El envenenamiento masivo en Chiquinquirá que fue noticia mundial – #HistoriasDeHorrorEnBoyacá

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Era sábado, el calendario marcaba el 25 de noviembre del año 1967, en la ciudad muchos se preparaban para asistir a la clausura de estudios de los planteles educativos, pero de un momento a otro todo fue confusión, histeria, muerte y amargura.

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La tragedia más grande de Chiquinquirá, conocida como el envenenamiento masivo, se registró 25 de noviembre del año 1967. Archivo Boyacá Sie7e Días.

Como ya era tradición en la ciudad, muchos chiquinquireños mandaron temprano a algunos de sus hijos o a las empleadas de servicio a comprar el pan para el desayuno a la panadería Nutibara, de Aurelio Fajardo Arévalo, ubicada en la esquina de la calle 18 con carrera octava, en donde se preparaban los mejores amasijos, atendían bien, daban encime y hasta fiaban.

Muchos madrugaron porque la Escuela Normal de Señoritas Sor Josefa del Castillo y Guevara iba a hacer la clausura de estudios a las 10:00 de la mañana en el teatro Furatena. De igual manera, se tenía previsto para ese día, a las 3:00 de la tarde, el acto de terminación de clases del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

Todo transcurría con normalidad: algunos padres de familia desayunaron con sus hijos y se salieron a cumplir con sus quehaceres. A los pocos minutos los niños empezaron a quejarse de fuertes dolores de estómago y falta de respiración, vomitaban, gritaban y algunos de ellos hasta sufrieron desmayos.

Simultáneamente, en varios hogares los padres cargaron a sus hijos y comenzaron a correr hacia el hospital. De un momento a otro, todo fue confusión: las calles, pero especialmente la puerta principal del hospital donde la histeria se apoderó de unos y otros, pues algunos niños estaban muriendo en la entrada del centro médico.

Las escenas que se registraron esa mañana en las calles y en el Hospital San Salvador marcaron a jóvenes y adultos, que aún hoy, 54 años después recuerdan incluso los gritos y hasta el olor de aquella mañana, un penetrante olor a muerte.

Los quejidos de los niños agonizantes, el llanto de las madres angustiadas, la ofuscación de las gentes que despavoridas no alcanzaban aún a medir la magnitud de la tragedia, hicieron que Chiquinquirá viviera los momentos más dramáticos de toda su historia.

La emisora Reyna de Colombia, único medio de comunicación de esa localidad ubicada a una hora y media de Tunja, difundió la noticia de que se estaba presentando una intoxicación masiva en la ciudad y que “no se sabía si era el agua o el aire que estaban envenenados”.

A medida que pasaban las horas, y cuando ya se comenzó a recibir el reporte sobre los primeros muertos, cada uno de los chiquinquireños tenía su propia hipótesis sobre las causas de la intoxicación, pero nadie lograba siquiera sospechar lo que se vino a revelar hasta en horas de la tarde.

Al escuchar la noticia suministrada por la emisora, Rafael Sanabria Valderrama, historiador, politólogo y comerciante que residía en el marco de la Plaza de La Libertad, acudió al hospital a ver que sucedía, al igual que lo hicieron muchos curiosos.

Al llegar al centro asistencial, Sanabria fue testigo de la angustia de muchos padres de familia que gritaban impotentes viendo morir a sus hijos. Nada se podía hacer porque nadie sabía qué estaba pasando.

Entonces Sanabria y su vecino Carlos Castañeda, que aún no habían desayunado, decidieron recorrer la ciudad para recoger enfermos. El panorama que encontraron era conmovedor: muchos yacían en las calles esperando que alguien los ayudara a llegar al hospital. Otros eran sacados de sus residencias agonizando.

Jorge Arévalo, mecánico de profesión y dirigente deportivo de la ciudad, le contó hace 24 años a Boyacá Sie7e Días: “a las 9:00 de la mañana yo estaba en mi taller y pronto llegó la empleada de servicio y me dijo que mis niñas estaban graves; corrí hasta la casa y las llevé al hospital y cuando llegué encontré a todo el pueblo amontonado en la pequeña puerta de entrada”.

“Con ayuda de mi cuñado entregué a mis pequeñas, pero yo no sabía que detrás de mí traían a mi esposa, a mi otra hija y a mi suegro. No sé en qué momento alguien me quitó a una de las niñas, como pude ingresé a buscarla y me encontré a mis amigos y mis vecinos. Todo el mundo estaba rogando para que no le dejaran morir a sus hijos”.

Caos en el hospital:

A las 7:30 de la mañana los primeros padres de familia empezaron a llegar al Hospital San Salvador con sus hijos agonizantes. A esa misma hora se producía el ingreso a sus labores del médico Rubén Camargo Acosta, quien se desempeñaba como director de ese centro hospitalario.

