«Canta el pueblo porque tiene muchas cosas que cantar»… – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

-Crónica del Carranguero Mayor-

Cada 6 de octubre cumple un año más de vida el campesino boyacense nacido en la tierra de los olleros, un pintoresco municipio llamado Ráquira habitado en la época prehispánica por los Muiscas cuyo nombre se deriva de la vocación de sus habitantes en la fabricación de utensilios de barro. 

Así como los nacidos en esta pródiga heredad han amasado por décadas el barro, la criatura, hijo de doña Emma y don Jorge, el sexto de siete hermanos, aprendió desde pequeño a untarse las manos, pero no con lo ajeno sino con la arcilla de colores nacida en la entraña de su tierra raquireña, y a buscar en el monte la caña brava para construir los capadores de donde muy pronto arrancaba sonidos maternales.  

Jorge Luis Velosa Ruiz alumbró a la vida el 6 de octubre de 1949 y como “un toche en libertad” anduvo por los caminos pedregosos, las quebradas cristalinas y su amada laguna de Fúquene, apaciguando las calurosas mañanas con el cuncho de guarapo, la compañía de maticas de azucenas, jazmines, pompones, lirios y astromelias que luego recrearía en sus aplaudidos versos. 

En la finca de sus padres, Jorge Luis pasaba las tardes alternando las labores del campo con la música autóctona que salía sin mayores pretensiones del rasgar de tiples y el trino agudo de los requintos interpretados por los jornaleros después de la labranza. 

No había circo que llegara al pueblo que no fuera visitado por el inquieto mancebo de mirada expectante, quien disfrutaba de cada función tal vez presagiando la gran escena que tenía preparada para él la divina providencia.  

Como “nace el sol en candelaria y se oculta por la laguna”, Jorge Luis Velosa Ruiz nació para alumbrar la identidad a punta de rimas, retahílas, poesía y adivinanzas, pues esa fue la mayor herencia de sus padres y abuelos de quienes aprendió el coplerio y las frases cargadas de sabiduría donde se atisban las verdades de la vida. 

En sus años mozos Velosa tradujo los amoríos de vivencias lugareñas en canciones que sin saberlo le darían a conocer en el mundo entero, como la Julia donde describió el romance de un chofer de camión de Capellanía con la bella doncella de la tienda de trenzas coquetonas y mejillas rojizas reventadas por el viento. 

Al igual que “La china que yo tenía» una ordeñadora de amaneceres que dejó a su amor solo con su pesar para vender claveles en la ciudad, Velosa «se fue pa’ la capital» a estudiar primero el bachillerato y luego a la Universidad Nacional en donde abandonó el derecho y se graduó como médico veterinario, porque al parecer tenía varias deudas con los animalitos de la estancia a quienes había prometido curarles sus dolencias. 

Cafés, calles y teatros de la antigua Bogotá fueron su refugio y entre película y película y uno que otro chico de billar, Velosa construyó un anecdotario inmenso que de alguna manera pedía a gritos fuera desatorado con su estilo rural en su garganta.  

A pesar de haber terminado sus estudios, darle gusto a su padre, ostentar el título de médico veterinario y hacer una especialización en México, fue más fuerte el amor por los sonidos del ancestro, las influencias de los movimientos sociales de los años 60 y el inconformismo juvenil de la época que Velosa se convirtió en un caminante de protestas, hacedor de versos con tinte revolucionario resumidos en su «Lora proletaria» con la que pretendía despertar conciencias y que, para fortuna del folclor, estallaron luego en una reclamación carranguera.

Con ruana, mochila al hombro y botas pastusas que llamaban, Velosa asumió con seriedad su labor de pregonero echando mano de la vida, reivindicando el pensamiento popular, pero esta vez no con canciones pancartas ni versos consigna, sino a través del canto veredal donde logró fundir los análisis insurrectos del momento con los ritmos autóctonos de la esencia campesina.

Para ese entonces, Velosa hizo mingas con su amigo Javier Moreno Forero y con él creó un programa en la Radio Furatena de Chiquinquirá al que se juntaron luego Javier Apráez y Ramiro Zambrano, el uno nacido en Pasto y el otro en tierras santandereanas; los contertulios mosqueteros se bautizaron como «Los Carrangueros de Ráquira»

En su espacio radial tenían varias secciones: la de humor que no podía faltar, la de poemarios y retahílas, la de música autóctona y una muy particular de“carrancartas” porque para la época del programa ya llevaban el rótulo de “Los Carrangueros”, un nombre extraño, desafiante, irreverente y divertido que nació de la necesidad de poner a sonar los aires autóctonos, por cuanto la influencia de la música mexica y la guasca tenían invadidos los mercados.

Tanto en su estación radial como en sus andanzas por caminos sabulosos, Velosa les espulgaba la lengua a los campesinos y con esas anécdotas añejas fue armando un inmenso catálogo de palabras, dichos, resabios y frases de cabalísticos presagios pronunciadas por los abuelos, para convertirlos en radiografías de vivencias agrestes acuñadas en los versos que muy pronto y al igual que la china, se fueron «pa’ la capital», pero ellos para volar lejos por las ondas sonoras de la radio en Colombia y el mundo. 

