Mi paso por el Colegio de Boyacá que hoy celebra 200 Años

Todos tenemos derecho a escribir la historia, y con más razón, si hemos sido protagonistas en el devenir de la más grande institución de la educación pública en Colombia. Ingresé al Colegio de Boyacá, con la ayuda de mi padrino de bautizo Luis Torres Quintero, copartidario y amigo entrañable de mi padre.

El rector Luis Felipe Salinas ‘el Tío Salinas’ y el vicerrector Leandro Quevedo ‘el señor Quevedito’. Foto: Archivo particular.
El rector Luis Felipe Salinas ‘el Tío Salinas’ y el vicerrector Leandro Quevedo ‘el señor Quevedito’. Foto: Archivo particular.

Única vez en mi vida que sin mérito, he tenido un privilegio tan significativo. Que duró poco es cierto, pero que hace parte de mi formación. Transcurría el año 1962 y por esas cosas de la vida, mi padre había muerto en 1959 y mi madre recurrió al Compadre; político de gran prestigio, para lograr que se me ingresara en calidad de interno, además el rector Luis Felipe Salinas “el Tío Salinas” y el vicerrector Leandro Quevedo “el señor Quevedito”, eran colegas de mi madre, como educadores.

Nada fácil dejar la vida hogareña, y especialmente a mi madre, con quien mi vínculo afectivo era muy especial, en el que tuvimos que fortalecernos y ayudarnos mutuamente en la muy difícil situación de viudez y orfandad tempranas. Venido de la provincia, de costumbres pueblerinas y entrar en un ambiente de hábitos tan diversas como los orígenes de mis compañeros de clases, donde sobresalía un muchacho mayor que yo, oriundo de Sogamoso y quien se imponía con sus malos hábitos y su fuerza.

Recuerdo mis intervenciones el coro de la misa los domingos, las escapadas del internado los sábados en la noche, para ir con los sobrinos del rector, que eran de Chiquinquirá a bailar con y regresar antes del amanecer, sin que nos descubrieran. Fui integrante de una banda de muchachos llamada la Boa, yo era el menor de todos y fungía como la mascota del grupo.

Mis calificaciones, a mediados del año, eran un desastre total, solo aprobaba religión, por aquello del coro dominical, y deportes. Aquella vez llegó mi madre al colegio convocada por el señor rector, a su despacho, y en una reunión muy privada mi madre le pidió en cinturón al “Tío Salinas” y me dio unos cuantos correazos, que sirvieron para que al final, perdiera el año por solo tres materias. De nada valió mi estupenda pero no suficiente recuperación y tuve que “volarme” con mi baúl y colchón, en un descuido de don Braulio, el portero del colegio.

Muro de Exaltación de la Mujer Colombiana, en la culata del edificio central, donada por Eduardo Malagón Bravo. Foto: Archivo particular.
Muro de Exaltación de la Mujer Colombiana, en la culata del edificio central, donada por Eduardo Malagón Bravo. Foto: Archivo particular.

De esta magnífica experiencia me queda el recuerdo de los dos personajes más importantes de la institución, el severo “Tío Salinas” y el amable y bondadoso “señor Quevedito”, a quienes hoy les rindo el más sincero y fervoroso reconocimiento por su gran compromiso como educadores de verdad. Ya en estos tiempos de regreso a mi tierra, luego de viajar por el mundo, y dedicarme a la recuperación de nuestro patrimonio histórico, he tenido actuaciones para dejar también, testimonios de veneración a esta noble institución Colegio de Boyacá.

Además de una interesante exposición de mi colección de Arte Patriótico Boyacense, la más grande en América Bolivariana, promoví en la sede central del colegio la creación del Muro de Exaltación de la Mujer Colombiana con la donación de la placa de mármol con medallón en bronce de mi autoría en honor a Policarpa Salavarrieta, a quien siempre he refrendado mi admiración como la mujer, símbolo del valor y grandeza de la mujer colombiana, ratificando su origen moniquireño, que se mantiene en disputa con otro lugar de la geografía colombiana.

En esa misma culata a dos aguas, doné la placa de mármol y medallón en bronce en honor a doña Juana Velasco de Gallo, heroína tunjana, quien organizó la confección de cientos de camisas para los soldados en ‘La entrada triunfal del ejército Libertador a Tunja’, ciudad heroica y taller de la libertad; además organizó un espléndido banquete, en honor a los héroes Libertadores, en la mansión que hoy es sede del Club Boyacá.

Como exalumno del Colegio de Boyacá, entregué también en donación a mi amado claustro, la efigie del General Santander, con ocasión de los 80 años de su creación. Hechos son Razones Para mantener dinámica y vigente, nuestra veneración a este primigenio recinto de la Educación Pública en Colombia.

*Por: Eduardo Malagón Bravo,
exalumno Colegio de Boyacá, Presidente fundador Confraternidad Bolivariana de América y custodio del fuego sagrado de la Libertad Patriota Boyacensista.

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