Crónica de boyacensidad y grandeza – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

El 2 de octubre representa para los boyacenses uno de esos esperados anuncios, como los que hace el sol en la mañana cuando avisa su llegada por entre la espesa niebla en la montaña.

Una estancia que nació con la nueva constitución promovida en la ciudad de Cúcuta en1821, cuando se materializó el proceso libertario y se definió la división política y geográfica del país, creando oficialmente el departamento de Boyacá conformado por las provincias de Pamplona, Casanare, Socorro y Tunja, y para hacer justicia con el recuerdo de épocas gloriosas y la proyección de nuevas dinámicas hacia el futuro, se estableció  el día de la Boyacensidad, sancionada a través de la ordenanza número 0023del 09 de septiembre de 2009 por parte de  la Asamblea de Boyacá durante el gobierno del ingeniero José Rozo Millán, quien además propuso la adopción del bambuco «Soy boyacense» de Héctor José Vargas como himno popular y la inclusión de la hoja de roble a la bandera del departamento.

Señalan los historiadores que el nombre de Boyacá se origina de la palabra “Boiaca” cuyo significado encierra una de las vocaciones más fehacientes de los nacidos en estas tierras, “Región de la Manta Real”, definición reveladora de una radiografía de sus alfareros como la de aquellos dedicados a tejer la lana sacada de la oveja, consentida por el uso de abnegadas hilanderas que han hecho de ese oficio un verdadero relicario identitario donde se salvaguarda gran parte de la cultura ancestral de la comarca libertaria. 

Pero no solo las ruanas hechas por los tejenderos simbolizan la belleza de la estirpe boyacense, porque los trozos simétricos de pastales colocados por la mano divina sobre el lomo de sus macizos semejan también una inmensa colcha de retazos donde cada tono se expone con los rayos del astro y en momentos parece una manta acostada sobre la infinidad de sus 23.188 Km2 de extensión territorial. 

“Dulce tierra que extiende sus brazos de occidente a la pampa solar” dice en uno de sus apartes el himno marcial, creado por los maestros Pedro Medina Avendaño y Jorge Camargo Spolidore y es que de un extremo a otro, de oriente a occidente y de norte a sur, Boyacá es majestuosa y sus paisajes parecen sacados de una postal hierática de donde solo yacen tesoros inmensurables de grandeza infinita, como la dignidad misma de sus gentes y en especial la de sus campesinos que labran la parcela con la niebla matutina o el sol radiante a sus espaldas.

Todos los climas convergen en este santificado suelo y por eso propios y visitantes pueden disfrutar de la escarcha blancuzca de las sierras nevadas de Güicán y El Cocuy o del calor ardiente de Puerto Boyacá, menos caluroso Moniquirá o Santana y frio penetrante en Tunja su bella capital, la imponencia se materializa en los páramos donde silenciosos permanecen de pie los frailejones custodiando desde la cúspide, como centinelas, el inmenso valle de trigales amarillos apostados sobre la hierba, cual tapiz cubierto de ensoñador encanto. 

La despensa de Colombia dice unos y las parcelas de abundancia señalan otros, porque Boyacá es la guaca de entrañas productivas donde nunca falta la “papita” y en su tierra fértil brotan los frutos como capullo en flor, lidiadas por las manos callosas de quienes consienten la heredad con imperecedera devoción.

Feijoas, mamoncillos, guayabas, bocadillos, panela, manzanas, uchuvas, cebolla, granos, tubérculos, hojitas para la cura, aromatizantes, café y el maíz que refrenda la presencia inmortal del pasado indígena que galopa por los ecos del espacio, legitimando un pretérito muisca que aún, y con la colonia, se negó a desaparecer. Son algunas de las delicias prodigadas por la creación sacra trasladadas en canastos a las plazas de mercado por doncellas de sonrisa picarona y atuendos coloridos donde las trenzas rematadas con cintas de galón, hacen juego con el delantal florido y el color rechinante de sus pantorrillas.

Un pueblo católico que rinde tributo a sus santos protectores, a su Virgen Morena, al Divino NIño o a la Patrona de Colombia y a punta de procesiones, rosarios y camándulas manifiesta su gratitud por quien desde las alturas protege sus cosechas, como lo hace también el pastor con su rebaño o el arriero con su mula para abrir caminos en los aposentos veredales de esotérica belleza.

