La muerte espera en cualquier lugar – #HistoriasDeHorrorEnBoyacá

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Historia basada en el trágico fallecimiento de Carmenza Alvarado Barrera y sus dos pequeños hijos Arley y José Miguel Gutiérrez Alvarado, ocurrido en marzo del 2013 en Sogamoso.

Por Olga Lucía Álvarez Bernal, especial para Boyacá Sie7e Días

La muerte espera en cualquier lugar - #HistoriasDeHorrorEnBoyacá 1
Muerte de Carmenza Alvarado Barrera y sus dos pequeños hijos en una cuneta en Sogamoso. Foto: Archivo Boyacá Sie7e Días.

Nadie creería que la calle por la que transitaban tranquilamente Carmenza García y sus dos pequeños hijos   —Arley, de 8 años, y Fabián, de 6 meses — de regreso a su casa aquella tarde gris del 20 de marzo del 2013, de un momento a otro se convertiría en un caudaloso río, en el que los tres encontrarían la muerte.

Después de una visita al médico en el centro de salud, Carmenza, una mujer campesina de 26 años, emprendió el regreso caminando hacia su casa, ubicada en un sector oriental de las afueras de la población: sus escasos recursos no le permitían tomar el autobús que la acercaría más rápido a su destino. Llevaba sobre su espalda envuelto en un pañolón a su hijo Fabián, un pequeñín despierto y llorón que se levantaba de vez en cuando, molesto por la vacuna que le habían aplicado esa tarde.

Por el camino encontraron una farmacia y ella aprovechó para darle un vistazo al pequeño; lo revisó y se aseguró de que estuviera bien y lo cobijó de nuevo. Compró algunas medicinas para bajarle la fiebre y el malestar, ya que el niño estaba adolorido por la inyección. Aunque Fabiancito era un bebé muy valiente, se encontraba con malestar en su cuerpo. 

Unos pasos más adelante entraron a un mercado de frutas: allí Arley vio unas fresas deliciosas y provocativas que lo hicieron antojarse; entonces, Carmenza compró un paquetico de frutas para hacerles un juguito cuando estuvieran en la casa y aliviar la sed ocasionada por el largo recorrido de más de una hora para llegar al destino final.

Arley fue el encargado de llevar las fresas y, de vez en cuando, sin que su madre se diera cuenta, sacaba alguna para saborearla. Estaba encantado de poder acompañar a su mamá y a su hermano en lo que consideraba una aventura para conocer su entorno, del cual sabía muy poco.

Continuaron su regreso…de repente, la mujer sintió una premonición en su corazón: muy preocupada le pidió a Arley que aligeraran el paso; a lo lejos vio tornarse gris la tarde y escuchó el ruido de los truenos que anunciaban una fuerte tormenta. Las gotas grandes de la lluvia fueron cayendo sobre su cara y cada vez eran más seguidas; la tierra se fue humedeciendo y de repente esa lluvia se convirtió en una tormenta imparable, que fue llenando de agua las calles y alcantarillas destapadas de las vías, hasta cubrirlas totalmente, ocasionando que el agua residual saliera por los sifones de las pocas casas construidas allí.

Como pudieron, llegaron los tres al cruce del camino, donde terminaba la vía pavimentada y conectaba con los caminos veredales. Estaban empapados y agotados, el frío les calaba en los huesos, eran cerca de las 4:00 de la tarde; la lluvia seguía más fuerte, era difícil ver por dónde se pisaba; una oscuridad súbita cayó en ese instante: varios hilos de agua escurrían de las laderas y caían en la vía.

El agua le daba a las rodillas a Carmenza: el lugar estaba empantanado y a una cuadra solo había tres casitas junto a la vía. Arley iba distraído: como podía avanzaba y trataba de seguir los pasos de su madre, pero de repente cayó en una zanja de las obras inconclusas de alcantarillado que habían iniciado hacía más de 2 años y que nunca había sido tapada.

Gritos de auxilio por el ahogo y desespero del menor de 8 años, que luchaba con fuerza contra la corriente que le sumergía y atrapaba en la alcantarilla, alcanzó a escuchar la madre. Cuando ella volteó para ver en dónde estaba su niño… en cuestión de segundos recordó la vez que Arley le pidió auxilio cuando se atragantó con una pepa de mamoncillo. El niño   jugueteaba con un perro lanzándole pedacitos de pan y a su vez el chico comía mamoncillos que su padre le había traído el día anterior con la advertencia de que tuviera cuidado al comerlos. En un segundo la escena de alegría se transformó en un episodio angustioso: Arley se había atorado con una pepa…La madre le dio tres palmadas en la espalda, lo sacudió para que la expulsara, pero Arley seguía atorado y se fue poniendo morado   —su respiración era agitada—  y sin darse por vencida, Carmenza lo tomó con sus brazos por la cintura, con sus manos lo apretó en el vientre dos veces y ¡Arley volvió a la vida! …escupió y cayó al suelo, mientras que los ojos le ‘lloroseaban’…

