Envidia – Fabio Saavedra

¡Dios me proteja!

De los seres incapaces

que andan merodeando

con la mirada rabiosa

y la pupila dilatada

sin hacer bien nada,

viendo a todos como carnada,

aunque tengan la boca llena

de comer a diario prójimo,

con la filosofía de la hiena

y la mirada perdida,

así van por la vida,

igual a toros de lidia

cuando salen al ruedo

con los belfos babeantes

chorreando envidia,

preguntándose sin respuesta

¿Qué será que no puedo?

¿Si hago todo el esfuerzo?

Y lo único que me queda

es un dolor intenso

de ver triunfar a los demás,

gastando energías

en avemarías ajenas,

sumergidos en la angustia

de seres incapaces

para generar y producir,

mirando siempre al acecho

como aves de rapiña

habidos de honor ajeno

para vivir disfrutando

bocados suculentos

en banquetes de saprófagos,

así se alimentan del caído

con la avidez del hambriento

y los ojos desviados,

están por todos lados

con el alma enferma

y el corazón envenenado;

subsisten si es necesario,

comiéndose al pariente,

y si el éxito es ajeno,

inician un calvario

andando en contravía

y muriendo a pedazos,

porque no logran hacer de su vida

sino un montón de fracasos.

Siempre han tenido por norma

protegerse en el árbol fuerte,

para luego hacer leña

cuando está débil o está caído,

amigos de los cortejos

en desfiles fúnebres

para alimentar su ego

con el dolor ajeno,

han convertido la sonrisa

sincera y abierta

en una mueca fría y rígida

como cadáveres congelados

por el frío de la muerte en vida.

Por: Fabio José Saavedra Corredor