Siembra de versos – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

La noche, con el cielo encapotado por espesas nubes, anunciaba tormenta, el viento amedrentado por la espesa oscuridad, posiblemente se había quedado a descansar en los cerros, las copas de los árboles permanecían inmóviles como felinos al acecho, los búhos y las lechuzas con sus enormes ojos, parecían adornos de árbol de navidad vigilando la oscuridad, la cual cada vez se hacía más densa.

Inesperadamente, empezó a asomarse en el horizonte la luz tenue de la luna, que cubierta por el velo misterioso de las nubes, hacia más inquietante el paisaje nocturno de ese 13 de octubre

En medio de la noche se escucharon unas pisadas sigilosas avanzando lentamente por el sendero, rumbo a la playa donde desembocaban al mar las aguas del río Córdoba, las enormes olas parecían devorar las aguas dulces para calmar la sed de su interminable peregrinaje. Clemencia aceleró sus pasos, sin descuidar las precauciones, cuando vio el perfil de las palmeras y oyó el inconfundible sonido del oleaje, anunciando la proximidad de la playa, donde año tras año los escritores celebraban el ritual de la fertilidad de las letras y el pensamiento creativo.

En el momento en que salió al espacio abierto, ayudada por la luz de la tímida luna, se dedicó a amontonar pedazos de madera seca, mientras que por diferentes lugares empezaron a surgir siluetas de hombres y mujeres que con entusiasmo le ayudaron a reunir más troncos y ramas secas para la fogata. Alguno de los presentes avivó un pequeño fuego que pronto se convirtió en una enorme hoguera con danzantes lenguas de fuego en armonía con las sombras.

Todos permanecían en círculo alrededor de las llamas, levantando los brazos al cielo y cayendo de rodillas sobre la arena, luego tomados de la mano, girando en círculo e invocando en coro a la musa de la poesía, todo sucedía en medio de esa noche mágica, guiados por la voz de Clemencia la poeta, hasta que la luna llegó al centro del cielo, los velos de las  nubes fueron desapareciendo, la noche brilló con todo su esplendor y la danza se suspendió, entonces los cultivadores de las letras, se inclinaron sobre la playa y con la delicadeza de sus manos, fueron ahondando en la arena húmeda con extraña ternura, como si acariciaran el vientre fértil de la tierra, allí fueron depositando en silencio al menos una de sus obras, cubriéndolas luego con arena y entonando el verso, la Verdad del Escritor

«Hay cosas en la vida

Que nunca puedes perder,

Servir, amor y fe

y un verso por componer.»

Así con gran devoción, como si hubieran sembrado un gran cultivo de letras y acompañados con las notas de la guitarra del Poeta Hipólito, entonaron los versos de la fertilidad literaria, mientras la enorme luna llena sonreía satisfecha, antes de que esta empezará a cubrirse nuevamente con su manto de niebla, vieron descender del corazón de Selene la musa Calíope, hasta quedar suspendida en el aire ante los ojos estupefactos de todos, luego ella fue tocando con su estilete el corazón y la mente del poeta que recogía su obra del vientre fértil de la playa, y sin detenerse se acercó a la anciana Clemencia,  para llevarse su espíritu  al viaje de no regreso, dejando su cuerpo reposando en la arena, la misma que había recogido a diario los pasos de su vida,  expresión viva de sus versos en la placidez de su sonrisa, cuando entre todos la entregaron en brazos de las olas del amor de todos sus días, el inspirador mar Caribe.

Así los encontró la madrugada cantando versos, del ritual de las letras en todos los tiempos, herencia de la admirada poeta la gran Clemencia, que en esa madrugada voló con la brisa, como siempre había soñado partir, con el abrazo de música y poesía.

Fabio José Saavedra Corredor

Miembro de la Academia Boyacense de la Lengua

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