El lirismo de lo eterno

Hubo imperios de gloria, mujeres de cuello alabastrino, hombres de penachos relucientes, jinetes de rostros inefables extraviados en noches de perfidia, tardes purpurinas mezcladas de miseria y de licor, églogas que se perdían en incendios de mujer y paradojas de delirio. El humo de los acontecimientos eternos asfixiaba al poeta en lúgubres acontecimientos. El principio del siglo, el final de   batallas innombrables, la conflagración de la Primera Guerra Mundial, las contiendas partidistas que diezmaron el espíritu y aniquilaron la victoria del hombre sobre caros principios de libertad y convivencia.

Sobre esa clámide de grises vestiduras, que evocaba las odas de D´Annunzio, los alaridos de Baudelaire, Mallarmé quien buscaba llegar a la esencia de las cosas, Víctor Hugo quien proclama la victoria de la luz sobre las sombras, “ … la eternidad, los cielos, los mundos ¡Daría por un beso tuyo!”;  sobre ese dorado sol  que fulge sobre las cimas como águilas dormidas, surge la figura del poeta Julio Flórez, con sus versos armónicos plenos de tristeza y conmoción espiritual “ …y la gloria, esa ninfa de la suerte// solo en las sepulturas danza // todo nos llega tarde…// hasta la muerte”.

Al poeta de la melancolía y de la muerte, le asiste ese mundo de lejanías, trazado por la estela del sacrificio. Cuando una delegación de periodistas europeos llegó a Bogotá en busca del bardo, se dio con la sorpresa de hallarlo en las afueras de una taberna, ebrio y desenfocado de la realidad. “- ¿Es usted el poeta Julio Flórez? – Sí. Ese soy yo” – “¿Por qué en ese estado? – Dense cuenta, en este país, la poesía, está hasta en las ruinas y la miseria”.

La estudiante hermosa, del colegio El Rosario de Chiquinquirá, no olvidaría la mañana de ese domingo 27 de junio de 1815 cuando asomó al balcón de su casa con una flor en los labios y ante el poeta que pasaba le dice: “Poeta, dígame un verso”- con tan mala fortuna que la flor cayó de sus labios. El poeta vio la deslumbrante belleza de aquella colegiala, tomó la flor entre sus manos y con voz cadenciosa le respondió: “Dos cosas habéis perdido, ambas en edades tiernas, la una por abrir los labios, la otra por abrir las piernas”. Y prosiguió su marcha.

En una fiesta de la rancia Bogotá, abril de 1917, las mujeres atraídas por el porte y gallardía del poeta, quisieron hacer mofa de su imperturbable traje negro. Él por toda respuesta respondió: “No os enorgullezcáis niñas hermosas // porque líneas tenéis esculturales// vuestras carnes se pudren // y en las fosas todos los esqueletos son iguales”.

Ante sus críticos él simplemente exclama: “¿A qué dar tanto pábulo a la pena que os produce una lírica victoria? Ya la posteridad, grave y serena, // al separar el oro de la escoria, dirá cuando termine la faena, quién mereció el olvido y quién la gloria” (A mis críticos).

Él, que reclamaba un amor volcánico, se expresa así ante la amada casi escéptico: “… ¿Pero tú piensas que el amor es frío? // ¿Qué ha de asomar con ojos siempre yertos? // ¡Con tu anémico amor …anda, bien mío, // anda al osario a enamorar los muertos!” (Tú no sabes amar).

Ante el poeta Rafael Pombo, Flórez elabora candentes versos: “Perdóname poeta, si atrevido // quise herirte también; fúlgidos rastros // nos dejas al volar ¡No estás vencido! // puedes aún colgar tu nido // de las rubias pestañas de los astros” (El cóndor viejo).

Julio Flórez, el poeta de la vida y de la muerte, se instala en ese lóbrego festejo donde solo es posible la derrota y la asunción al olvido. Por eso ante el amor, lanza su llamarada de lamentos: “…Aquella esquiva flor que en una grieta // de mis ruinas nació, cual la violeta, // a un tiempo me hizo pérfido y poeta” (Visión).

Como diría Roland Barthes, todo lector experimenta la dialéctica del deseo, eso nos pasa al aproximarnos al lirismo de lo eterno en Julio Flórez.

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