Nobleza del ser agradecido – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

José Dolores salió de su casa, cuando el canto del gallo anunció la cercanía del amanecer, se terció la capotera con el avío para el día y una garrafa de agua de panela fría con limón, sabía que debía alcanzar las alturas de las nieves perpetuas antes del mediodía, para poder dar inicio al ritual de agradecimiento a los Dioses por la vida, una tradición  heredada de padres a hijos a través de la historia, en esta época a él le correspondía subir a la Sierra Nevada a rendir tributo al Creador de todo lo que existe.

A esa hora la tenue luz del amanecer apenas dejaba ver el sendero que corría paralelo con el riachuelo, que alegre descendía de las montañas, los trinos de las aves animaban al caminante que avanzaba casi trotando, tratando de alcanzar el comienzo del ascenso antes que los primeros rayos del sol asomaran por encima del cerro de Mahoma.

A media mañana ya había rebasado la mitad del trayecto, ascendía con dificultad la empinada pendiente, el aire se hacía cada vez más pesado y la respiración se le dificultaba, el cansancio empezó a adormecer sus rodillas, obligándolo a detenerse en una de las curvas del serpenteante sendero, pensó que por esta misma ruta debían haber caminado muchas veces sus ancestros, cuando subían a buscar consejo en la sabiduría del dios de las nieves perpetuas, allí, extrañamente la palabra sagrada hablaba, con el silbido de la ventisca rozando los riscos y las estalactitas de hielo. Parado a la orilla del camino, dejó que su mirada se perdiera en el valle cubierto por un bosque de frailejones, en la distancia los imaginó como un ejército vigilando las montañas, poco a poco recuperó el aliento y después de renovar sus fuerzas, volvió a afirmar sus pasos en el reumático bordón y acometió decidido nuevamente el camino por recorrer.


Subir al Ritacuba Blanco (Ritak’uwa en lengua tunebo) era un reto para valientes, en cada curva del camino se iban quedando girones de esfuerzo y cuando se lograba alcanzar la nieve, los caminantes llegaban con sus últimos alientos, sin embargo, la ilusión de verla, siempre disolvía cualquier fatiga como por arte de magia y hacía que los viajeros renovaran sus fuerzas, con sólo ver la pureza extendida en el casquete de hielo.


Para José Dolores, otear a esa altura el horizonte, lo hacía sentir como un cóndor volando sobre las nubes, que se extendían en la distancia como gigantescos copos de algodón, de los que emergían algunos picos de las montañas más altas de la cordillera.


El baquiano montañista se sintió insignificante, ante la grandeza de la naturaleza, en ese momento percibió la caricia del viento en su rostro, como acogiéndolo en un abrazo de bienvenida, en medio de la soledad y el silencio de la nevada, se sintió un hombre libre, como las águilas o el viento, entonces le gritó con todas sus fuerzas a la montaña su agradecimiento, por el agua pura que les regalaba vida a diario, en el arroyo que bajaba cristalino hasta su pueblo, la montaña le respondió con la voz del eco que retumbó por los riscos de la sierra, hasta perderse por el cañón del río (¿aguas?) que iba a rendir tributo con sus aguas al caudaloso Magdalena.


Entonces en medio del diálogo, entre su grito y la voz del eco, hincó sus rodillas en el duro hielo y elevando los brazos al cielo, siguió agradeciendo al Dios del universo, por la paz que inundaba su corazón, después de reconocer ante su Creador por todo lo que él era, repitiendo este ritual durante toda la noche, el frío intenso de la montaña y la brisa incansable fueron testigos de la purificación del espíritu de José Dolores, sintiendo su noble corazón inundado por la felicidad de los seres agradecidos.

A la mañana siguiente, antes que el lucero matutino se diluyera en el azul celeste, después de beber los últimos tragos de agua de panela fría, acompañados con los restos de arepa cariseca, emprendió el camino de regreso, llevaba aun zumbando en los oídos la voz gélida de la brisa portando la sabiduría del Dios de la nieve, cuando le repitió insistente su consejo – cuídate de los desagradecidos, porque el desagradecido está cerca de ser desleal, y el desleal está a un paso de ser traicionero.


José Dolores, Impulsado por el sano deseo de abrazar a su familia, descendió en poco tiempo, el sol todavía no marcaba el zenit, cuando vio a su pequeño hijo corriendo como el viento por el sendero de la quebrada, venía a su encuentro batiendo los brazos y lanzando gritos de contento, detrás de él, su perro Lanetas hacia cabriolas entre gruñidos amistosos, fueron instantes de intensa ternura que sólo viven las verdaderas familias.

Fabio José Saavedra Corredor,

miembro Academia Boyacense de la Lengua.

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