carretera destapada se extendía por entre las montañas y los valles, hasta treparse al páramo de Guantiva, por donde avanzó siguiendo el
zigzagueante cauce de una quebrada de aguas cristalinas, que permitían ver el fondo empedrado y los bancos de truchas nadando de pozo en pozo.

A lado y lado de la quebrada se extendían extensos bosques de frailejones y colorados hasta perderse en el horizonte, la soledad y el frío del paraje solo era alterada por el vuelo de las águilas y conejos salvajes, que constantemente cruzaban la vía en veloz carrera, para ir a perderse entre los matorrales, todo contribuía a la magia de la naturaleza en medio de sus ciclos de vida.

Después de cruzar la planicie del extenso páramo, la vía iniciaba un pronunciado descenso, parecía agarrarse a las peñas de la profunda cañada por donde se desbordaba el río, saltando de cascada en cascada hasta perderse en las honduras del agreste paisaje. Mientras tanto, el abrupto terreno interrumpía el avance del camino, alejándolo del cauce del río, hasta llevarlo a un centenario bosque de robles.

El frío del páramo se había quedado atrás y las temperaturas propias del clima caliente se empezaban a sentir. Así avanzaba José Dolores, mientras el accidentado terreno se lo permitía, por una serie de mesetas que lo llevaron a un mirador, donde la cordillera daba nacimiento a una pared casi vertical, alli, el viajero descendió del vehículo y se quedó extasiado mirando la imponencia del paisaje, la caída del precipicio terminaba en el hermoso Valle de Siapora por el que serpenteaba el cauce del río, después se alcanzaba a observar como esta trepaba en la cordillera opuesta al mirador, el feraz valle lleno de cultivos y pastizales, dejaba corta la descripción hecha por su amigo Sinivaldo, realmente este era un paraíso escondido.

Entonces decidido abordó el vehículo, iniciando el descenso por la estrecha vía y pronunciada pendiente, vio las águilas planeando a su misma altura y algunos copos de nubes se veían flotando a medida que se acercaba al final del descenso, ya en el valle fue dejando atrás cultivos de cítricos, plátano, papaya y toda variedad de frutales propios del trópico, incluso los colonos habían conservado áreas de bosque nativo, al salir de una curva se encontró con una serie de casas donde algunos de ellos se habían establecido.

Sinivaldo le dio la bienvenida presentándolo con sus amigos, todo se fue dando rápidamente, en poco tiempo lo acomodaron en un sencillo pero cómodo cuarto, luego en un abrir y cerrar de ojos, estaban sentados alrededor de una mesa, que había dispuesto Griselda, la esposa de su amigo, bajo un descomunal árbol de zapote.

José Dolores saltaba de sorpresa en sorpresa, cuando vio extender sobre la mesa un mantel hecho con hojas de plátano, que la magia de las manos de Griselda fue llenando de abundante comida criolla, en el centro un pavo guisado parecía dormir con los perniles apuntando al cielo, rodeado de yuca, chonque y arracacha, cosechados temprano en la huerta casera, comida sin plásticos, conservantes ni intermediarios parásitos, que solo servían para elevar su precio, entonces dejó que su mirada se extendiera por entre los pastizales y las copas de los árboles, disfrutando las pinceladas del arco iris en flores y frutos, como si Siapora viviera una Navidad

eterna, y para completar la acuarela del paisaje, en ese momento el cielo se vió surcado por una bandada de coloridas guacamayas, efímero fue su paso, como estrellas fugaces.

La curiosa vajilla, en la que se sirvió el almuerzo, estaba hecha en madera, todo era alegría y naturaleza, así el pavo y toda la comida puesta en la mesa, fueron desapareciendo, en tanto sirvieron una bebida deliciosa, la brisa refrescaba el calor del medio día y jugaba con la copa del árbol de zapote, haciendo que una enorme fruta madura se desprendiera y aterrizará en el centro de la mesa, abriéndose como flor en primavera y brindando todos los colores del trópico, en ella se dibujó el más bello ocaso o un amanecer de diciembre, el privilegiado visitante pensó que esa fruta era tan apetitosa y jugosa, que Adán y Eva en el paraíso seguramente no habían comido manzana sino zapote.

La tarde se diluyó entre alegres chascarrillos y recuerdos, hasta que el horizonte se adornó con el ocaso y la noche convocó los espíritus alrededor de la novena, en medio del más grande pesebre, cubierto de estrellas y las luces de infinidad de luciérnagas, acompañadas por villancicos, el coro de las ranas croando en el pozo y los ladridos de perros rodando por el valle. Esa noche el compadre Lolo, como dio en llamarlo Sinivaldo, durmió como los ángeles en la hamaca guindada bajo el mango del patio.

El día en el campo no deja amanecer y el colorado lo despertó con las luces del alba lanzando su canto, parado en lo más alto del mango y cerrando su clarin mañanero con un estrepitoso sacudir de alas, para que las gallinas bajaran del gallinero y él empezar su diaria faena. El sol ya se anunciaba desplegando su abanico de luz sobre la montaña, cuando Griselda se acercó a la hamaca ofreciéndole un café cerrero y deseándole Feliz Navidad, entre sorbo y sorbo, vio venir por el camino del establo a su compadre trayendo la cantina con la leche del ordeño, presurosos los dos compadres se dirigieron a bañarse en el río donde nadaron hasta el cansancio.

A media mañana, se despidieron en el patio de la casa, iba el campero cargado de fruta fresca, sobresalía un bulto de zapotes, cuarenta docenas había dicho Sinivaldo. La sombra de los árboles ya marcaban la media mañana cuando avanzaba acercándose al acantilado, de pronto unos hombres armados con uniformes militares y botas de caucho, le ordenaron detener la marcha, con rostros de pocos amigos le hicieron destapar su tesoro y con un chiflido en clave se vio rodeado de más guerrilleros que salieron de los matorrales y le pidieron compartir los zapotes, todos comieron y el costal seguia más de medio cuando le permitieron seguir su camino, con la previa advertencia que nunca los había visto.

La pendiente hacía bramar el motor espantando las iguanas y lagartijas que a esa hora se calentaban sobre las piedras y barrancos, así superó la altura donde las águilas volaban escudriñando en busca del almuerzo, luego dejo atrás los copos de nubes y siguio subiendo hasta el mirador, donde lo detuvo una patrulla del ejército, con los que compartió la otra parte de su tesoro, para luego seguir sin contratiempos. Cuando viajaba siguiendo el cauce de la quebrada, Sinivaldo pensó en un país con la Navidad compartida, en el que cupiéramos todos con equidad y justicia.

Su tesoro de zapotes lo habían disfrutado gentes de todas las orillas, y aún alcanzó para llevarle a su familia. Esa Navidad sintió que amaba más a su país y a su familia.

¡Feliz Navidad!

Fabio José Saavedra Corredor,
miembro Academia Boyacense de la Lengua

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