Nos alejamos o nos hundimos – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

Nos enfrentamos a la época más peligrosa de la que se tenga referencia en cuanto a la violación de la privacidad se refiere y todo por el crecimiento exponencial e indiscriminado de la era digital.   

Aunque las empresas que impulsan las plataformas dicen proteger la privacidad, y otras señalan que se debe denunciar; cuando se es víctima de matoneo, agravios, calumnias y embestidas las personas sacrificadas por estas prácticas delincuenciales no tienen las suficientes garantías, por cuanto en las redes se dice de todo sin regulación ni filtro alguno.

En este sentido, el establecimiento de ejercicios éticos, así como el desarrollo de metodologías técnicas para proteger los datos son temas que deben tener mayor atención por parte de las autoridades, por cuanto entramos en un oscuro mundo donde no se avizora luz ni salida y cada vez se agudiza más el escarnio público al que son sometidas las personas por aquellos sujetos dedicados a escarbar en la intimidad para desvestir al que sea con tal de arruinar su reputación y volver trizas su nombre.   

Reza el dicho popular que “el que nada debe, nada teme” y aunque esa es una máxima muy cierta, también lo es que cada quien tiene derecho a guardar en cofre sagrado su vida interna, como aquellas cosas que tienen que ver con sus rutinas personales, sentimentales, sexualidad, creencias, familias y las demás del fuero íntimo de cada individuo e incluso aquellas cosas del pasado que todos llevamos a cuesta, porque como se consigna en las sagradas escrituras, «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra».   

A este respecto se han adelantado muchas acciones en diferentes países, como el caso del reglamento general de protección de apuntes de la Unión Europea, quien dio inicio a una oportuna regulación de la protección de datos a fin de garantizar la reserva de los ciudadanos y aunque las apuestas del futuro próximo no se centrarán en quién puede recopilar y explorar mejor nuestros sumarios personales sino en quién consigue proteger mejor nuestra privacidad, todos debemos avanzar rápidamente en este tema porque el problema tocó fondo y se salió de las manos.   

Cuando se está en la sombra contemplando la arena, se disfruta del morbo, el abucheo, la sangre, la difamación, y la especulación se convierte en voz a voz que pulula como la hierba mala expandiéndose rápidamente por todos los rincones con esos tentáculos siniestros que estrangulan al que sea sin piedad ni clemencia.   

Pero cuando de repente el que se sacia con el chisme y la intriga pasa al paredón de los acusados, es ahí cuando se experimenta en carne propia tan macabra práctica y las funestas consecuencias que tiene ser el blanco de injurias, calumnias, agravios y de esos sangrientos episodios que acaban hasta con el “nido de la perra”.     

Los ciudadanos hemos empezado a entender el verdadero costo de hacer parte de las redes o de tener una cuenta de Facebook o Instagram, y aunque muchos lo hacen por el rol de su trabajo, la consulta juiciosa o para el marketing, la gran mayoría lo utilizan como una herramienta de propagandismo individual para decir allí, no solamente todo lo que se les ocurre, sino para divulgar hasta lo más simple y cotidiano que solo le importa a cada persona.

“Pasaba por aquí para decirles que estoy deprimido, pasaba por aquí para contarles que ya almorcé, que ya me lavé los dientes, que me voy a acostar, que mi mascota está jugando, que la luna está muy llena” etc., etc., y aunque al parecer eso no le debería importar a nadie, hay celebridades que hacen análisis profundos de «tan entretenidas reflexiones». Y qué decir de aquellos que no le hablan a sus hijos o parejas por estar pegados al celular publicando que los aman y que son lo más importante de sus vidas. 

Otros más soterrados dicen de manera tendenciosa «por aquí les dejo esto» como el que tira la piedra y esconde la mano, mientras que hay quienes arman escandalosos titulares que nada tienen que ver con lo contenido; sin embargo, lastimosamente más de un 80% de los que andan por las redes solo se quedan con el cabezote y algunos escasamente llegan al sumario, pero de leer y analizar nada; algo parecido a la catástrofe que ocurrió en la película «pánico en el estadio» que ojalá la miren para entender la similitud que tiene una palabra echada al viento con la intimidad de esa trágica historia.