Camargo le relató a Boyacá Sie7e días a propósito de los 30 años de la tragedia: “Yo no alcancé a colocarme la blusa, cuando comenzaron a entrar los enfermos. No alcancé a decir al primero de ellos que siguiera y se acostara, porque otras personas no me dieron tiempo. Varias mujeres me jalaban del brazo para insistirme que por favor atendiera a sus hijos, que no los dejara morir. Todos llegaban gritando y llorando. Yo no entendía que estaba pasando, era una confusión total”.

El galeno también recordó que todos trataban de dar explicaciones sobre lo que estaba sucediendo. “Algunos me decían que era el agua que estaba envenenada, que era el aire, que era el chocolate o la leche. Pasaron varias horas sin que alguien pudiera dar alguna explicación sobre el agente transmisor del tóxico, y otro rato para determinar cuál era el antídoto”, agregó.

También dijo que en el momento que comenzó la emergencia él estaba solo en el hospital y no sabía qué hacer. Continuó relatando que no daba abasto, que luego llegaron otros tres médicos, cuando en el hospital ya reinaba el caos total. Los pasillos, las escaleras, el segundo piso, el jardín, todo estaba invadido de enfermos, muertos y familiares de los intoxicados.

Hasta las 10:00 de la mañana se sabía que habían muerto más de 20 personas, y que más de 300 se hallaban en el hospital San Salvador, donde nueve médicos oriundos de la ciudad hacían lo posible por atenderlos.

La cifra de muertos fue aumentando progresivamente, hasta alcanzar a medio día 38, la mayoría niños y cerca de 50 personas se hallaban agonizantes. Después de medio día las autoridades tanto civiles como eclesiásticas y militares se movilizaron en todas las formas para pedir auxilios a Tunja y Bogotá, en dramáticos llamamientos.

Hubo casos de intenso dramatismo, en los que familias enteras que resultaron afectadas, perdieron hasta cuatro o cinco de sus miembros. Los adultos, que inicialmente no dieron muestras de intoxicación, fueron llegando más tarde a pedir auxilios y al atardecer algunos habían fallecido.

En horas de la tarde ya se había producido la llegada de delegados de la Secretaría de Salud de Boyacá y del Ministerio. El propio ministro de Salud, Antonio Ordóñez Plaja, llegó hasta la ciudad Mariana en helicóptero, al igual que el Gobernador de ese entonces, Antonio Bayona Ortiz.

Igualmente, hicieron su arribo varios científicos del Laboratorio de Toxicología de Bogotá que durante varias horas estuvieron examinando muestras de agua y comida para determinar las causas de la intoxicación.

Sin embargo fue Pedro Osorio, un ciudadano común y corriente, quien comprobó que era el pan el que estaba produciendo el envenenamiento: le dio migas a unos pollos y los animales murieron en unos pocos minutos.

Arturo Díaz Avellaneda, a quien se le habían muerto en el transcurso de la mañana cuatro de sus nietos, también hizo un angustiado experimento: le dio pan a su perro y el animal cayó muerto a los pocos minutos.

Al anochecer de ese 25 de noviembre el balance era estremecedor: más de 500 personas se habían intoxicado y hubo más de 2.000 que alcanzaron a ser afectadas. Se registraron 78 muertos, pero se asegura que murieron más de 100, ya que algunos perecieron en hospitales y clínicas de Bogotá y otros en sus propias casas.

El 30 de noviembre de 1967 en la Basílica se realizó un sepelio colectivo en medio del llanto y el dolor de todos los pobladores. El Presidente del la República Carlos Lleras Restrepo acompañó el cortejo.

Cargamento mortal

Tres frascos de Folidol (insecticida que sirve especialmente para controlar las hormigas en los cultivos) que hacían parte de 32 cajas despachadas desde Bogotá con destino al almacén agropecuario Mi Granja, de propiedad de Luis Alberto Rodríguez, de Chiquinquirá, se rompieron al tomar una curva forzada el camión en que se transportaba la harina solicitada por la panadería Nutibara. El tóxico impregnó 10 de los 30 bultos que de ese artículo había adquirido el propietario de la panadería en los molinos Cundinamarca y La Concepción, en Bogotá.

Después de la tragedia, la panadería nunca se volvió a abrir. Por algunos meses el conductor del camión y el propietario de la panadería permanecieron detenidos, pero fueron dejados en libertad al no ser hallados culpables. En Chiquinquirá cuentan que el dueño del negocio murió años más tarde víctima de un accidente de tránsito; que en sus últimos días padeció de problemas mentales y nunca pudo olvidar el haber sido protagonista de la historia más dramática que ha vivido el pueblo chiquinquireño.

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