En ese momento, el estruendo de otro rayo que cayó la hizo reaccionar: esta vez su hijo estaba ahogándose en una alcantarilla… ella corrió desesperada,  atravesó la calle con su otro niño  cargado en las espaldas, se lanzó dentro de la zanja para ayudarlo y  alcanzó a agarrarle su manito para sacarlo; luchaba con fuerzas, pero se resbaló y el ímpetu del agua fue mayor, tanto así que terminó derribándola a ella junto a su otro pequeño; la corriente caudalosa los  arrastró hacia el fondo de la alcantarilla, ella alcanzó a pedir auxilio y una mujer que vivía en las casas cercanas se percató de la situación.

De inmediato llamó a gritos a los vecinos: dos de ellos salieron a ver qué pasaba y ella les indicó lo que había visto, todos corrieron rápidamente; se dio aviso a las autoridades, pero fue demasiado tarde: la muerte ya había cobrado la vida de los tres caminantes en la alcantarilla.

Quince minutos más tarde las sirenas de los cuerpos de socorro se escuchaban arribar al lugar: la tragedia   enlutaba a una humilde familia, la lluvia por momentos parecía amainar.

Los rescatistas tuvieron que utilizar motobombas para extraer el agua; la operación tardó más o menos media hora, ¡fue un rescate lento y de paciencia … nadie lo podía creer!

Sobre las 5:00 de la tarde fueron encontrando uno a uno los cuerpos.  Las víctimas inertes estaban maltratadas por los golpes recibidos durante el arrastre de la corriente. Una fiscal llegó al lugar y realizó la identificación de los fallecidos. ¡La escena era muy conmovedora! Casi era de noche: varios campesinos se acercaron a husmear lo ocurrido y se encontraron con la sorpresa de que se trataba de sus vecinos; los reconocieron y con prontitud fueron a dar a aviso a Roberto, el esposo de Carmenza, un labriego que terminaba su jornada a esa hora.

Los hombres llegaron hasta la vivienda, llamaron a gritos: “Roberto, Roberto, venga pronto, es su señora y sus niños”. El hombre asustado bajó al escuchar el llamado de sus vecinos y al contarle lo ocurrido, rompió en llanto con un grito de dolor que se oyó en todo el lugar.  Se dirigieron al sitio del suceso, pero ya los habían llevado a la morgue. Roberto, acompañado de un primo, pasó el resto de la noche entre la morgue del hospital y la funeraria. ¡Tenía el corazón oprimido, había perdido las ganas de vivir!, pues ya no estarían más los que le motivaban a seguir luchando; sumado a esto, no contaba con los recursos para dar cristiana sepultura a sus seres queridos.

Entonces, secó sus lágrimas y le pidió al presidente de la junta de acción comunal del sector que le ayudara a recoger algún dinero para este fin. La solidaridad de los vecinos no se hizo esperar y entre todos se reunió el dinero para ayudarle a sufragar los gastos de los ataúdes y el funeral. Los cuerpos de los tres fueron velados en la casa de los abuelos maternos.

En la tarde del funeral muchos curiosos llegaron a la misa; no se había registrado en mucho tiempo una tragedia similar. Indignación, tristeza y conmoción eran los sentimientos entre los asistentes. La noticia circuló por un tiempo en varios medios de comunicación locales y nacionales, pero como todo pasa y todo se olvida, así se fue olvidando la tragedia de esta humilde familia. Un abogado de la capital, que había revisado la prensa de esos días, se conmovió con la noticia, tanto que decidió ir en busca de Roberto. El doctor González era un abogado que se había hecho famoso por ganarle varias demandas al Estado y supo que en este caso sobraban las razones para nuevamente argumentar otra defensa en favor de los más desprotegidos y así podría ayudar económicamente a este pobre viudo y echarse unos pesos al bolsillo. Han transcurrido siete años desde aquel 20 de marzo: hoy se espera que la demanda entablada contra el Estado  tenga un fallo favorable para Roberto, hoy por fin han tapado la alcantarilla,  nuevos vecinos han construido en el  sector otras casitas; son las 3:00 de la tarde: por el lugar pasa un grupo de caminantes y miran inquietos las tres  cruces en recuerdo del hecho luctuoso, y detrás veo a Roberto pasar caminando con su mirada triste, buscando una explicación; se echa la bendición en frente de las tres cruces, quizás pensando por qué la desidia, el descuido y el abandono del Estado causaron que en una alcantarilla sus  seres queridos partieran accidentalmente a la eternidad.

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