Aunque los estudios demuestran que más de un 70% de los usuarios de estas plataformas han tenido algún hecho de violación de sus derechos en las redes y que unos, más que otros, han sido objeto de burlas, maltratos verbales, injurias, calumnias, usurpaciones y agresiones; aun así, muchos seguimos pegados a ellas como esa terrible adicción, que al igual que la droga, los malos hábitos y el alcohol lesionan, pero ahí estamos como masoquistas indomables y atados a lo que nos hace daño, una de las tantas contradicciones de los seres humanos.   

Los juristas y expertos aseguran que un delito contra la intimidad es una infracción penal que atenta el derecho fundamental a esa confidencialidad mediante el apoderamiento, la modificación, distorsión, el uso de la revelación de datos, la inducción al odio, el direccionamiento de pensamientos y la intromisión a las comunicaciones, conversaciones o imágenes de una persona.  

También aseguran que el hecho de descubrir un secreto vulnerando la interioridad de la gente afectada ya supone la comisión de un delito, con independencia que dicha información sea o no difundida posteriormente, por lo que el descubrimiento de secretos es un atentado por sí mismo, siendo la revelación de reservas una conducta de mayor gravedad y qué decir de las calumnias y salidas en falso que crean un manto de duda difícil de restablecer en el tiempo.  

La actual contienda electoral es la muestra más aberrante del empleo indebido de las redes, la violación a la privacidad, la calumnia, la falsedad y esas destrezas maquiavélicas producto de una creatividad no bien fundada, en la sevicia y en perversas intenciones protagonizadas por mentes perturbadas donde no hay lugar más que para el odio, la destrucción y la violencia; y es tan culpable el que la diseña en su maraña como el que la comparte y la acrecienta con incendiarios comentarios o con esas “palabrotas” que ya son parte del paisaje en los contenidos cibernéticos. 

La solución está en manos de todos: de los padres y educadores que deben sensibilizar y alertar a los niños sobre los peligros que corren en las redes, en la creación de modelos útiles para el aprovechamiento del tiempo libre como el arte, la investigación y el deporte, en el restablecimiento del diálogo y las actividades de integración que unan la familia y las acerque a compartir con su núcleo, en el control permanente para saber qué hacen y qué consultan los niños en la internet, en la capacitación permanente sobre este agudo tema por parte del estado, en las sanciones y penalizaciones prontas de la justicia a quienes cometen estos delitos y en fin… tantas otras cosas que se pueden hacer cuando hay verdadera voluntad y temas como éste se asumen con la responsabilidad y urgencia que ameritan.   

Pero, mientras esa solución llega algún día, es prudente apartarnos de lo que nos es tóxico y afecta nuestra salud mental, de esos supuestos “amigos” que más bien son “enemigos cercanos al acecho”, de eliminar del espacio de cada persona todo aquello que no construye, que lesiona y envenena el alma. Cuando se invita a agregar a un desconocido al espectro personal, se debe saber que no se le puede denominar «amigo» porque ese calificativo es muy honroso para entregárselo a cualquiera y más a quienes usan una silueta oscura en su perfil porque nunca dan la cara.   

Es urgente hacer un frente común para aislarnos de las malas temáticas, ignorarlas y no caer en ese juego sucio donde los violentos son expertos y seguramente salen airosos cuando alguien queda atrapado en sus redes o pica el envenenado anzuelo preparado con ferocidad.

Hagamos una reseteo sistemático para eliminar de nuestro núcleo todo lo que nos hace daño y démosles paso a los buenos augurios, a los textos e imágenes que construyen, ayudan y contribuyen al crecimiento intelectual y humano; a los podcast, documentales, imágenes, especiales, charlas, conferencias y programas de gran valía que muchas veces ignoramos o reemplazamos por la “basura” que pulula en el espectro digital y que al consumirla, nos convierte en cómplices de esta dura crisis que cada día es más grave e insostenible.   

Contrario a estas prácticas despreciables descritas en esta nueva reflexión global, en las redes hay importantes contenidos dignos de disfrutar y aprovechar y tan solo falta la formación de públicos con criterios propios para saber distinguir la diversidad y acertar en la escogencia de esas pequeñas cosas que están frente a nosotros y que casi siempre ignoramos, porque no nos percatamos de su utilidad, beneficio y grandeza,

Por eso, o nos alejamos de lo tóxico, o nos hundimos en su lodo.