Gustavo Torres Herrera, poeta de la llanura – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

La hermosa luna roja asomó exuberante en el horizonte infinito de la llanura, se veía ascender por entre dos enormes palmeras de moriche, que se perfilaban en la otra orilla del río Cravo, abanicándose entre sí con el paso incansable de la brisa, imprimiéndole su magia al paisaje llanero, lugar donde nacieron la Bola de Fuego, la Patasola, el Silbón, o la Sayona y muchas otras leyendas que alimentaron los miedos y delicias infantiles, casi siempre alrededor de un fogón atizado por la cocinera. 

La luna empezó a subir en el cielo, envuelta en un tenue velo rojo y celebrada por infinidad de titilantes estrellas, mientras los hombres se dirigían a la orilla del río, para embarcarse en la canoa y partir ilusionados a la expectante noche de pesca, en tanto, la luna seguía ascendiendo, con su reflejo mirándose en las aguas del estero o corriendo como potro desbocado en las aguas de los raudales, reverberando en las aguas dormidas de los meandros del caudaloso río, incluso inquietando con sus destellos al caimán que impasible acechaba a su futura presa.

De pronto, se escuchó emerger del corazón de la luna roja una queja convertida casi en lamento, pidiéndole al Creador le diera poder para construir sus propias historias, después de haber sido testigo de tantas noches de pesca con buena cosecha, de tantos amores que crecieron bajo el celestino amparo de su manto amoroso, también como acompañante silenciosa y fiel de la lucha del llanero por la supervivencia y la libertad. 

Entonces, el Señor de todos los tiempos, conmovido y sin esperar un momento, le envió a Gustavo, el Poeta, para que tejiera y contara las historias de los amores entre el llano y la luna roja. A partir de ese día, la infatigable pluma del amigo de las letras, empezó a urdir sus historias con versos y poemas, con verdades de vaqueros en encierros o interminables sabanas cubiertas con pastizales, que se desbordaban en las cataratas del horizonte entre caños y esteros.

Como la primera vez que fue a esa noche de pesca, cuando aprendió a lanzar la atarraya con la destreza de un baquiano, noche de embrujo que se llevó el tiempo sin darse cuenta en un suspiro, el amanecer los cobijó con la canoa llena de agujitos, doncellas, corvinatas y amarillos, con los primeros rayos del sol vio las toninas saludando el día con su mágica danza. Entonces, Gustavo el Poeta, percibió su vida plena de felicidad y naturaleza, cuando vio la luna llena colgada en el cielo, sin su manto rojo y pensó que la vida en el llano era una bendición, sin tanto perendengue de las ciudades, y sin tener que abrir la ducha, esa madrugada nadó sin miedo entre los reflejos del sol naciente en los ojos del caimán al acecho.

Sintió sin temor el aleteo de la mantaraya rozando su cuerpo, así era la vida en el llano, hasta convivir con el peligro y los riesgos hacía parte de su belleza, sabiendo que la vida es más grata sintiendo el agua, el viento y las tormentas o durmiendo en una hamaca guindada en los troncos de dos palmeras mecidas por el viento, iniciando el día con un sabroso café cerrero, tostado en el caldero de cobre y molido en el hato con el viejo molino Corona. Esa noche el Poeta de la Palabra de Seda, como dio en llamarlo el escritor Gilberto Ávila Monguí, cerrando los ojos agradeció al Creador y a la luna por escogerlo para hacer esa tarea de ensueño.

Hoy, para definir a Gustavo Torres Herrera, podemos tomar sus propias palabras, «soy un océano de creaciones literarias donde confluye poesía que transporta, cuentos que enseñan, ensayos que exploran razones de nuestra idiosincrasia y novelas que cuestionan. Una vocación literaria donde el sentimiento es hecho palabra».

Esta es la verdad de su obra, vista desde su interioridad, reflejada en su fluida prosa y en las enseñanzas guardadas en cada uno de sus versos, en su obra se lee la humildad del Maestro que ha aprendido y sembrado en los surcos de la vida, construyendo sabiduría en el rigor del día a día, por eso la sencillez de sus mensajes llegan tanto al niño que crece y aprende y

conmueven al viejo en su sabiduría y el atardecer de sus años.

Fabio José Saavedra Corredor, 

Miembro de la Academia Boyacense de la Lengua