Suelo que le ha dado al país y al mundo hombres y mujeres de sin igual grandeza en la música, la danza, la actuación, la literatura, el deporte, la educación, las artes, la poesía, la artesanía, la medicina, la arquitectura, la ingeniería, la docencia, el humor, la fotografía, el periodismo, modelaje, la cartografía, cinematografía, literatura, la historia, la jurisprudencia, la radio, el clero, la ciencia, la investigación y en las demás ramas humanísticas porque sus hidalgos embajadores han sido precursores de grandes conquistas con la que Boyacá ha contribuido de manera cierta a la dinámica del universo.

123 municipios que, con acato al corazón, logre describir en mi canción “Todo bonitico es Boyacá”, para sumar mis versos a los tesoros literarios de Jorge Velosa Ruiz, José Jacinto Monroy Franco, Efraín Medina Mora, Jorge Camargo Spolidore, Francisco Cristancho Camargo, Carlos Martínez Vargas, Álvaro Suesca, Héctor José Vargas, Luis Lorenzo Peña, Luis Alberto Ruge Romero, Siervo Figueroa Barón, Helio y José Miguel Zabala Suárez, Fernando Barrera, Gustavo Motta, Julio Barón Ortega, Juan C Goyeneche, Carlos Avellaneda, Luis Martín Mancipe, Raúl Sánchez Niño, Cesar Puerto, Julio Flórez Roa, Rómulo Mora, Fernando Soto Aparicio y el aguadeño adoptivo de corazón, el siempre respetado y admirado Javier Ocampo López.

En este cuadro de honor se recuerda con cariño los aportes de otro manojo de celebridades progenitores del amor expresado en la palabra como José Joaquín Casas Castañeda, Antonio Jetón Ferro, Víctor Raúl Rojas Peña, El Cholo Valderrama, Jaime Barbini, Álvaro Ruiz, Julio Medina, Gustavo Mateus Cortez, María Rósula Vargas de Castañeda, Cecilia Jiménez de Suárez, Aurita Velazco de López, Beatriz Camargo, Carlos Eduardo Vargas Rubiano, Hernán Estupiñán, Juan Manuel Ruiz, Jaime Vargas Izquierdo, Fabio Becerra Ruiz, Felisa Hurtado de Manrique, José Santos Sanabria Leal, Jairo Aníbal Niño, Enrique Medina Flórez  y tantos otros juglares dueños de una sabiduría que solo se asemeja a la de nuestros mayores para quienes no hay más que admiración, gratitud y respeto.

Complementan la lista Sor Josefa del Castillo, José Ignacio de Márquez, José Eusebio Caro, Plinio Apuleyo Mendoza, Alberto Corradine Angulo, Darío Samper, Próspero Morales Pradilla, Rafael del Castillo, Rafael Moreno Duran, Jorge Rojas, Carlos Arturo Torres, Basilio Vicente de Oviedo, entre muchos otros baluartes convertidos en «orgullo de la tierrita», como los más de 14 presidentes nacidos en esta noble cuna que han regido los destinos de la patria. 

Supieron refrendar con hechos el abolengo de una raza aguerrida que solo se doblega ante Dios sus héroes y heroínas como Simona Amaya, Juana Escobar, Juana Velazco de Gallo, Estefanía Parra, María de los Ángeles Ávila, Salomé Buitrago, Genoveva Sarmiento, Inés Osuna e Ignacia Medina y tantas otras que muy bien describe la historiadora Nelly Sol Gómez de Ocampo en su libro de atesorados relatos y esculpen con acierto Eduardo Malagón Bravo, Ernesto Cárdenas, Jorge Casas, Orlando López, Jaime Quintero Russi, Gregorio Gómez Acosta «Goyo» y Delfín Ibáñez.

El niño adalid de la campaña nacido en Belén con el nombre de Pedro Pascacio Martínez se convirtió en símbolo de la honestidad, porque fue más grande su entereza que la debilidad sobornada por el dinero. Él, junto a una lista de guerreros indomables, son ejemplo de lucha, lealtad y amor a su país natal, ese mismo que nació en estos campos victoriosos donde se gestó la libertad de las 6 repúblicas.

En los caballitos de acero, Nairo Quintana, Oliverio Rincón, Israel el rápido Ochoa, Miguel Ángel López, Patrocinio Jiménez y Fabio Parra entre otros, han demostrado el poderío de sus piernas escalando los picos más empinados del mundo, bañando de oro el tricolor colombiano, como lo han hecho también en otras disciplinas Andrea Ramírez Vargas en el taekwondo, Carlos Salamanca en tenis de campo, Héctor José Moreno en marcha, Diana Carolina Pinilla en ciclomontañismo y Fredy Guarín en el fútbol, por mencionar algunos.

