Un corazón, dos vidas – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

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Los días soleados se habían quedado en los recuerdos del verano anterior, igual que los días de la primavera, con los extensos cultivos de cerezos y ciruelos florecidos, parecidos a gigantescos tapetes extendidos sobre el valle, los exuberantes colores de las flores, la alegría de los trabajadores y los días despejados estaban en la memoria de Liderato, contrario a los pensamientos que hoy bullían en su mente como si fueran el vórtice huracanado de una tormenta.

Hoy en pleno invierno, a pesar del día helado y la amenaza de lluvias anunciadas por la radio, Liderato no se detuvo, y sin pensarlo dos veces, después del desayuno, se enfundó en la gruesa chaqueta de invierno y luego de revisar los cordones de las botas, se lanzó al intenso frío en el campo abierto y con paso firme se perdió en la distancia por el camino que llevaba al río, no le importó cuando le cayeron las primeras gotas, con cuidado se acomodó la capucha de la chaqueta, como si no quisiera que se le mojara el preciado cofre en el que bullían sus cavilaciones.

Siempre le sucedía lo mismo por las épocas de invierno, cuando los días se tornaban opacos, el frío parecía encoger los cuerpos y el silencio se iba apoderando del entorno, interrumpido de vez en cuando solo por el silbido sobrecogedor del viento, cuando acariciaba las desvestidas y entumidas ramas de los cultivos, todo esto lo llevaba a perderse en sí mismo, en ese mundo interior qué sólo él conocía y al que nunca entraban extraños, desde la noche anterior no cruzaba palabra con nadie, y cuando esto sucedía, todos respetaban su estado de recogimiento.

En medio de la incipiente lluvia, avanzó pensando en la esencia de la vida, en el engendrar, nacer, vivir y morir de un ser común y corriente, una vida para un cuerpo y un cuerpo para una vida, con todo su organismo dedicado a mantener avivada la llama de la existencia.

Así, perdido en sus extraños razonamientos, arribó a la pequeña cabaña ubicada cerca a la orilla del río, dónde sus necesidades básicas estaban resueltas, allí pasaría el resto del invierno con sus viejos amigos; la soledad y el silencio, en medio de las noches oscuras y los días grises se entregaría a encontrarle explicación a sus trascendentales preocupaciones, todas nacidas en el inevitable trasplante de corazón, al que se había visto abocado hacía unos años, lo que le permitió prolongar su vida con un corazón ajeno.

Grave dilema que amenazaba con acercarlo a la demencia, últimamente se percibía como si en su cuerpo vivieran dos seres antagónicos.

Liderato, desde niño había tenido una habilidad innata para el caudillismo, nació con ese sello que traen en las mentes los líderes, a donde él fuera, las personas a su alrededor esperaban sus instrucciones para seguir el camino, era tan solicitado, que sus seguidores empezaron a sufrir esa rara enfermedad que lleva al fanatismo.

Sus orientaciones no se discutían, se cumplían, especialmente antes del trasplante, cuando en sus prioridades solo contaban empresa, resultados y estadísticas, para él el ser humano solo era un número, si producía servía, si no, era invisible, esto lo alejaba cada día más de la paz interior, que tanto necesitaba para vivir en armonía, por eso desde hacía un tiempo, añoraba los días invernales, cuando se retiraba a la cabaña, a disfrutar su mundo interior y a sanar sus penurias.

Había notado, desde su cirugía, que las personas habían dejado de representar para él tan solo la frialdad de un número, entendió el valor de una lágrima, de una sonrisa, igualmente la diferencia entre la verdad y la mentira.

Se sintió endeble cuando se vio navegando en un mar de contradicciones, la anterior dureza de sus juicios felizmente la había perdido, como si el nuevo corazón le hubiera despertado una conciencia bondadosa en su nueva vida, develando lo ético en su corazón y sentimiento.

En ese invierno, el giro de su vida le produjo angustia, llegó a pensar que el corazón prestado estaba mal acostumbrado y seguramente quería cambiar todo de cabo a rabo. Nunca quiso saber de su sacrificado donante y decidido se propuso conocer su origen.

Grave cosa, no había dejado de caer el último aguacero, ni se habían secado los charcos del camino y ya estaba metido de cabeza, escarbando los secretos que nadie quería entregarle, hasta que llegó el día de la gran sorpresa, el donante era un odiado guerrillero que sin pensarlo y sin saber para quien era, no dudo en darle vida, aunque estuvieran parados en diferentes orillas.

Esa verdad acabo de confundirlo cuando quiso con sus propias manos abrirse el pecho y sacarse el corazón que le daba vida, pero la bondad que estaba floreciendo lo detuvo, entonces entendió que la humanidad y la vida eran una sola, también comprendió que subsistir es una tarea y un derecho de todos, en ese momento sintió una dulce paz en su corazón compartido.

Moraleja
“La vida y la naturaleza son perfectas
El ser humano es el imperfecto
En su juicio y decisiones”.

Fabio José Saavedra Corredor,
Miembro Academia Boyacense de la Lengua

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