En defensa de la presencialidad en las universidades – David Sáenz #ColumnistaInvitado

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En defensa de la presencialidad en las universidades - David Sáenz #ColumnistaInvitado 1

Desde el segundo semestre del año 2021, algunas universidades han ido retornando a la presencialidad. La tarea no ha sido fácil. En primer lugar, ha significado un gran trabajo en términos de protocolos de bioseguridad, para que, aulas, laboratorios, bibliotecas, cafeterías, auditorios, pasillos y demás espacios de la vida universitaria pudieran ser utilizados de acuerdo con los tiempos pandémicos que vivimos.

La universidad en donde enseño, en la ciudad de Tunja, ha dado inicio a las clases presenciales desde el mes de agosto del presente año. Al inicio había un poco de temor de los estudiantes y de los profesores frente a esta nueva realidad: el distanciamiento social, el uso del tapabocas y el constante lavado de manos. Sin embargo, era evidente que la comunidad académica anhelaba regresar a la vida universitaria.

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Durante más de un año, las clases se llevaron a cabo a través de las herramientas de la información y la comunicación. Estas fueron de gran ayuda para poder continuar estudiando y trabajando, no obstante, los estudiantes y los profesores ya se sentían agotados. El tedio había llegado.

Al iniciar las clases presenciales, una pregunta que poco tenía lugar en la virtualidad tuvo cabida: ¿cómo vivieron los estudiantes y los profesores las clases virtuales? Muchos y muchas estudiantes manifestaban el constante sueño, el tedio, lo difícil que resultaba concentrarse mientras que sus hermanos pequeños también hacían sus labores académicas, o mientras que alguien cocinaba o hacía alguna labor doméstica. Así mismo, la constante distracción que suponía escuchar los ruidos de la vida cotidiana del exterior: el vendedor de aguacates, de tamales, de repuestos, de chatarra, etc., imposibilitaba estar atentos a las clases y a todo lo necesario para continuar con la formación.

Por parte de los profesores, en especial para los más veteranos, la virtualidad fue un motivo de estrés. El enfrentarse a otras mediaciones distintas al proyector y al computador del salón, o al tablero acrílico, significó un gran traumatismo para muchos. Las redes sociales se invadieron de memes en donde se escenificaba la burla al docente y su frustración. Por otra parte, resultaba muy difícil para el maestro sentir que no tenía interlocutores y que le hablaba a una pantalla que no le podría rebatir ni cuestionar absolutamente nada.

Ahora bien, para el estudiante y para el profesor, la virtualidad, especialmente en un modelo que pretendía imitar la presencialidad, resultó ser una carga muy pesada. Afortunadamente, las universidades poco a poco están abriendo sus campus a los estudiantes y a los profesores.

Los seres humanos somos de ritos, estudiar es un rito y para que éste se pueda vivir de la mejor manera, se requieren de espacios que lo posibiliten. Esto es lo que hacen las universidades con toda su infraestructura y sus espacios diseñados para el aprendizaje, propiciar que el rito de estudiar se viva a plenitud. Por consiguiente, es vital para la vida académica universitaria que sus campus sigan siendo templos del encuentro y del saber.

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