La gratitud es la memoria del corazón -José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

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Los mayores dicen que “la camisa no es para una sola postura”, refrán sabio que revela una sana meditación en instantes cuando más se requiere de echar mano del repertorio donde se encuentran esos valores, diezmados por una sociedad que devora todo y se vale de cualquier mecanismo para lograr sus propósitos individuales.  

Cuando recibimos una llamada de algunas personas se suele escuchar: “Lo llame primero para saludarlo y saber cómo está y segundo para pedirle un favor”. Tengan por seguro que lo primero es solo uno de esos cumplidos que se usan con frecuencia como libreto acomodado, porque el objetivo de aquella sorpresiva invocación solo es el segundo, pedir un nuevo favor.  

El ser humano olvida con asombrosa facilidad las cosas buenas, y se convierte a menudo en el retrato vivo de aquella comunidad que logró llegar al futuro codiciado, pero, se olvidó de dar las gracias a la generación que lo hizo posible; nada distinto a lo que sucede a nuestro alrededor, y aunque hay muchos que damos todo sin pedir nada a cambio, siempre será reconfortante escuchar un ¡GRACIAS! como expresión espontanea que ratifica el compromiso.  

Si la ingratitud es una forma de indiferencia y desprecio, un egocentrismo tan ofensivo que nos hace olvidar a aquellos que en algún instante de nuestras vidas nos beneficiaron e hicieron posible nuestros anhelos, ¿entonces, es eso lo que merecen quienes nos dan la mano, incluso en los instantes más aciagos?  

La ingratitud no reconoce el mérito de los demás a los favores que a diario recibimos, todo lo contrario, los ignora porque la desafección es una forma de egoísmo devorador que interpone todo principio, con tal de lograr el objetivo individual codiciado para alimentar la vanidad y el ego. 

Los expertos dicen que esta terrible acción del individuo puede provenir de una mala educación fomentada en el hogar, que es donde se adquieren los primeros y más importantes fundamentos de vida, lo atribuyen también a una forma de arrogancia y a una de las tantas manifestaciones de la envidia; sin embargo, cualquiera que sea su origen, las sentencias de ingratitud producen una frustración y una herida emocional que tarda en sanar con el tiempo.  

Ahora bien, la gratitud es el reconcomio que nos hace apreciar un bien, beneficio o favor que se nos haya otorgado y esa apreciación hace que deseemos corresponderlo de alguna manera, ya sea a través de esa mágica palabra ¡GRACIAS! o mejor aún mediante un gesto noble que logre traducir esa correspondencia de doble vía.  

He escogido del catálogo de ejemplos, uno que me pareció muy oportuno citarlo en esta columna y tiene que ver con el relato de un señor que se acerca a un sitio donde estaban construyendo un edificio. Al estar frente a este lugar de construcción notó que había dos albañiles trabajando: uno de ellos tenía un semblante de apatía   y desconcierto, el otro una sonrisa en el rostro y se le notaba entusiasmado; entonces su curiosidad le animó a preguntarle al primero:

¿qué le parece su trabajo? El albañil lo ignoró y siguió haciendo el oficio y luego respondió: “¡Qué le puedo decir! llevo 30 años haciendo exactamente lo mismo, poniendo un ladrillo sobre otro, a plena luz del sol. No es algo por lo que sentirse feliz, ¿cierto?”  

En seguida, el señor preguntó al otro albañil: Y a usted, ¿qué le parece su trabajo? “A diferencia de mi compañero, yo llevo 20 años en esto de la construcción, pero tan sólo de pensar que este edificio va a ser uno de los más grandes de la ciudad, que durará por generaciones, y que yo tuve la gran oportunidad de ayudar a construirlo, me hace muy feliz y agradecido con la vida y con los que me dieron esta oportunidad.”  

Tan inspiradora anécdota nos debe llamar la atención para agradecer por el trabajo, por las oportunidades y por esos momentos fundamentales que otras personas proporcionan para nosotros, cuando nos dan ese punto de apoyo que nos permite luego, mover el mundo.  

Ser grato es refrendar con hechos tal sentimiento, es acopiar con nuestra actitud esa oportunidad que por lo general buscamos y muchas veces no encontramos porque no siempre las puertas se abren para permitir nuestra entrada a ciertos espacios donde están los retos, que luego de superarlos, nos hace grandes.  

El que pide, pide y nunca logra saciar el hambre por más que tenga la boca llena, es un ser peligroso del que debemos apartarnos ya que su pensamiento toxico solo trae turbulencia, ruina y desconsuelo y en muchas oportunidades terminamos aniquilados por él, a quien siempre hemos servido, episodio sustentado en otros refranes ciertos de los abuelos como: “morder la mano a quien nos da de comer” o, “cría cuervos y te sacarán los ojos”. 

Por lo general, las personas agradecidas suelen enfocarse en las cosas buenas de la vida y eso les hace dueños de una energía positiva que, como un imán atrae y cautiva, pero están las que se quejan por todo, cuestionan todo y lo que sale de su boca es negativo y controversial, es penumbra, es odio, envidia y daño, seres que nunca pronunciaran un ¡GRACIAS! porque esa palabra no aparece en su diccionario de codicia, individualismo y avaricia. 

Se aproxima diciembre, mes de aguinaldos que significa regalos, época para la reconciliación, primero interior y luego con el hermano, la familia, los compañeros de trabajo y los amigos; instante propicio para hacer un pequeño intervalo y empacar el afecto en una de esas envolturas que no requiere de grandes inversiones, sino más bien de pequeñas cosas que revelan nuestra gratitud y ponen de rodillas el espíritu.  

¡Si!, llega ese añorado mes cuando el árbol se viste de regalos y cada quien busca afanosamente el suyo o espera con ansia que el animador pronuncie su nombre para salir en carrera a recibir ese gesto de afecto que alguien desea manifestarle, un momento que queda por siempre y para siempre en la memoria del corazón.  

Se aproxima también el cierre de una vigencia en la que muchos tenemos la fortuna de contar con un trabajo y un escenario de proyección personal, tiempo pertinente para agradecer por tan noble proporción que nos permite llevar el pan a la mesa de la sagrada familia y proyectar ideales de progreso personal y colectivo.  

Hoy hago esta reflexión porque en el momento actual que vivimos es urgente buscar hasta en lo más recóndito ese refundido efecto que a veces ignoramos y pasamos de largo entre los afanes del día a día, pero que tiene un incalculable valor ya que siempre será reconfortante escuchar un ¡GRACIAS! o recibir una manifestación de querencia que alimente el alma y la deje lista para seguir haciendo favores. Al igual que la verdad, la gratitud nos hace libres.

¡GRACIAS! por dedicar un valioso momento de su tiempo para leer estas modestas cavilaciones. 

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