Las trenzas de mi abuela – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Cuando a sus escasos siete años, los doctores de la ley facultaron al pequeño Daniel para tener uso de razón, al niño se le había convertido en un compromiso casi religioso, pasar los días de Semana Santa con sus abuelos, por eso sus padres, desde el viernes anterior lo habían subido al bus, con miles de recomendaciones para el gordo Tarcisio, el voluminoso conductor de la chiva que a diario viajaba al pequeño poblado, el que en la distancia parecía un pesebre colgado en una de las montañas, al final de la serpenteante vía que ascendía desde el valle.

Encarecidamente le habían advertido que debía entregar al niño personalmente al abuelo, lo cual era ya una misión cumplida, porque el viejo los esperaba, firme como militar de mil batallas, parado en la puerta de su casa, por donde debía pasar obligatoriamente el desvencijado bus.

En ese lugar agreste y pastoril, los días transcurrían en agradable rutina, en las mañanas después del desayuno, el abuelo se sentaba en el sofá del corredor a leer el periódico y el nieto jugaba con Galilea la gata consentida, que entre coqueta y esquiva, se escabullía por entre las materas del jardín y los muebles.

Así pasaba el tiempo, hasta que la Nona salía de tomar su baño diario, entonces se sentaba en su silla preferida a tomar el sol en una esquina del patio central de la casona, era otra de sus rutinas de vida, que sólo cambiaba los días de lluvia. 

El niño disfrutaba ver a la abuela, cuando derramaba su cascada de pelo y el rostro se le perdía, como si ella se escondiera entre su tupida selva Negra, pintada con el color de las noches de invierno. El abuelo le había contado, que a ella cuando niña, le gustaba salir a correr bajo la lluvia en las noches de tormenta y la oscuridad se había quedado dormida en su cabellera.

Mientras el niño seguía atento a las historias del viejo, la Nona se dedicaba a acariciar y sacudir la abundante cabellera, para que los tibios rayos del sol pudieran cumplir su tarea, hasta que con las dos manos, y sin mirarse en un espejo, lo abría en dos mitades, como si estas fueran el telón del teatro cuando empezaba la función, entonces su rostro emergía resplandeciente, fresco como el agua del aljibe, pleno de luz, ella sabía que el nieto estaba sentado en el último escalón de la escalera y que la miraba embelesado, igual que el abuelo, quien como el que no quiere la cosa, no perdía detalle, observándola por entre las hojas del periódico. 

En esos momentos, la imaginación del pequeño volaba con la agilidad de un colibrí besando las flores, pensaba que el arreglo del cabello de la Nona, era igual a un instante en las mañanas, cuando su Mamá abría las cortinas y la luz entraba a raudales en su cuarto, anunciando el nuevo día, de la misma manera, que la sonrisa cálida de la abuela alegraba a la familia.

En tanto los ojos amelados de ella despedían chispitas de ternura y amor por el niño, al mismo tiempo que ordenaba con su voz única, tranquila y segura, “Saturia, tráigales mandarinas al abuelo y al niño”, ellos degustaban con placer el jugo de la fruta, igual que el olor a hierbabuena y poleo que emanaba de la fresca melena de la Nona, ella por su lado continuaba tejiendo las más hermosas trenzas, dándole a su rostro un revitalizante aire juvenil, solo en los días de fiesta o ritos religiosos se recogía el cabello tras de la nuca, en una moña con una llamativa hebilla andaluza, la que realzaba su elegante figura, todo lo hacía con la destreza de los años, con el vuelo ágil de sus diestras manos, las mismas que hoy su nieto seguía amando en el recuerdo. 

Todos los años cuando llegan los días de Semana Santa, él vuelve a subir las viejas escaleras, en las que acostumbraba sentarse a verla tejer sus memorables trenzas, mientras que el urdía su inagotable cariño y los recuerdos de la más bella de las Nonas.

Hoy el inquieto nieto, después de tantos años y ya abuelo, en la misa de resurrección del Sábado Santo, lleva en brazos a su pequeño nieto Lorenzo, y cuando en el altar de la vieja iglesia del pueblo, las enormes cortinas negras se abren para mostrar al Resucitado, le cuenta a su pequeño nieto, la historia de la bisabuela,  cuando partía en dos su delicado cabello para regalarles la sonrisa más bella, anunciando solo cosas buenas como su mejor herencia, también recordó la tarde, cuando ella no quiso atender una visita, hasta no terminar de tejer sus trenzas, y dijo:

“mijito, trenza no terminada, 

siempre será cabeza despeinada”

Fabio José Saavedra Corredor, 

Miembro Academia Boyacense de la Lengua.