Navidad, tiempo de paz y perdón – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Todos los años por estas épocas, el ovillo de la vida seguía desenvolviendo las rutinas del tiempo, entonces los libros y deberes escolares quedaban confinados en los cuartos de San Alejo, inevitablemente el calendario de vacaciones empezaba a desgranarse, igual que las Ave Marías y Padrenuestros en la camándulas de las beatas en la iglesia del pueblo, en esta época de verano el cielo nocturno se cubría de estrellas y los días se hacían más largos y calurosos.

Desde temprano yo había viajado a casa de mis abuelos a disfrutar la temporada de vacaciones escolares, no había terminado el primer día y en el atardecer estaba deleitándome en la bienvenida con el abrazo tierno de la abuela, bajo la mirada seria del abuelo, que se limitaba a pasar su enorme mano por mi cabeza alborotándome el cabello.

Los ojos de la abuelita María Luisa tenían un encanto especial, su mirada tenía la tranquilidad del agua en el arroyo, ella desbordaba bondad y dulzura, yo no recordaba haberla visto alguna vez alterada, después del almuerzo tenía por costumbre sentarse en el balcón,  acomodándose en su eterno sillón, tapizado en la misma tela floreada que lucían las fotografías en blanco y negro de los viejos álbumes familiares, en ese momento acercaba una cesta de mimbre, de la que iba extrayendo medias de lana y con un bombillo se ayudaba para encontrar el roto que debía zurcir.

Siempre se había ufanado de su excelente visión, la que ponía a prueba enhebrando los hilos en el pequeño ojo de las agujas, en esta actividad pasaba tardes enteras, evitando la siesta, según ella, la causa de la obesidad en el abuelo. Perdida entre hilos, agujas y ropa que requería de su paciente tratamiento de recuperación, sólo se rebullía incómoda cuando el abuelo profería ronquidos ahogados en medio del sueño.

Entonces hacía a un lado sus labores terapéuticas de costurera de todos los tiempos y levantándose del sillón entraba por la puerta de la alcoba, caminando como si no tocara el suelo, daba la sensación que levitara, porque sus pasos no arrancaban quejidos en el tablado del cuarto, acercándose a la cabecera del lecho y con el cuidado de un ángel, arreglaba la almohada para que el torcido cuello del abuelo dejara de tragarse el aire a la fuerza.

Luego regresaba silenciosa a seguir la tarea, mientras yo había regresado del huerto con los bolsillos llenos de frutas y me entretenía saboreando un delicioso zapote. Mientras tanto, yo permanecía recargado contra la baranda del balcón, observándola en su paciente trabajo de reparar prendas, para darles una nueva oportunidad de vida, igual que al bíblico Lázaro.

Inesperadamente ella levantó su hermosa mirada azul cielo, viéndome con el infinito amor que solo puede ofrecer el corazón de las abuelas, y suspendiendo su labor descansó en su canto las medias acabadas de zurcir y dejando que su voz volará como la brisa dijo: “mi chinito la Navidad es un regalo de Dios, para que detengamos la azarosa carrera de la vida y pongamos las cosas en orden, de la misma manera que yo zurzo los rotos causados por el uso en estas medias, también debemos corregir las malas acciones, enderezar el camino y volver al buen sendero”.

En ese momento su mirada se perdió en el horizonte para luego dejar oír su sabiduría: “hijo, cuando las ofensas se convierten en heridas pueden causar daños irreparables que nunca cicatrizan, en estos días de paz y perdón, una sonrisa, una mano extendida, un sencillo abrazo o una palabra sincera ofreciendo disculpas, puede ser la medicina que sane los espíritus y nos lleve al olvido de las ofensas recibidas”.

Fabio José Saavedra Corredor,

Miembro de la Academia Boyacense de la Lengua