Siguiendo los pasos de magnas y reconocidas figuras, en Boyacá se levantan renovadas generaciones herederas de ese legado imperecedero entregado por sus máximos referentes y por eso en las disciplinas del arte, el deporte y las demás del espectro social y científico, hay un semillero invaluable que garantiza larga vida para la figuración del departamento en los espacios y escenarios de Colombia y el mundo, como evidentemente se viene haciendo desde hace décadas con la nueva sangre de la casta boyacense.

En las entrañas de las rocas se adentran los hijos de occidente para excavar y hallar las más bellas esmeraldas de ostentosa lindeza, transformadas luego en piezas únicas exhibidas en las vitrinas del mundo, junto a las prendas de macramé anudadas por las matronas que lucen sus mejores trajes en las misas domingueras, o los utensilios de madera tallados por un cincel de fantasía que da forma a exóticas esculturas, unas en piedra y otras que cuelgan de los campanarios de donde salen agudos sonidos que anuncian el inicio de la misa.

En los campos y poblados se atisba el estruendo de alborozas carcajadas cuando el tejo revienta las mechas y ocasiona el abrazo de contertulios que luego de la alegre disputa se sientan a escuchar el rasgar de requinto, tiple y guacharaca con el susurro de coplerios o las retahílas mensajeras pronunciadas por juglares de blanca cabellera en cuya prosa se guarecen los saberes de su pueblo y las anécdotas míticas de leyendas misteriosas.

Hornos de adobe encendidos con madera rolliza amanceban los sabores de los exquisitos manjares heredados por las matronas que dan gusto al paladar con el sabor inigualable del cocido boyacense, la mazamorra chiquita, el caldo de costilla, las sopa de ruyas, el rostro, la fritanga con chicharrón «totiao», el queso de cabeza, y la sazón inconfundible de los amasijos que como las arepas, envueltos, almojábanas, mogollas guayatunas, repollitas, mantecadas, alfondoques, dátiles, brevas con arequipe y un catálogo extenso de recetas ancestrales donde el queso Paipa es rey, dan gusto al paladar de propios y visitantes.

Callecitas misteriosas de crípticos recónditos, fachadas imponentes adosadas por balcones corridos, dinteles espesos y muros de tapia pisada, techumbres esculpidas que revelan las pinceladas de aplaudidos pintores, zaguanes inmensos donde el eco se confunde con las cuitas de los abuelos, portales señoriales de ímpetu constructivo,  patios en forma de claustro con  piletas que derraman el líquido sagrado en sinfonías armoniosas, centros históricos abarraganados con el tiempo y solares reposados de esplendorosos recuerdos hacen parte de un inventario inmenso de valía arquitectónica elevado a la categoría de patrimonio de la nación.

Lagos y lagunas de colosal corpulencia, poblados pintorescos dibujados como siluetas de casitas pintadas de nobleza, templos doctrineros y cúpulas que sobresalen por sobre las cubiertas de barro, senderos que conducen a inhóspitos refugios de insospechadas añoranzas y el trino de las aves agrupadas en 700 especies, protagonizan la más imponente sinfonía matutina para levantar el surco y despertar el alba, y hasta un Pueblito que condensa su hermosura tiene Boyacá como testimonio vivo de su mágica sublimidad. 

Así es Boyacá, la entraña donde se clausuró un proceso de emancipación que permitió el grito de independencia salido del pecho altivo de guerreros valerosos para quienes la cuna fue la montaña y su taller el campo de libertad. Una tierra de nobles idearios que desgrana sus sueños como lo hace la cascada en las alturas o el volcán que erupciona en las entrañas, las termales de añoranzas.

Rumbas criollas, bambucos fiesteros, guabinas, torbellinos, pasillos, merengues carrangueros, tiples, requintos, carracas, coplas cojas, matachines, diablos, faroles, marchantas, estandartes, arcos, y perdices conforman el majestuoso cuadro folclórico arropado por pañolones rematados con canutillos y lentejuelas y las ruanas de lana virgen que aún siguen llevando con orgullo los campesinos cual prenda sacrosanta, como santificados son también la «Mama y el Taita» que refrescan con el consagrado sorbo su garganta.

Bienvenidos a la “Suiza Andina” inspirada por Dios y feliz día de la boyacensidad sumerced

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