¿Control Político para cuándo? – Héctor Helí Rojas

Siempre hemos buscado quién nos represente y aun cuando quisiéramos autogobernarnos, la complejidad de las sociedades modernas y el difícil manejo de las relaciones con los demás para el respeto de los derechos de todos, imponen la necesidad de un órgano que haga la ley que regule esas relaciones y una autoridad que la haga cumplir, cuando voluntariamente no la acatemos.

Las revoluciones que dieron nacimiento al estado demoliberal se debieron a rupturas institucionales impuestas por la fuerza de los movimientos sociales, o a convenientes acuerdos entre la corona, la nobleza, la burguesía.

Todo terminó en la sublimación del principio de legalidad: que nos gobiernen las leyes, no los hombres, que podamos hacer todo lo que la ley no nos prohiba, y que la ley se aplique tanto a gobernantes como a gobernados. En verdad este es un sueño maravilloso, solo superable por la utopía de la democracia directa, tan defendida en todos los discursos políticos, pero tan ineficaz en la práctica.

¿Pero quién hace la ley? Buenos, regulares y malos representantes del pueblo. Nuestros elegidos, nuestros representantes. ¡Nuestro Congreso de la República!

Como el poder tiende a avasallar la ley y a instrumentalizarla, el pueblo espera que haya un control político sobre el gobernante de parte de quien la hace. Esa, a mi juicio, es una labor imprescindible en una democracia representativa.

Hice parte del Congreso de antes y después de la promulgación de la Constitución Política de 1991 y, creo que podría haber escrito esta misma columna hace treinta y cinco años: en verdad nada cambia. Muchas cosas permanecen y empeoran. 

Los eufemismos para presentar el cambio en las elecciones cada vez son mas sofisticados. Grandes promesas de reivindicación de los menos favorecidos, de más inclusión, de desmonte de los privilegios que tienen unos pocos y de posibilidades de acceso a bienes y servicios que nos aproximen a un mínimo de felicidad sobre esta tierra.

Antes del 91 y después del 91, siempre desde que somos nación, el poder presidencial ha aplastado el sueño de que la ley nos la haga un órgano autónomo e independiente. Hoy mismo al instalar el nuevo Congreso nos encontramos con unos partidos y movimientos políticos que indigna y suplicantemente piden que el Presidente electo los reciba. ¡Al menos una llamada! Si se fue a descansar a Italia hasta allá iremos a abordarlo grotescamente en su descanso.

¿Y quién hará oposición? y ¿Quién hará el control político? ¿Quién o quiénes intervendrán para decir que las leyes que se aprueben sean de beneficio para el pueblo aun cuando no conduzcan necesariamente a la consolidación de los postulados ideológicos de quienes ganaron las elecciones?

En verdad, el excesivo poder presidencial está matando la democracia lenta pero seguramente. Se acabó el control político, que mal o bien ejercimos en los gobiernos de Alvaro Uribe, y que mal o bien se nos respetó, gracias a lo cual logramos detener la segunda reelección.

Si se acaba la Procuraduría General de la Nación y si se interviene frontal mente para elegir un Contralor General de la República que sea del bolsillo del gobierno, como ha ocurrido siempre, no solo no tendremos buenas leyes, sino que no tendremos control político, ni disciplinario y menos fiscal.

Y si nuestro Congreso sigue siendo cooptado y actúa como abnegado vasallo del Presidente de la República, ¿qué futuro nos espera?

En nuestro Boyacá del alma, estas críticas resultan válidas. ¿Hay control Político sobre lo que hace nuestro gobernador? O ¿es que no hace nada? ¿Nuestros Consejos municipales hacen control político? No lo hay y no lo hacen, por eso pareciera que en Boyacá no pasa nada. 

En fin, el Congreso que conocí y el que veo ahora es igual, prefieren la humillante condición de arrimados al poder que el difícil papel de ser independientes. Por eso la legitimidad se ha perdido y eso es como perder la majestad de la ley. Ojalá algunos, se atrevan a hacer una oposición democrática. 

Y ojalá nuestros diputados y concejales entiendan que si no hacen control político de gobernadores y alcaldes…. están de más y pueden desaparecer por que la corrupción en las administraciones locales es tan grande, que incluso viene creciendo el numero de quienes piensan que hay que revisar la elección popular de alcaldes y gobernadores o acabar con gobernaciones y asambleas. Todo en perjuicio de otro postulado esencial para hablar de democracia: el de la descentralización.

*Héctor Helí Rojas Jiménez,
Exsenador y catedrático universitario