Alentador panorama en medio de la tormenta – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

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Se han hecho las audiciones en toda la zona andina de Colombia para elegir a los representantes de cada región al más afamado e importante Festival de la música folclórica en Colombia, el Mono Núñez, evento que llega ya a sus 48 años de vida institucional convertido en plataforma de promoción y visibilización del talento nacional. 

Cada delegado de Funmúsica en su departamento lideró esta etapa para que el material, en audio y video que se envía a la plenaria, esté en las mejores condiciones técnicas, asunto preponderante para el comité y jurado evaluador a la hora de hacer la selección de las 14 agrupaciones en el género vocal y 14 en el instrumental que llegarán finalmente a competir por las codiciadas bandolas del gran premio Mono Núñez en el coliseo Gerardo Arellano Becerra de Ginebra, Valle del Cauca. 

En algunos departamentos como Boyacá se acostumbra a realizar desde hace 30 años la audición publica y concierto de gala, donde además de mostrar el talento de los participantes y hacer una especie de réplica de lo que ocurre en el coliseo de Ginebra, se rinde homenaje a una institución, compositor, intérprete o cultor que por sus méritos se haga merecedor a tal reconocimiento; y todo esto es posible gracias a la concurrencia y apoyo del sector público y privado que, como en esta ocasión, auspició la Alcaldía Mayor de Tunja y la secretaria de cultura y turismo de la ciudad en una alianza estratégica donde resultó favorecida la ciudadanía, el arte, los artistas y la cultura. 

Lo que tal vez no saben muchos es la enorme participación que hay en éste y otros Festivales de la música andina colombiana de los niños, jóvenes y adolescentes a quienes se les ha puesto el rótulo de “reguetoneros” y que, por la abrumadora influencia de las redes sociales y la complicidad de algunos medios de comunicación, pareciera que solo son mensajeros de malévolos textos como “perrea mami perrea” o “felices los cuatro”. 

Para fortuna de la identidad, nuestra música esta más viva que nunca y el hecho de estar siendo abordada por nóveles generaciones garantiza larga vida a los bambucos, torbellinos, pasillos, valses y guabinas, ritmos que en otrora se le asociaban únicamente a los abuelos y campesinos pero que hoy y en medio de la incontrolable avalancha de la modernidad, la cibernética el fetichismo y los antivalores promovidos por quienes deberían acometer acciones ejemplarizantes, sobreviven y son enarbolados por los relevos generacionales. 

Este fenómeno se debe en gran parte al surgimiento asertivo de renovados y estructurados procesos de formación artística promovidos en algunas administraciones que se la juegan e invierten recursos en este propósito, a sabiendas que están forjando nuevos embriones humanos, pero ellos con un sello identitario tatuado en su corazón y una encomienda indelegable que los convierte en pregoneros de estimulantes momentos y artífices de la prolongación del acervo ancestral en el tiempo. 

En Colombia han venido surgiendo varios eventos y Festivales donde se promueve el talento de los infantes y la motivación para que sean ellos los encargados de tal relevo en la interpretación y valoración del cancionero colombiano, como el caso del Concurso Cacique Tundama en Duitama, el Cuyabrito de Oro y Turpial Cafetero en Quindío, el Encuentro de Pasilleritos en Aguadas Caldas, el Festival Hormiga de Oro de Bucaramanga o el Encuentro Infantil “Mateo Ibarra Conde” que lidera Funmúsica en el marco del Mono Núñez en Ginebra. 

Estos espacios han sido el caldero para la promoción y preservación de nuestra música y de allí han brotado nuevos frutos en la parcela de la identidad que hoy ostentan importantes posiciones en el concierto nacional – internacional convertidos en verdaderos embajadores de lo nuestro ante el mundo. Este es el caso de muchos artistas del país y del departamento de Boyacá que iniciaron su capacitación en modelos pedagógicos y escuelas artísticas municipales y hoy son aplaudidas figuras en la escena mundial. 

Cual importante es entonces el desarrollo de los procesos formativos, pero más que esto, la construcción de políticas públicas que ocasionen su permeancia en el mediano y largo plazo; para no echar por la borda lo construido con tanto esfuerzo en tan solo segundos cuando se presentan los cambios de administración y llegan los irreverentes “sabios” a cambiar todo y a gobernar con el retrovisor pegado a la conciencia de su desconocimiento. 

Si los candidatos y políticos supieran de la importancia que tienen estos procesos, si conocieran tan solo un  poquito de los beneficios que esto trae para la reconstrucción del tejido social y si dejaran a un lado su voraz apetito por sacarle “tajadita” a todo, entenderían que con estos sistemas de formación no solo se logra la transformación social sino que se genera todo un accionar de cosas gratas para la prolongación de la existencia, caso que para fortuna de la patria se hace en algunas zonas del país donde hay valiosas escuelas de formación artística y este capítulo se aborda con la seriedad  y responsabilidad que amerita. 

