Arrieros somos… – José Ricardo Bautista Pamplona #Columnista7días

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En épocas como la que vivimos donde se han evidenciado las necesidades de unos y otros a causa de una pandemia que afectó a cada individuo desde su propia perspectiva, llega ni mandado a hacer, como dicen los sastres, esta reflexión de los abuelos y que refiere a la respuesta que daban los campesinos cuando alguien les negaba un favor.  

“Arrieros somos y en el camino nos encontramos” dicen los sabios labriegos, porque piensan que cuando aquel que no nos brindó su mano y luego nos necesita seremos nosotros quienes no le haremos el favor que nos pida, convirtiendo las vueltas del destino en una especie de revancha, o una manera de desquitarnos de la actitud displicente e indiferente de otra persona.

Pero más allá de la utilización de este refrán hay una simbología perfecta al aludir a esta expresión, toda vez que los “arrieros”, aquellas personas que se ganaban la vida llevando mercancías de un lugar a otro mediante animales de carga, tenían que enfrentar momentos muy difíciles, sobre todo cuando las cargas se volvían imposibles de llevar a cuesta, como parecen a veces de soportar las pruebas de la vida sobre los hombros. 

La etimología del término proviene del vocablo “arre”, que es la exclamación con las que se alentaba a los animales a echar a andar o aligerar el paso, expresión utilizada en el bambuco “La Molienda”, de Rodolfo de Ruds y Juan José Briceño.  

Investigadores señalan que los arrieros solían ir de una población a otra llevando sus artículos y mercaderías con la intención de venderlos, ya fuera a comerciantes locales o en algún mercadillo callejero, por lo que la competencia entre ellos solía ser muy grande y se encontraban por el camino, cada quien llevando sus gabelas, como se llevan a veces las penas y las preocupaciones. 

Pero la desigualdad en este sentido sigue siendo cada vez más evidente porque hay quienes llevan por escabrosas pendientes bultos muy pesados, mientras que otros apenas se echan encima equipajes de plumas de ligero grosor como lo señala, también, las sagradas escrituras en Lucas 11:46: «Ay también de vosotros, intérpretes de la ley, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, ¿y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos?»

Asumir tareas que favorecen al colectivo es quizá una forma de echarse sobre las espaldas responsabilidades muy grandes que requieren de esfuerzos, dedicación, disciplina y que, por lo general, acaparan la mayor parte de nuestro tiempo, tiempo que no es remunerado ni reconocido, en tanto que otros cómodos críticos contemplan al carguero desde el bienestar de sus poltronas en su área de confort y desde allí vociferan, juzgan y descalifican con asombroso desparpajo.  

Así están las cosas en estas épocas de postpandemia, un periodo de prueba que puso de rodillas y al descubierto la soberbia, la vanidad, la arrogancia, los egos y la sevicia de mucha gente, en tanto que permitió aflorar en otros la solidaridad, la prudencia, la hermandad y la justicia valores que posibilitan equiparar un poco las obligaciones para llevarla cuesta arriba por el camino de la vida.  

Sin embargo, como lo dice correctamente el analista Frank Liz en su columna que refiere a los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres en una reflexión desgarradora que nos debe estremecer para reaccionar y cambiar las rutinas que a fuerza de repetirlas se convierten en ley, es urgente un cambio de actitud y la renovación de mentalidad para poder afrontar con audacia los retos de los tiempos y bajarle el peso a esa carga que llevamos por el sendero sin saber siquiera si nuestros pasos lograrán colonizar la meta, o simplemente soltaremos el bulto y lo dejaremos abandonado en el camino. 

Esta estación de la vida nos llama a eso: a la ayuda sincera, a dar la mano a quien lo necesita, a dar no de lo que nos sobra sino de lo que nos hace falta, a entender la posición de otro y a ponernos en sus zapatos. Nos convoca al despojo inminente de la vanidad, la intriga, los celos, la avaricia y la envidia y nos cita a un encuentro inaplazable con la auto reflexión para lograr entender que las cargas se pueden equiparar en varios costales para que cada quien levante su propio bulto y no se lo arrojen encima a un solo carguero.  

Hay tantos refranes que hacen alusión al tema que trato hoy en mi columna y por eso mientras balbuceo estas letras sobre el papel recuerdo sabias deliberaciones como: “Hoy por ti mañana por mí”, un dicho popular basado en los valores de la amistad, el respaldo y muy especialmente la reciprocidad o la manera da a entender la disponibilidad de una persona para socorrer a otra, y que decir de la frase canónica, “ayúdame que yo te ayudare”, una especie de trueque que nos insta a dar y recibir y a generar acciones en doble vía, porque también el camino de los arrieros fue diseñado en dos sentidos. 

En una entretenida conversación con algunos analistas volví a escuchar una pregunta que en el 2020 hizo carrera en los contenidos de los miles de conferencias que desfilaron por las redes: ¿Que nos dejó la pandemia?, formulada la pregunta, surgieron muchas respuestas y todas coincidían en aseverar que nos había cambiado para siempre y que nos tenía despojados de la envidia, la arrogancia y la intolerancia; pero a los pocos meses fuimos testigos del vandalismo, de los asesinatos, robos, atracos, secuestros y la agudización de una polarización donde se avivan los odios y se incita a los juramentos de disputas irreconciliables.  

Y entonces reformulo la pregunta. ¿Fue eso lo que nos dejó la pandemia?, ¿Acaso seguiremos haciendo honor a la desbalanceada carga de los muleros?, ¿O por el contrario podemos tomar esta dura prueba del destino como una verdadera y aleccionaste meditación que nos consienta admitir que definitivamente somos minúsculas partículas, tan vulnerables como la misma escoria y tan débiles como las cansadas piernas de los sacrificados cargueros?  

No sé Usted, pero yo no hago otra cosa que meditar sobre la manera de dar un nuevo rumbo a la vida, para cambiar la sentencia absurda que reza: “Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza”. Yo prefiero pensar que por muy difícil que parezca cambiar las costumbres o los hábitos de algunas personas, sí es posible enderezar el corpiño de los árboles y tal vez poniendo el sol del otro lado sus ramas se erguirán en pos de una nueva luz para mirar hacia otros horizontes donde se divisen escenarios de anhelos posibles.   

Ojalá no tengamos que acudir más a esa frase revanchista de los arrieros, sino que por el contrario nuestros ajustes de cuentas se conviertan en oraciones de apoyo, respaldo, comprensión y asistencia para que los carboneros lleven la carga justa con la que puedan pasar airosos a la otra orilla del rio.   

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