La envidia tiene su libro, y lo escribió un colombiano

Es una novela ambiciosa y rotunda que retrata el peor vicio de la Bogotá de hoy y de siempre: la envidia.  

‘El libro de la envidia’, de la Colombia del siglo XIX. Foto: archivo particular
‘El libro de la envidia’, de la Colombia del siglo XIX. Foto: archivo particular

La muerte del poeta bogotano José Asunción Silva inspiró al escritor colombiano Ricardo Silva Romero a escribir la novela ‘El libro de la envidia’, de la Colombia del siglo XIX.

Esta es una obra ambiciosa y rotunda que retrata el peor vicio de la Bogotá de hoy y de siempre: la envidia. Para hacerlo, el autor se vale de la crónica de un día.

El 31 de agosto de 1896, tres meses después de la muerte de José Asunción Silva, el ‘Loco Cacanegra’, un popular personaje de las calles de la ciudad, decide ir a demostrarles a todos los indiferentes bogotanos la verdad que ha cargado durante tantos días.

El poeta no se suicidó sino que lo mataron, y él fue testigo del infame asesinato. Acompañado de su amiga prostituta la ‘Virreyna’ y consciente de que todo está en su contra, este personaje único y valiente se empeña en que este día por fin salga a la luz la verdad. 

El también escritor Felipe Martínez Pinzón reseña así la novela de Ricardo Silva Romero:

Bajo la forma de un grafiti o de una estatua, con bastón, sombrero bombín y libro en la mano, hace décadas José Asunción Silva aparece intermitentemente por el centro de Bogotá. Exhibe un corazón vacío, el lugar donde dice la leyenda que se disparó la noche del 24 de mayo de 1896.

En 528 páginas, el narrador desgrana, en un solo día, los vicios de una sociedad acomplejada de sí misma, a pesar de contar con una rica historia, una historia que el libro mismo se encarga de recordarnos a cada paso.​

Baldomero Sanín Cano, Fernando Vallejo y Ricardo Cano Gaviria, entre otros, han construido su mejor literatura sobre ese vacío que dejó la muerte de nuestro mejor poeta.

Tras ese espectro y tras la historia que le dio lugar también se ha lanzado el escritor bogotano Ricardo Silva Romero con su novela ‘El libro de la envidia’. Tal como Enrique Santos Molano con su enciclopédica obra ‘José Asunción Silva, el corazón del poeta’ (1996), Silva Romero se decanta por la tesis de que el poeta no se suicidó, sino que fue asesinado en sórdidas circunstancias.

Más atractiva que el suicidio, pero menos demostrable, la narrativa del crimen de Silva Romero se resuelve en un ambicioso texto que es un juicio demoledor acerca de la Regeneración de Núñez y Caro, una novela de detectives aureolada de elementos góticos, y un homenaje a la literatura colombiana del siglo XIX.

Pese a que buena parte del siglo XIX colombiano fue dominado por los liberales, fueron los conservadores quienes ganaron el pulso final de nuestro primer siglo republicano.

Ricardo Silva Romero, autor de ‘El libro de la envidia’. Foto: archivo particular
Ricardo Silva Romero, autor de ‘El libro de la envidia’. Foto: archivo particular

Después de las fantasías cosmopolitas de los liberales, de sus fallidos intentos de laicización, de sus sueños de riqueza agroexportadora, Colombia llegaría al atardecer del siglo antepasado bajo la égida de la Constitución de 1886, centralista, católica e hispanizante.

La Bogotá de ‘El libro de la envidia’, la del 31 de agosto de 1896, día en que transcurre la novela, es un villorrio de calles estrechas e insalubres, nido de la especulación monetaria y de la persecución política.

Con su retrato de la ciudad, Silva Romero desnuda la aséptica imagen, todavía corriente en los manuales escolares, de la ‘Atenas suramericana’, la civilizada arcadia donde se traducía del latín y se hablaba con castellana perfección.

Tanto Miguel Cané como Pierre d’Espagnat, viajeros de paso por Colombia a fines de siglo, contribuyeron a cultivar la imagen de Bogotá como un a encomiable anomalía, una continuación de Europa en la salvaje América tropical.

Para Cané Bogotá es un oasis: “Colombia se ha refugiado en las alturas, huyendo de la penosa vida de las costas, indemnizándose, por una cultura incomparable, de la falta completa de progresos materiales”.

