Mágicos Versos – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Este es un extraño suceso, que por extraño no deja de ser cierto, acaecido en un paradisíaco rincón del trópico, allí se presentó una ola sofocante de calor que parecía quemar a los seres por fuera y por dentro induciéndolos en un pesado sueño, todo empezó en el corazón del pueblo, en el enorme aljibe que nace al pie del mágico bosque de Robles y Maples, en el que vivía un duende travieso, que había provocado el extraño fenómeno.

Desde hacía más de un siglo no se vivía un enero tan caluroso, los días parecían derretirse en el horno del tiempo, y las horas se desgranaban en la desesperante lentitud del caluroso verano, esa tarde en las copas de los árboles no se movía ni una sola hoja, la vida aprovechaba para refrescarse bajo la sombra de las palmas datileras, la brisa se había quedado como dormida entre los resquicios y hendijas de las ventanas y puertas, mientras tanto el calor se hacía cada vez más insoportable, las aves difícilmente lograban llegar a sus nidos con el último aleteo del día, y la tarde caía con cada segundo envuelto en la modorra del incontenible sueño, igual a los pasos cansados de los pocos ancianos del pueblo, quienes normalmente en los atardeceres se dedicaban a mecerse en las hamacas colgadas bajo los almendros, mientras compartían alegres sus memorias.

Extrañamente, hasta las chicharras callaron ese día su amoroso llamado invitando a sus parejas al apareamiento. Frente al cuartel de policía, se veía un guardia tratando de encender un tabaco para entretener la monotonía y calmar el sofoco.

En el enorme reloj de la torre de la iglesia, el tiempo parecía querer detenerse, cuando su tic-tac se oyó avanzar a media marcha, mientras tanto el sol se resistía a perderse esa tarde por la línea del horizonte, y el cura parado en el atrio de la iglesia, con un megáfono invitaba a orar a los feligreses, en ese momento el canto del agua en la Periquera apagó sus alegres notas, las mariposas detuvieron el vuelo y las laboriosas arañas hicieron un alto en el eterno tejido de sus redes, permaneciendo suspendidas observando con los ojos entrecerrados el devenir de los acontecimientos. 


Inesperadamente, se vieron salir de la tienda de Don Crispín dos pequeños párvulos, qué regresaban a su casa entre paso y paso, trayendo los bizcochos y el queso para acompañar el espumoso chocolate de las comadres del pueblo, que se dedicarían entre sorbo y sorbo a despellejar conciencias ajenas en la casa de Doña Inocencia.


El ocaso más hermoso en la historia del pueblo, empezó a dibujarse en el horizonte sobre el cerro de Las Ánimas, cuando por el sendero de la laguna se vio aparecer la jovial figura de Adeizagá La Poeta, venía como siempre declamando sus sentidos versos, lucía sus mejores galas, sencillez y sobriedad en el vestir, sin dejar la elegancia, un tradicional sombrero blanco tejido en jipijapa, cubría su cabeza y por debajo dejaba desbordar como una cascada, el cabello plateado por el paso inevitable de los años, su voz suave como la caricia de la brisa, traía magia envuelta en su palabra, cada verso, cada estrofa llevaban la sabiduría de los años, con ellas  fue sacando, poco a poco, a todos del raro letargo, en el que los había sumergido ese día el duende del Jupal, el que se aparecía entre los helechos Ahuacos en los días calurosos de verano. 


La Poeta avanzaba declamando sus bellos poemas, seguida de cerca por los alegres chiquillos del pueblo, los colores encendidos del atardecer parecían destellar en la figura de Adeizagá a medida que avanzaba, las aves dormidas por el encanto del inquieto duendecillo, despertaron y lanzaron al aire sus melodiosos cantos y trinos, acompañando los versos ancestrales de la encantadora dama, las arañas volvieron a la urdimbre de sus redes y las hormigas a sus hormigueros, las abejas, que en su quietud alcanzaron a pensar que todas se habían vuelto zánganos, zumbaron toda la noche tratando de recuperar el tiempo perdido en el sueño del encanto, mientras la sabiduría de los versos, llevó paz y tranquilidad a la gente buena del pueblo.

Desde entonces, en la voz de los abuelos, se fue tejiendo la leyenda de la Poeta Adeizagá, la que deshizo el hechizo del sueño, el día que dio vida a sus versos, convirtiéndolos en coloridas mariposas y pétalos de rosas, cuentan los viejos más viejos, después de echarse la Santa Cruz tres veces, que esto sucedió desde Moniquirá, la dulce tierra de la guayaba, hasta el mítico Iguaque, y desde el fértil valle de Arcabuco, hasta el Pozo de la Vieja.

*Por: Fabio José Saavedra Corredor,

Miembro de la Academia Boyacense de la Historia