Anamú, cordoncillo y caléndula – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días


Desde hacía un tiempo, Nabucodonosor había comenzado a sentir un leve ardor, acompañado de cierta dificultad cuando orinaba, especialmente en las mañanas, cuando esto sucedía, recordaba los comentarios de sus amigos de copas sobre el espinoso tema, cosa que fue disminuyendo el alegre grupo de compadres, él, por su parte,  nunca espero que esto llegara a afectarlo algún día, pensaba que todo podía suceder, menos que su esencia masculina fuera asaltada en el final del camino de su vida, ¡primero muerto que invadido!, era su lema.

Estando en estas cavilaciones recordó la noche en que su amigo Campo Elías, había compartido con él las recomendaciones de la medicina ancestral para el caso, practicadas por el Mamo de los Tunebos en la Sierra Nevada del Cocuy.


Por eso una mañana, con el rayo de sol que entraba por la ventana del baño, iluminándole el incipiente chorro, decidió emprender camino a la Sierra para ponerse en manos del viejo Mamo y sus zumos de hierbas mágicas.

La pendiente de la montaña nacía en la ribera derecha del río, extendiéndose como una gigantesca manta verde, cosida con los retazos de colores de los verdes pastizales y los cultivos de papa, que en esta época del año florecían entre visos morados y blancos, o los cebadales y trigales que acariciados por el paso de la brisa daban la sensación de enormes tapices dorados, algunos agricultores sembraban alverja y maíz haciendo más colorido el paisaje, normalmente en medio de cada retazo sobresalían los pintorescos espantapájaros, que sacudidos por el viento hacían levantar el vuelo a las bandadas de palomas, quinchas y siotes, que se regodeaban en banquetes en tierras ajenas.


En mitad de la pendiente se formaba una meseta y sobre ella había florecido, a través de los siglos, la hermosa y colonial población del Cocuy, algunas de sus calles se conservaban empedradas, con esa piedra de río redonda y lisa, tan sólida que había soportado el paso del tiempo y los cascos herrados de muchas generaciones de caballos de paso y bestias de carga, que eran el orgullo de colonizadores y colonizados.

Los tejados de barro se veían arqueados por el peso de los años, voluntariosos se resistían a colapsar, mientras sus caballetes siguieran soportados en las añejas paredes de tapia pisada, construidas con el barro amasado con gotas de sangre, arrancadas por el látigo esclavizador del invasor, o los raudales de sudor de los nativos agredidos y oprimidos.

Hoy este pueblo emergía orgulloso de su pasado, conservando viejas casonas que guardaban en sus cuartos, corredores y patios interiores, la historia de familias que fueron leyenda, igualmente, campos surcados por caminos reales, que se había ido tragando la maleza y el descuido de un estado indolente, allí la vida azotada por la distancia y las condiciones difíciles, se había encargado de forjar un ser humano resiliente ante la adversidad, valiente y fuerte, orgulloso de su origen y pleno de amor por los suyos y sus raíces, aportante en la historia regional y nacional, de hijos ilustres que lideraron en su momento los destinos del país, con el temple y sabiduría propia de sus ancestros y los principios de sus familias.


Este fue el paisaje natural que encontró Nabucodonosor, el adolorido peregrino de la vida, la tarde que asomó en su vehículo por la curva de la Virgen, en tanto vio emerger en la distancia, entre rodales de hermosos sauces y encenillos, las primeras calles y casas del Cocuy, desde el primer momento que alcanzó las primeras viviendas, empezó a percibir el aroma de las flores que se descolgaban alegres en los balcones coloniales ,

Lentamente, avanzó por la calle principal, vio los lugareños caminar presurosos, dirigiéndose a sus faenas del campo, enfundados en la infaltable ruana, protectora del frío y las lluvias frecuentes. Sintió la delicia de los recuerdos cuando bordeo el viejo pino ciprés, testigo mudo del paso del tiempo y de varias generaciones de familias, entonces enrumbó el viejo jeep por la calle del molino, para buscar la carretera, que por la vereda El Mortiñal, lo llevaría a su destino final en el Alto de la Cueva. El sol empezaba a ascender sobre las montañas, cuando divisó en el horizonte su destino, la casona de su amigo Eudoro Carreño, allí esperaba encontrar al anciano curandero de la tribu y la solución a su problema.


El canto de las mirlas en el cerezo en cosecha y el silbido de las ráfagas heladas del viento, fueron testigos del abrazo fraterno en el que se fundieron los dos amigos, en el filo donde se podía admirar el casquete de nieve en toda su imponente belleza.


Esa noche el cielo se veía despejado, titilante de estrellas, como rindiendo tributo a la resplandeciente luna llena, la noche se llenó de aullidos de perros, rodando entre los cerros y cañadas, anunciando la presencia por el sendero de Lagunillas, del viejo sabio que poco a poco arrastraba sus pasos rumbo al Alto de la Cueva.

Eudoro, que ya presentía la cercanía del visitante, atizó el fuego en el fogón de las tres piedras, para que el agua de hierbas hirviera en la olla de barro, en ese momento la silueta del Mamo se dibujó en el marco de la puerta, con los reflejos rojizos y naranja de las llamas que chisporroteaban entre las piedras, mientras los dos amigos abrían espacio en la vetusta banca de madera, para que el visitante se acomodará a descansar y calentar las entumidas piernas.

Apuraron en pocillos de peltre el agua aromática que zapateaba en la olla de barro, la que el anfitrión reforzó con un pringue de chirrinche, una bebida destilada de contrabando en el páramo.


En medio de los reflejos de las llamas, la conversación se hizo cada vez más alegre, en tanto que el curandero leía el fuego reflejado en las pupilas del visitante enfermo, de pronto se puso de pie, mientras apuraba otro trago se acercó a la puerta y perdió la mirada entre las estrellas, dejando que su voz hablara, como si se dirigiera a la noche, y dijo sin detenerse, «tanto conocimiento de nuestros abuelos, que se lo robaron las grandes farmacéuticas, para luego vendernos a precios usureros, inyecciones y pastillas en las boticas».

Hablaba con voz profunda, como si se quejara con el universo, luego quedó perdido en un largo silencio, hasta que entregó sus sabias recomendaciones, «debe tomar durante nueve mañanas, en ayunas, un pocillo chocolatero de tres hierbas en infusión, anamú, cordoncillo y caléndula, así desaparecerá el ardor, volverá a tener el chorro fuerte y posible amor de viejo», luego volvió a perderse en sí mismo, como si nosotros no existiéramos, así permaneció hasta que los búhos revolotearon alrededor de la casa, y de la misma manera como llegó, se fue perdiendo entre la neblina que empezaba a caer en la madrugada, mientras Eudoro poniendo su mano en mi brazo, detuvo mi intento por seguirlo, y poniéndose el dedo sobre los labios, me pidió silencio, según él, el Mamo había entrado en trance.


Al día siguiente, tomé el camino de regreso, les confieso con el corazón en la mano, que eso sucedió hace casi tres décadas, y sigo tomando la infusión de las tres hierbas durante nueve días, cada tres meses como mandó el viejo, y el chorro sigue siendo fuerte, bendita medicina de mis ancestros.

Fabio José Saavedra Corredor,

miembro Academia Boyacense de la Lengua