Para d’Espagnat, la capital es el único lugar donde vive la civilización en Colombia: “En este país dos horas de subida le llevan a uno a Europa y dos horas de bajada lo sumen a uno en plena temperatura sahárica; entre ambas se está en Niza o en Argelia”.

Pero hay una tercera visión de la Bogotá de la Regeneración que es imposible no tener en mente cuando se lee la novela de Silva Romero.

Treinta años después de publicar ‘La miseria en Bogotá’ (1867), Miguel Samper se pregunta por los cambios que ha sufrido la ciudad en ‘Retrospecto’ (1896), texto del mismo año de la muerte de Silva y de los hechos que narra ‘El libro de la envidia’, y concluye que Bogotá, a pesar de haberse enriquecido durante esos años, está viciada por los lujos excesivos de una clase propietaria que malgasta el dinero en especulaciones cambiarias, es adicta a los eventos sociales y está desentendida de la inversión pública.

La Bogotá de Silva Romero no es un oasis de civilización ni es tampoco la Babilonia de la riqueza dilapidada. Es una ciudad pobre, provinciana e intrigante, acosada por el yugo represivo de la policía conservadora. Una ciudad que va desde los arrabales hasta el barrio de la Catedral, de finos interiores y vitrinas, pero también de chicherías y prostíbulos.

Esta Bogotá de Silva Romero abreva su energía literaria de una particularidad. Los dos personajes que investigan la muerte de J.A. Silva son un loco al borde de la indigencia, liberal, bien leído, apodado el ‘Loco Cacanegra’, y una prostituta llamada la ‘Virreyna’, también liberal y desplazada de su pueblo por la violencia.

Ambos forman una dupla carnavalesca de otras duplas de detectives del XIX (siendo la más famosa Holmes y Watson), que nos permite poner en tela de juicio las formas en que hemos pensado, por una parte, la Bogotá de 1896 y, por otra, las imágenes que tenemos de los intelectuales conservadores o liberales de entonces.

Como buena novela de detectives, ‘El libro de la envidia’ nos muestra al ‘Loco Cacanegra’ como un cartógrafo (Jameson) que nos lleva a conocer la totalidad de una ciudad atravesada por conflictos de clase, raza y filiación política.

También en el ‘Loco Cacanegra’ podemos leer las paradojas del pensamiento liberal de la época. Hijo ilegítimo de un letrado, letrado él mismo, cargado con un rosario, el ‘Loco Cacanegra’ no es menos contradictorio que sus correligionarios.

Tendemos a pensar que los liberales del XIX estaban curados tanto del espanto del catolicismo como de la fetichización de la letra. Esto es falso. Basta con recordar que el general Uribe Uribe escribió una gramática y que José María Samper, gólgota como el que más, se convirtió al catolicismo para militar luego como intelectual del nuñismo.

No nos debe extrañar entonces que un loco sea al mismo tiempo un detective. La locura del ‘Loco Cacanegra’, como la de otros locos egregios de la literatura (el Quijote, Hamlet, el príncipe Mishkin, etc.), no es simple sinrazón; es la forma de contar la lúcida historia de los perdedores.

Habitado por voces del presente y del pasado, pero con una misión fija (descubrir a los asesinos de Silva) dentro del ‘Loco Cacanegra’ vive como un río todo el siglo XIX colombiano. El personaje tiene constantes flashbacks que habitan su presente, y en los que nos hace partícipes, por ejemplo, de su papel como soldado liberal en la contrarrevolución que derrotó a Melo en 1854, hasta recuerdos más recientes de la fracasada insurrección de los liberales contra los conservadores en 1895, y que hacen de él el cuerpo de la historia del liberalismo derrotado en 1896.

La lucidez del protagonista no solo está en la dignidad con la que lleva su derrota. Hombre desclasado, pobre y viudo, el ‘Loco Cacanegra’ es el único (con la ‘Virreyna’) que no sufre del mal que carcome a la Bogotá empobrecida e inflacionaria de fin de siglo: la envidia.

No querer ser otro más que sí mismo, le permite al ‘Loco Cacanegra’ ver a los otros como lo que son. Esa es su lucidez. De ahí obtiene su energía de detective. Con ella también contagia al narrador de la novela, una voz tan abundante, excéntrica y terca como la del propio personaje.