La china que yo tenía y Julia Julia, nacieron de la influencia de esas cartas que mandaban a la emisora los campesinos y que, con la habilidad propia de este cronista de la autenticidad, se fueron transformando en historias muy bien hiladas por Jorge Luis y adoptadas por el pueblo de manera rápida y asombrosa. 

La cucharita de hueso con la que Velosa saboreo el ají sobre las papas saladas y los huevitos de pisca en casa de don Gregorio Martínez en la Vereda de Saboyá, no solo fue su amuleto, sino la que inspiró la obra que hoy conjuga sus armonías con las notas marciales del himno nacional adoptada por la gente como símbolo de identidad y arraigo del pueblo colombiano. 

Lo mismo ocurrió con cada canción brotada de las mundologías de los labriegos, porque, así como las flores nacen por el camino, las frases, reflexiones y palabras también están ahí a la ladera del sendero para que sean recolectadas por hacendosos aradores y llevadas en canastos al florero como ofrenda inmaculada a la patrona de la parcela. 

“Usted debe servir, aunque sea pa’ presidente de la república” cuenta Velosa que su padre le decía y con ese mismo humor le saca provecho a todo que se dice, porque para este repentista cada frase pronunciada por alguien conduce a una rima, una copla o una de esas cavilaciones impregnadas de malicia rustica, de ahí que las tertulias y conversas con el juglar sean inolvidables y enriquecedoras. 

El elogio a la vida y la alegría ha sido el derrotero de Velosa y a ellas le ha cantado con el corazón y una guacharaca atravesada en su alma de barro, porque lo que hoy se conoce con el nombre de música carranguera no es otra cosa que los ecos risueños de la rumba criolla, el merengue corrido, el torbellino, la guabina y los demás aires de la zona andina colombiana a los que el ingenioso poeta ha sabido sacar provecho para crear un género que, a pesar de la crítica de algunos contados incrédulos puristas, hoy el mundo entero reconoce y apropia como suyo porque hasta en la India han tenido repercusión y también allí, como en otras partes del mundo, hacen versiones del ritmo criollo. 

En 1994 como reconocimiento a su labor en favor de la identidad, el biólogo John Lynch bautizó a dos especies de ranas con los nombres de «Eleurherodactylus  carranguerorum y Eleurherodactylus jorgevelosai» y, así las cosas, su carranga seguirá dando saltos por Suramérica y el mundo cual anfibio anuro que habita los ríos subtropicales de los campos venturosos. La Universidad Nacional de Colombia se sumó también a los tantos reconocimientos que ha recibido Velosa y le entregó el Doctorado Honoris Causa. 

«Los Carrangueros de Ráquira», «Jorge Velosa y los Hermanos Torres» o «Velosa y los Carrangueros» son los nombres que están salvaguardados en la memoria colectiva de los pueblos y en aquellos acetatos de antaño que a punta de aguja quedaron más gastados que las partes íntimas de la Pirinola que murió patas arriba en el potrero, pero aun así siguen sonando como testimonio de leyendas narradas por quien como el «Carranguero Mayor» ha sido el recolector de identidades y el progenitor de un credo tan sagrado para los labriegos como el mismo Padre Nuestro. 

Su entrada por la puerta grande de la televisión nacional la hizo como actuante y protagonista de dos de las más vistas y aplaudidas comedias en la época ochentera conocidas como «Don Chinche» y «Romeo y Buseta». Allí el precursor de narrativas innatas descrestó con sus dotes de actor e inmortalizó a personajes como Trino Epaminondas Tuta, un campesino acomodado y cascarrabias dueño de una empresa de transporte y el vendedor de legumbres Florentino Bautista, mejor conocido como Don Floro.  

Vendría luego “Los Tuta” una comedia producida por Tevecine en 1993 y 1994 como resultado del éxito que tuvieron las series anteriores, porque los personajes a los que Velosa dio vida representaban esos hombres de antaño acomodados en sus creencias y costumbres, recios como el roble y nobles como el caballo andariego que cabalga en la montaña. 

Pero el protagonismo de este aldeano de estirpe boyacense no pararía ahí, porque Velosa se convertiría pronto en el primer colombiano en pisar el escenario más importante del mundo conocido como el Madison Sguare Garden de New York en el año de 1981 a donde sobre la hora de la presentación y como anécdota curiosa a la que él mismo llama «del productor al consumidor», llevó la ruana y el sombrero sin sonrojo alguno y sorprendió al mundo con un estilo auténtico, un gritico desgarrado en su garganta y un saltadito que pronto se convertiría, como dicen ahora en «tendencia», replicado en los escenarios del mundo y en los sainetes de la escuela. 

La carranga se catequizó como aire nacional llevado a los escenarios por cientos de músicos entre instruidos campesinos, jóvenes intrépidos y niños precoces que caracterizados con la ruana, el sombrero y la barba de Velosa pintada con hollín sobre las mejillas, siguen interpretando sus diabluras o repasando las matemáticas contando una a una las pulguitas; porque hoy las agrupaciones de infantes como «Julieth, la Carranguerita» o «Carranga Kits» surgen de manera silvestre y nacen con esta música adherida a su arterias. 

