La mujer de la carretera – Aura Encinales Ardila #DomingosDeCuentoYPoesía

La razón para que Guillermo Olarte y su familia viajaran ese año a Ciudad de México con el fin de pasar la fiesta que celebra “El Grito de Independencia”, tuvo más que ver con antojos culinarios que con su espíritu patriótico.

Desde hacía un tiempo habían hecho una buena amistad con Alejandra, una mujer inteligente, cálida y servicial; había nacido en Puebla, pero llevaba un tiempo viviendo en Cuernavaca mientras hacía sus estudios de doctorado en la UAEM. Ella les hablaba con frecuencia acerca de cómo su familia se había comprometido implícitamente, por convicción, en mantener vivas las costumbres de sus ancestros. Y claro, en primer lugar, estaban las que tenían que ver con la comida. Pero no se conformaban con transmitirse las recetas y las recomendaciones para lograr ese toque particular que con el paso de los años habían conseguido, y por lo cual ya eran reconocidos, sino que también, en ocasiones especiales, toda la familia que vivía dispersa en varios estados procuraba reunirse, algunas veces en la casa paterna de Puebla y otras en las de los hermanos en Ciudad de México, haciendo de esos reencuentros una especie de ritual propio.

Donde fuera que se convocaran, la planeación se hacía con varias semanas de anticipación, y empezaba con un sondeo hecho por su madre para escoger, de un listado de platos que incluía los chiles en nogada, los tamales de cerdo, el manchamanteles, el pozole blanco y el pollo o el guajolote con mole. Tampoco faltaban los dulces para complacer a los niños: de camote, turrones y borrachitos. Todas las mujeres estrenaban para la ocasión huipiles bordados con esmero por ellas mismas; otro tanto había hecho con los manteles y servilletas, y para dar el toque final, decoraban desde la entrada con banderines de papel cortado en vistosos colores. Por supuesto que cuando Alejandra les propuso que la acompañaran a Ciudad de México a pasar el día de la Independencia, a Guillermo, los hijos y la esposa se les hizo agua la boca y no se hicieron rogar.

El encuentro se dio en la casa de la hermana mayor de Alejandra. Era una construcción amplia y cómoda que sin dificultad albergó ese día a unas veinticinco personas; tenía una terraza y un enorme jardín al frente y en el patio de atrás algunos frutales y un horno de barro. El encuentro superó las expectativas. Fue un derroche generoso de sabor mexicano que solo expresaba autenticidad y buen gusto, sin empalagar ni parecer forzado. Como la esposa de Guillermo debía hacer algunas diligencias al día siguiente en la ciudad y los niños querían acompañarla, decidieron que solamente él y Alejandra regresarían esa noche a Cuernavaca.

Pensando en eludir el tráfico de la autopista pues mucha gente había viajado ese jueves, Guillermo resolvió tomar la carretera libre que por esos días era poco transitada y menos aún cuando ya eran pasadas las once de la noche. Esa vía siempre le había gustado por la vegetación que la acompaña, y hasta por el trazado, que a la mayoría de los viajeros le resultaba algo chocante y peligrosa por el gran número de curvas. Guillermo disfrutaba conversar con Alejandra pues siempre mostraba interés por todos los temas y nunca tenía expresiones prepotentes o descalificadoras. Así que sin duda sería la mejor compañía para hacer que el trayecto resultara entretenido.

Llevaban una media hora de viaje cuando el cielo que no dejaba ver una estrella, empezó a iluminarse con relámpagos. Pronosticaron que no demoraría en caer un fuerte aguacero, pero sin darle mayor importancia continuaron enfrascados en el recuento de la fiesta familiar. Se limitaron a subir los vidrios de la camioneta pues lo que hasta hacía un momento era una brisa refrescante se había convertido en ráfagas que hacían doblar las ramas de los árboles que bordeaban la carretera. De pronto, a un lado del camino, justo antes de una curva, Guillermo alcanzó a ver a una mujer que le pareció muy mayor, a la que el viento movía el cabello y la falda. La luz de un relámpago le permitió precisar mejor la imagen. Sin dejar de hablar con Alejandra, se preguntó por un segundo cual pudiera ser la gran necesidad que la había sacado de su casa a esas horas a pedir que alguna persona compasiva la recogiera. Sin embargo, no se detuvo, pues bastante osadía significaba haber tomado esa ruta de noche. Ya había perdido la cuenta de los dolores de cabeza que le había traído su buen corazón.

Dio la curva con sentimiento de culpa, miró por el espejo y sin más, sus ojos se encontraron con los de la mujer, sentada en el asiento trasero con su cabello blanco aún moviéndose con el viento. El pie de Guillermo tembló en el pedal y sus manos se aferraron al volante. Miró a la carretera que tenía al frente, y luego de nuevo al espejo, pero ya no la encontró. “Qué jugadas me está haciendo mi imaginación” pensó algo avergonzado, pero sin recobrar por completo el control, por lo que estaba tentado a detenerse bajo cualquier pretexto.

     –No te preocupes Guillermo, yo también la vi –dijo Alejandra apretando con su mano helada la mano de Guillermo –, ¿y sabes qué? lo mejor será que no te detengas.


Biografía:

Mi nombre es Aura Encinales Ardila. Tengo sesenta y ocho años y desde hace cinco vivo en Fusagasugá. Leo y narro desde siempre. Las dos cosas hacen parte de lo que es imprescindible en mi vida. Me acerqué a Historias en yo mayor en el 2017 a través del concurso para personas mayores que la Fundación Farenheit 451 organizaba en esa época. Uno de mis relatos fue escogido para ser publicado ese año (Historias en yo mayor 5) y lo mismo ocurrió al año siguiente (Historias en yo mayor 6). En 2020 también logré una publicación en el libro virtual que llamaron «Heptamerón, memorias de una cuarentena creativa». En este momento hago parte de su comunidad virtual y del grupo de profesores que tienen a cargo la Escuela virtual. Este relato hace parte de un compendio que trabajé a partir de historias recogidas por mí en un viaje a México.


Los escritores interesados en participar en este espacio dominical, deben enviar sus trabajos a nombre del escritor, Fabio José Saavedra Corredor, al correo: cuentopoesiaboyaca@gmail.com.

La extensión del trabajo no debe exceder una cuartilla en fuente Arial 12. El tema es libre y se debe incluir adicionalmente una biografía básica (un párrafo) del autor.

Los criterios de selección estarán basados en la creatividad e innovación temática, el valor literario, redacción y manejo del lenguaje y aporte de este a la cultural regional.

Todos los domingos serán de Cuento y poesía, porque siempre hay algo que contar.

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