Para los incautos e indolentes que se niegan a dar respaldo a estos procesos les dejo estas postales de las regionales del Mono Núñez para que despierten de su letargo y entiendan que la música y el folclor no es solo para “viejitos” como erróneamente afirman, sino que hay una sangre nueva y esperanzadora que está renovando el sonido  de  requintos, tiples, guitarras y bandolas y que anidan la síncopa del bambuco en su garganta, tal vez para confundir al torpe “reguetón” ese fenómeno mediático que tanto daño ha causado a la identificación ancestral de nuestro país.  

En esto, por supuesto, juega un papel muy importante los padres de familia, porque son ellos los encargados de incentivar y promover en el hogar los valores en la edad primaria, ese periodo de la existencia donde se adquieren los cimientos de la formación humana y donde se puede proyectar, ya sea la construcción de una gran escultura, o un adefesio por el que se lamentarán el resto de la vida. 

Contrario a lo que aseguran algunos desparpajados psicólogos, los valores y las rutinas se afianzan desde la edad 0, y es allí donde se forma el verdadero juicio del respeto, la disciplina y ese criterio de valoración que solo tienen quienes fueron educados para adquirirlo y entonces así y solo así se puede distinguir y seleccionar entre lo bueno y lo malo, lo horripilante y lo estético o lo provechoso y lo que definitivamente no aporta, es tóxico, no construye y no sirve como elemento de proyección y crecimiento. 

El concepto de dejar hacer al infante lo que quiera porque según los nuevos “expertos” se les atrofia el libre desarrollo de la personalidad, es pura carreta, una mentira fácilmente comprobada y debatible porque para ello hay muchos ejemplos donde los niños y jóvenes son libres, analíticos, pensadores, reflexivos y todo lo demás que quieren ser, pero al mismo tiempo son también respetuosos de sus preceptos, conocen su historia, aman sus raizales y valoran su identidad, lo que los hace libres, soberanos y únicos. 

Que sigan surgiendo los modelos pedagógicos en un país donde hace mucho tiempo se invierte en la guerra y no en la paz, donde se prioriza la inversión en metrallas, tanquetas y artefactos y se aplaza para siempre la de los tiples y guitarras; donde se reparten las tortas burocráticas a costa del sacrificio de los sueños y anhelos de los infantes; donde se promulgan discursos sin conocimiento con una ignorancia abrumadora; donde los públicos exigen la presencia de reguetoneros en los grandes espectáculos con costos abrumadores antes de invertir en los niños, en el arte y la​formación integral que es el eje transversal de toda proyección humana. 

Que alentador resultó ver a nuestros niños en la pasada eliminatoria del Mono Núñez empoderados de su música, de esa música que no se ha quedado estancada, sino que por el contrario ha venido evolucionando y corriendo como la agüita alegre; encontrando en las fusiones con el Jazz, el Bossa-nova y otros aires, los colaborativos para seguir más viva que nunca y permanecer por muchas más décadas como la huella indeleble de nuestros raizales. 

A quienes aún permanecen en el sueño profundo de su apatía los invito con mucho respeto a que se den una oportunidad y asistan a conciertos y eventos protagonizados por nuestros niños para que encuentren la brújula perdida y se aten a lo que realmente alienta y vale la pena. 

A los políticos que pupitrean y se pavonean con arrogancia en los concejos, asambleas y el congreso los invito a salir de ese momento para entender que con cada modelo pedagógico de formación artística que promuevan están salvando cientos de vidas y generan un verdadero desarrollo, ese que jamás podrán otorgar las grandes moles de cemento y menos los estudios y estudios que luego de haber costado miles de dólares los archivan para cambiarlos por otros, según la perspectiva arrogante e intereses individuales de los administradores de turno. 

¡GRACIAS!  ¡GRACIAS! y más ¡GRACIAS! a los mandatarios, líderes, funcionarios públicos, docentes, directivos de establecimientos educativos, medios de comunicación, padres responsables y comunidad en general que les permiten a los niños acercarse a estos tranquilizadores modelos de vida donde la identidad es la mayor herencia que podemos dejar y transmitir a las presentes generaciones y ¡GRACIAS! y nuevamente ¡GRACIAS!  a espacios, festivales, procesos y programas que como el Mono Núñez nos hace entender que, SI es posible soñar, no con la patria que queremos, sino con la patria que tenemos.  

Dar la oportunidad a un niño de acercarse a su música y su folclor es la más acertada y plausible decisión porque…»nadie ama lo que no conoce».

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