La base de la música carranguera ha servido también de sabia para el florecimiento de reconocidas agrupaciones que han llegado a la industria musical con una propuesta osada como los Rolling Ruanas, Velo de Osa, San Miguelito y un poco más recatadas el Dueto Primavera, por mencionar algunos de los tantos colectivos que han hecho audaces propuestas con las creaciones de Velosa.  

Para los adoradores de estas rimas la carranga es canto, pregón y sueño, pensamiento, palabra y obra, sabor, comedia, color, es un amor cotidiano con la vida y sus querencias y un compromiso con el arte popular y no hay fiesta patronal en donde no suenen las notas inmortales del Rey Pobre, La Gallina Mellicera, Boyaquito Sigo Siendo, La Rumba de las Flores, Estrellita Errante, La Dioselina, Lero Lero Candelero, Por fin se Van a Casar, Póngale Cariño al Monte, La Rosa Mentirosa, El Marranito, Canto a mí Vereda, La Coscojina, Como le ha ido, como le va, El cagajón, Señor Año Nuevo y un centenar de melodías condensadas en una extensa discografía y coreadas por la voz arrolladora del pueblo como esas máximas con las que se expresan idearios comunes de impetuosa trascendencia.  

Velosa y su carranga son para el campesino como la lana a la oveja, el maíz al trigo o la quebrada al rio y en ella han encontrado su morada las cuitas de los mayores, las fábulas de los niños, el clamor de los labriegos y hasta el monte ha podido expresar sus lamentos como testimonio vivo de un canto popular que ha sido desde su llegada el refugio seguro de santorales reveladores. 

En el Coliseo Atahualpa Yupanqui de Cosquín Argentina nació la idea de llevar la carranga a la sinfonía para arropar con las asonancias de encopetados instrumentos clásicos, el repiquetear del tiple, requinto, guitarra y guacharaca con la interpretación de los repertorios más queridos por genuinos pueblerinos y ahora también apetecidos por las élites sociales que bailan la carranga de Jorge Luis, al igual que menean su cabeza los “europeos latinos” al son de chacareras.  

Cuando allí en Cosquín le comenté al maestro la idea de amancebar la carranga con la sinfónica me replicó: ¿Y usted fue que se la fumó verde Bautista? déjeme quieta mi carranga. No obstante, le seguí insistiendo desde enero del 2008 hasta inicios del 2010 cuando finalmente dijo: A ver maestro Bautista ¿cómo es la vaina de la carranga sinfónica? y así se echó a rodar de inmediato el particular proyecto con la complicidad de la Orquesta Sinfónica de Colombia, el Fondo Mixto de Cultura como representante del gobierno de ese entonces, el maestro Eduardo Carrizosa y un puñado de arreglistas seleccionados por el mismo Velosa.

Este es el hombre que ha marcado la historia en una página genuina de inmortal presencia, un relator de tradiciones que no hace alarde de su nombre, sino que por el contrario le da protagonismo y vitrina a todo aquello que por simple y pequeño es tan grande, que a veces pasa desapercibido para los ingenuos manipulados por el boom del mercantilismo propagandista.  

Con la llegada de la pandemia el cantautor se refugió en el enigmático mundo de las letras y dio vida a un personaje apodado Juan Torbellino, quien narra las vivencias de un convite de animales como el Chirlobirlo, el Mosco, la Comadreja y la Chisga, entre tantos otros. 

Allí cada quien cuenta su fábula y traduce de alguna manera el movimiento rebelde y picante del juglar, porque así como de pequeño reunía a sus amigos para darle a cada quien un instrumento construido con su ingenió y armar las murgas de su pueblo, durante casi 40 años fue metiendo hasta el mismo gato en su cuento y su conversa, y convocó a los animales para que cada uno promulgara su propia semblanza; un libro que bien merece llegar a todos los pupitres de los niños para entender el misterioso y fascinante mundo de lo indómito y un glosario autentico aún inédito y desconocido para los letrados. 

Ya en el sosiego de sus cuarteles de invierno, Velosa sigue escribiendo para dejar otra herencia a la humanidad y al igual que la carranga, sus reflexiones sin pelos en la lengua, los bailoteos y volteretas, las máximas agudas y sus cavilaciones de humor punzante, estos serán también su legado para los niños y las letras costumbristas amancebadas entre recuerdos, relatos y vivencias. 

Huraño para las fotos, frentero y sincero, malgeniado y sin antifaces, a veces beligerante o como lo quieran llamar, lo que Velosa ha querido siempre es cuidar un pequeño universo donde él habita; un idilio eterno con su amada Martha, su familia y los recuerdos entre robledales de Ráquira en el que no ha permitido que nadie se le meta porque prefiere ser más «libresito», así cómo se siente en lo alto del páramo contemplando los pastales de su amada tierra o soñando con que algún día haya una Colombia nueva y por todo el centro un lacito de amor.