Leyendo una leyenda – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Después de abrir las amplias ventanas en el cuarto, la hermosa Iomgy permaneció recostada en el lecho, en las mañanas disfrutaba ver como la brisa marina jugaba con las cortinas, parecían alegres fantasmas danzando al ritmo del viento, eran momentos ensoñadores para la bella y otoñal mujer, en los que dejaba volar su fantasía con la caprichosa danza de la naturaleza, además su amor por la soledad le permitía esa excitante sensación auspiciada por el viento, cuando acariciaba su cuerpo, osado y sin ningún recato se perdía por debajo del ligero camisón, este parecía cobrar vida al paso de unas manos invisibles que acariciaban su sensible piel, despertando recuerdos y urdiendo fantasías con mensajes entregados a la brisa por viejos y curtidos lobos de mar, en sus arriesgadas travesías en aguas desconocidas.

Entonces, en la distancia se oyó el ronco sonido de la bocina de un barco, anunciando su cercanía al puerto, rompiendo el mágico momento y alterando la tranquilidad del cuarto.  Iomgy ágilmente se puso de pie, sacudiendo su ondulada cabellera con fuerza, como si quisiera deshacerse de sus pensamientos, luego, acercándose a la ventana observó al sol que ya empezaba a alejarse del horizonte marino, de las enormes chimeneas del carguero subían gruesas columnas de un humo gris, mientras tanto, el carguero avanzaba lentamente dejando una estela de espuma blanca, dibujada en la superficie del agua, buscando la profundidad adecuada para lanzar anclas y fondear, según las instrucciones del puerto, la mujer pensó que ya era hora, de aprovechar  la frescura de la mañana para su juego diario con las olas.

Presurosa ciñó sobre su cuerpo un traje de baño y una colorida salida, vistiéndola cruzada sobre sus sensuales hombros y anudándola en su espalda, luego paso presurosa por la recepción del hotel, perdiéndose por el corredor que la llevaría a tomar el camino a la playa, debía recorrer una distancia considerable, cosa que no le incomodaba, ya que esto lo haría sobre un mullido prado, de modo que decidió hacerlo descalza, para sentir en los pies la caricia de la hierba, que a esa hora, todavía conservaba la tibieza del rocío nocturno, luego debía atravesar la amplia carretera marginal del mar, la cual  le parecía una interminable cicatriz en la piel de la tierra, dividida en el centro por una línea segmentada, que le traía a la memoria la imagen de una gigantesca cremallera, en tanto cruzó la vía ágilmente para exponer al mínimo sus pies descalzos al calor del pavimento, luego avanzó por un camino angosto que la llevó por entre un bosque de mangles.

Desde niña había hecho gala de un raro don que le permitía mantener comunicación empática con los animales, ese día las pequeñas lagartijas que se asoleaban en el  camino o sobre las piedras a la orilla del sendero, no huían a su paso, solo se quedaban observándola con esos ojos saltones como sapos plataneros, incluso, algunas caminaban tras sus pasos descalzos, eso había hecho que los lugareños tejieran historias fantásticas alrededor de la extraña mujer, incluso decían que no había espina que se atreviera a dañar sus delicados pies.

Al final el camino la llevó a la playa, allí encontró un cinturón de pobreza, con seres humanos fabulosos, los más guerreros para afrontar la vida en esas condiciones, con el mar al frente y una cinta de playa que mantenían limpia ayudados por el viento, como recepción  de hotel cinco estrellas, luego seguía una fila de casitas hechas con materiales de deshecho y cubiertas con hojas de palma de coco, las que entonaban melodías diversas al paso de la brisa por entre los filos de sus hojas, canto que fortalecía los espíritus y aliviaba las difíciles condiciones de esos colombianos que sobrevivían orillados por una sociedad y un estado injusto, pero que a pesar de todo conservaban sus esperanzas y sueños, sin dejar la sonrisa sincera y abierta que los y las hacía más bellos.

Cosa extraña sucedía en este lugar, en las chozas solo había mujeres y cada una de ellas sostenía una pequeña vida en sus brazos, solo en los dos ranchos de los extremos se veía un hombre, ellos estaban encargados de proveerles a las mujeres con el producto de sus actividades de pesca, para todos, la ausencia de lujos y comodidades no los hacía pobres, todo se veía en orden, pulcritud y aseo, algo propio de la mano y el corazón materno, la dignidad del humilde brillaba en sus ojos.

Iomgy pensó, que ojalá el espejo de sus almas sencillas, donde nacía su sonrisa sincera, no se rompiera y nunca se contagiaran de la corrupción que pululaba hasta por los lugares más recónditos del país más hermoso de la tierra.  Allí el trabajo y el poder lo compartían todos sin necesidad de excesos, sin perder la dignidad y en equilibrio con la naturaleza.

En ese lugar invisible para muchos, Iomgy encontró su paraíso, lejos de necesidades creadas pudo entregarse a vivir la libertad de las olas y el viento, un día entre todos construyeron su choza y su leyenda fue creciendo, desde los lugares más lejanos querían venir a conocer a ese ser maravilloso. Unos le atribuían poderes sobrenaturales, que curaba las gusaneras y el mal de ojo con sólo mirar al enfermo, incluso el mal de amores, el vaho de muerto y la mordedura de culebra, otros aseguraban, con inusitada vehemencia, que la habían visto levitar por entre los mangles del bosque y que su cuerpo irradiaba una luz parecida al irisado arco que rodeaba la luna en noches despejadas. Su leyenda fue creciendo con el tiempo y se desbordó en el mágico voz a voz, llevada por legendarios pescadores por mares, ríos y ciénagas.

Una tarde los únicos varones rescataron un enorme tronco traído por el mar desde el continente perdido y en el tallaron durante noches eternas, la imagen de la mujer que un día llegó de la ciudad y les enseñó a vivir con dignidad, lejos de la apariencia y su desgaste, de ella aprendieron que hombre rico no es tener los bolsillos llenos de dinero ajeno, que la riqueza está en el corazón de los hombres y mujeres buenos.

Un día de invierno, bajo un torrencial aguacero, entre todos le entregaron el tótem de la mujer de madera al mar y este agradecido lo llevó en el corazón de las olas, con el compromiso que lo devolvería en el verano siguiente, así, todos los años se repetía como un ritual de préstamo y entrega, hasta el final de los tiempos.

Fabio José Saavedra Corredor
Miembro Academia Boyacense de la Lengua