Fiesta de Brujas – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Ese día, muy temprano en la mañana, el inquieto duendecillo se le volvió a escabullir a su mamá duende; aprovechó que ella llegó extenuada en la madrugada después de varias noches de jolgorio, y cuando entró al panteón, se le olvidó asegurar el enorme portalón de acero forjado, que el milenario herrero Vulcano había fundido en sus años mozos, sumergido en la lava del Vesubio en los tiempos de upa.

Siempre sucedía la misma vaina todos los 31 de octubre, desde las épocas en que hablaban las enjalmas, por esas calendas se reunían todos los espíritus habidos y por haber, desde los confines del Orinoco a la Cochinchina. En esas noches aparecían brujas de todos los pelambres, fantasmas de mil colores, gnomos de bosques y quebradas, espantos paridos en cualquier ‘tuste’ calenturiento, con decirles que por esos andurriales se atisbaban hasta las almitas en pena, como si mi Diosito les diera sus asuetos para que se echarán una canita al aire.

Esas parrandas se convertían en bacanales y orgías, a las que se entregaban todos y todas corriendo y volando por los despeñaderos del Mandingas; se revolcaban por cuanta hendija encontraban entre los peñascos y cavernas de la Serranía de las Ánimas, con unos chillidos que helaban la sangre y calaban los huesos hasta los mesmos tuétanos. El viento silbaba por entre las peñas, cargándose la hedentina a mortecino y carranga por entre los charrascales y enterraderos en los pantanos.

Por su parte los paisanos que habitaban el páramo, ‘jondiaban’ pata por esos andurriales de mi Dios, atisbando para llegar pronto al rancho, y trancar la puerta con la cruz de laurel bendito y conjurado con la oración de San Benito; luego se acurrucaban en la cocina en torno al fogón de leña a desgranar rosario tras rosario, implorándole a su Amo Bendito que los protegiera de los malos espíritus y de todo peligro, hasta le quemaban entre los tizones la Santa Cruz, tejida con ramo en la última Semana Santa, del susto tan berraco que les injundía la chillazón.

Se les ponía la carne de gallina y los guambiticos se miaban en los calzones, algunas viejas se habían llegado a tragar los credos que habían anudado con los hilos de las hojas de palma, para luego tentarlas con el Santo Sepulcro el Sábado Santo. Eso los chinos se arrunchaban contra los nonos, como costalado de turmas, tiritando igual a siotes pichones en mero invierno, o espartos sacudidos por la ventisca.

Así era la joda de berraca todos los 31 de octubre en el páramo, por eso después de tanta jodentina, revoloteando por entre desfiladeros y farallones inaccesibles para los mortales, regresó esa madrugada la mamá fantasma, más jincha que tonel de vino en vendimia, jarta de chirrinche, entre tumbo y tumbo, arrastrando las quimbas, traía el ‘tuste’ dándole vueltas, ni qué el remolino del río donde se ahogó una tarde el chino menor de misiá Blasina. Por eso le sucedió lo que le sucedió, por llegar jincha dejó la puerta abierta y el fantasmita menor, que no perdía oportunidad, le valieron paticas pa’ fuera y se le volvió a escapar.

Un rayo de sol del mediodía que se colaba por entre una hendija del panteón, la despertó con el guayabo del siglo, la cabeza le sonaba igual a un calabazo, le zumbaba como si la hubiera metido entre un zurrón de avispas; quería votar las tripas de una sola  bocanada y cuando llamó al fantasmita pa’ que le arrimara una limonada, lo echó de menos y ahí si fue la de Troya, voló azotándose contra las paredes, el techo y el suelo del panteón.

Desde entonces no se sabía si aullaba o berreaba como ternera huérfana, deambulando sin rumbo por entre las cañadas y quebradas de la sierra, así, hasta que pagara su penitencia completica, buscando al hijo perdido durante los siglos de los siglos, y a quejarse al mono de la pila, o como decía mi prima Ofelina, a la que le cargó su paquete chileno el policía del pueblo en las fiestas patronales, “eso sumerced señor juez, primero fue un gustazo y después un sustazo patua’la vida”.

Por: Fabio José Saavedra Corredor,
Miembro Academia Boyacense de la Lengua.